Número 21. Enero-Abril 2014

La movilidad residencial europea actual en el contexto de la relación histórica España-Europa

Current European residential mobility in the context of the historic relationship between Spain and Europe

Modesto García Jiménez

Universidad Católica de Murcia.
Área de Antropología.
mgarcia[at]ucam.edu

En la primera década del presente siglo, España, que ya tenía una larga trayectoria como destino turístico privilegiado, se dispone a acoger una verdadera avalancha de personas del norte y centro de Europa que eligen nuestro país como lugar de residencia. El fenómeno puede caracterizarse como un paso más en la elección de estilos de vida propios de las sociedades contemporáneas, y como uno de los más importantes ensayos de libertad de circulación internacional y de ejercicio de los derechos de la ciudadanía de todos los europeos. Este texto quiere ahondar en aspectos de la interacción social y la relación antropológica de los nuevos residentes y la población autóctona, también europeos; a la vez que hacerse eco de las diversas actitudes críticas que este experimento social despierta en las ciencias sociales. Y va a procurar hacerlo ubicándolo en el contexto de las relaciones históricas de España y Europa y de cierta desesperanza que provoca la situación de crisis mundial que vivimos.


Fecha de recepción: 24/10/2013

Fecha de aceptación: 20/3/2014


Palabras clave: España, Europa, movilidad residencial, ciudadanía europea, estilos de vida.


Para citar este artículo: García Jiménez, Modesto (2014). La movilidad residencial europea actual en el contexto de la relación histórica España-Europa. Revista de Humanidades [en línea], n. 21, artículo 5, ISSN 2340-8995. Disponible en http://www.revistadehumanidades.com/articulos/54-la-movilidad-residencial-europea-actual-en-el-contexto-de-la-relacion-historica-espana-europa [Consulta: Martes, 23 de Julio de 2019].


DOI: http://dx.doi.org/10.5944/rdh.21.2014.13930


Abstract: In the first decade of this century, Spain, which already had a long trajectory as an exceptional tourist destination, prepared to receive a deluge of people from North and Central Europe, who chose our country as their place of residence. The phenomenon could be characterised as a further step in the choosing of lifestyles in contemporary societies, and as one of the most important tests of international freedom of movement and the rights of citizenship of all Europeans. This text wishes to expand on aspects of social interaction and the anthropological relationship of the new residents and the native population, also European; at the same time as echoing the diverse critical attitudes that this social experiment provokes in the social sciences. It will attempt to achieve this by placing it in the context of the historical relations between Spain and Europe and the sense of desperation caused by the situation of the world crisis in which we live.


Keywords: Spain, Europe, residential mobility, European citizenship, lifestyles.

Sumario
1. España y Europa, una relación tormentosa. 2. La Europa de las ciudades. 3. Pero, entonces, ¿la Europa rural, agraria, en qué queda? 4. El delirio desarrollista español. 5. Ensayos de ciudadanía europea, libertad residencial y estilos de vida. 6. Bibliografía.
Artículo

A lo largo de la historia se ha puesto suficientemente en evidencia el hecho de que Europa es más un continente histórico social y cultural que no geográfico como lo son los demás. Una cuestión, ésta, que deriva sin lugar a dudas de la intensa concentración de esos rasgos y de lo que pudiéramos llamar un protagonismo preponderante y la construcción imaginaria y real del resto del mundo a escala suficientemente idónea para ser dominada, si no en sentido estrictamente real sí al menos como formas simbólicas. Puede decirse que Europa ha subyugado al resto del mundo o, de lo contrario, lo ha ignorado; o que ha dominado a buena parte del mundo y, si no, ha construido simbólicamente su dominio sobre él. De todo ello se deduce que Europa, autoconstituida como el centro del universo, ha cimentado una idea del mundo a su conveniencia y a su medida.

Evidentemente no se trata de procesos del todo conscientes, es más un devenir histórico del que sólo tenemos opción de aprender como experiencia. Ese dominio real y simbólico del mundo se ha resuelto en o ha procurado dos dimensiones, dos fuerzas contrarias –aunque a veces complementarias- una de sentido centrífugo y otra centrípeto. En virtud de la primera, Europa se expande y se proyecta; es una dimensión que puede condensarse en el humanismo. Sin duda, y como han destacado numerosos autores, el principal legado europeo al mundo. Los descubrimientos, las conquistas, la expansión colonial, la filosofía, el cristianismo, la ciencia… integran esa dimensión hacia afuera. En el lado contrario, la apreciable corriente filosófica autocrítica, las reacciones englobadas bajo los movimientos postcoloniales, las evidentes grietas sociales que cíclicamente se reproducen frente a las ideas unionistas, las guerras internas, el disconformismo político, los cuestionamientos del papel de Europa en el mundo.

Es evidente que este cuadro no es tan sencillo como transmiten estas líneas. El entrelazamiento de cuestiones históricas y problemáticas actuales es la principal característica de esta temática procelosamente compleja y que por tanto puede ser abordada desde infinidad de perspectivas, como demuestra la tupida red de producciones, periódicas o no, sobre las distintas temáticas. Aunque cabe destacar una línea, también más o menos homogénea, de producción filosófica y política que tiene -lo diré de manera abusivamente resumida- como centro y objeto Europa en la contemporaneidad y sus flecos más importantes en las posibilidades de su unión, cuestiones de nacionalismo y ciudadanía y el papel de la UE en el mundo.

La nómina de autores intervinientes en esta línea es amplia y excelsa E. Morin, T. Todorov, P. Sloterdijk, Z. Bauman, F. Fernández-Armesto, G. Steiner, N. Chomsky, G. Sartori, G. Bueno, H. Béjar… Todos ellos retoman de una manera u otra, divergiendo o desarrollando y actualizando temas, una noble y larga tradición de tratados filosóficos sobre Europa.

Sin necesidad de remontarnos a los más primitivos antecedentes, que tejen ya en el medievo infinidad de itinerarios en torno a la idea de Europa, y que afloran con más contundencia en el Renacimiento y en el Barroco –valgan los Baruch Spinoza, Tomás Moro, Luis Vives, Erasmo de Rotterdam y otros humanistas-, hubo un momento especialmente intenso, y por ello interesante, que podemos situar grosso modo en el periodo de entreguerras, por razones quizá evidentes, y que tuvieron como objetivo fundamental lo que podríamos llamar parafraseando a Ortega el problema de Europa. Los autores de esta corriente –S. Zweig, R. Musil, M. Heidegger- proyectan sin ambages el humanismo como la principal aportación de Europa al mundo, y no solo eso sino que, además -y bajo una sentida nostalgia de la Europa medieval-, hacen emerger la consideración de que es en esta aportación, convergencia de corrientes artísticas, filosóficas y literarias que conectan la antigüedad clásica con la modernidad y en cuya base se sitúa el pensamiento de una humanidad libre y sensata, donde se da el mayor de los avances civilizatorios.

De manera implícita, estos autores ponen el dedo en la llaga: lo que fundamentalmente ha transformado Europa ha sido la tradición nacionalista; el nacimiento de los Estados/Nación, una compleja metamorfosis cuyos étimos podemos intuir en la Paz de Westfalia (1648) y que el racionalismo del final de la Ilustración consolidó al crear la idea del ciudadano[1], individuo que reconoce al Estado como su ámbito legal. El Romanticismo reajusta la idea de nación en su desarrollo literario, estético y filosófico de las raíces de los pueblos (Hobsbawm 2000; Anderson 2000; Gellner 2001).

Conjugar la heterogeneidad étnica –y muy a menudo, históricamente también la religiosa- y por tanto nacionalista, muchas veces contradictoria con una pretendida homogeneidad europeísta; poner en relación armónica las diferentes nacionalidades con la posibilidad de hablar de una ciudadanía común, y más aún cuando la historia ha jugado bazas importantísimas ora de inclusión ora de exclusión en el mapa nacional y social europeo; superar las consecuencias de las fraticidas guerras que han caracterizado al terrible siglo XX, ha sido y es el reto más importante al que se enfrenta no ya la realidad sino la idea de Europa, que en los tiempos modernos y quizá afectada por la eficacia del modelo estadounidense, pretende una Unión que antes que sentimental e ideológica es económica y, a trazos, política, y que conserva un fondo de fraccionamiento nacionalista justificado en inopinados recelos, inconfesables prejuicios, que ni siquiera tienen una base histórica que se sostenga.

Efectivamente, lo que para muchos autores ha supuesto la única vía unionista posible y real es para otros la condena definitiva de un añorado sueño humanista europeo, y supone además, para otros tantos, la demostración del triunfo definitivo del capitalismo más displicente y deshumanizado. Me refiero a la unión económica europea. Parece lógico pensar que la construcción de la Europa moderna –sobre todo después de las horrorosas consecuencias de la Gran Guerra- debería de cimentarse sobre una potente política económica que sería dirigida por los más europeos entre los vencedores del eje aliado. Es curioso que ésta puede ser considerada como una idea de corte marxista –el equilibrio de una Europa económica-, cuando nace precisamente de sus más alejadas posiciones ideológicas. Lo cierto es que en el momento de la creación de la CEE puede suponérsele a sus impulsores la idea de un futuro unionista y supranacional engarzado en un próspero e igualitario Mercado Común.

Pero la realidad es otra bien distinta. Sin poner en tela de juicio los contundentes triunfos de la política económica europea de los últimos decenios, puede decirse hoy que la economía no puede constituirse como referente único de una Unión Europea en la que sea posible la desaparición de fronteras y la generación de una ciudadanía compartida. La economía bien entendida puede equilibrar las distintas zonas y sin duda se posiciona en condiciones muy ventajosas en el contexto de una economía global, pero no puede esperar ser el generador de identidad y el catalizador de aspiraciones sociales y culturales comunes, pues en economía nada se da por puro altruismo y las medidas de equilibrio esperan, por fuerza, las contrapartidas necesarias.

Es muy posible pensar también que sea la dimensión económica la única capaz de aglutinar una serie de voluntades nacionales en un mapa, el europeo, que se distingue en la modernidad –y no tanto en épocas históricas pasadas- por una dispersión evidente de identidades nacionales e idiomáticas, y por una atomización de intereses, de expectativas y de formas de entender la vida, y además cimentadas –como he señalado con anterioridad- en una historia plena de confrontaciones y desencuentros.

A nadie escapa, y valga lo siguiente dicho con toda la prudencia necesaria, que uno de los países europeos que más ventajas ha obtenido de la política económica ha sido España, y aún lo sigue siendo. La integración de España en Europa y los sucesivos planes de cohesión y equilibrio nacionales y regionales la han puesto en los primeros lugares en el conjunto de países y, lo que es más importante, han roto una especie de inercia con grandes dosis de determinismo histórico según la cual España sería secularmente por sus propias características la hermana pobre de Europa. Durante la década de los ‘90 del pasado siglo XX y de la casi totalidad de la siguiente, España pareció liberarse por fin de la rémora de subdesarrollo y abrazó con alborozo su nueva condición de ‘país rico’. A esta situación nueva y venturosa se unió la aparente evidencia de que un número muy relevante de otros ciudadanos europeos elegían España para fijar su segunda residencia, su residencia de retiro, y también en un número muy significativo su residencia definitiva. España se había convertido, además del país más valorado como destino de vacaciones y turismo, en el elegido como final del trayecto vital para una inmensidad de ciudadanos europeos de otros países. Lo cual, por encima de suponer un valioso recurso económico y de crecimiento, encerraba uno de los más soberbios proyectos de la nueva Europa: la posibilidad real de ensayar los rudimentos de una ciudadanía europea (Schriewer y García 2008; Høgmo 2011; Janoschka 2010), la ruptura de viejos recelos, la adopción de nuevas formas de identidad (O’Reilly 2007), la puesta en marcha de esa experiencia que se ha llamado la transnacionalidad (Sassen 1999; Gustafson 2001), la experimentación de formas de comunicación y de contacto, tentativas de relación antropológica, el enriquecimiento de las experiencias compartidas, la añorada vuelta a una cultura mayoritaria y compartida…[2]

Sin embargo, a la vuelta de los años, los indicadores económicos y de mercado se han encargado de poner las cosas en su sitio, o al menos de destapar una serie de importantes desequilibrios que ya es imposible ocultar con eufemismos. Los países de la franja débil de la ‘Europa de las dos velocidades’ están rozando el fantasma de la quiebra; lo que más allá de una fórmula economicista más o menos alarmante es una verdadera ruina social. Los índices de desempleo, de deuda –curiosamente dejados en manos de empresas privadas especializadas en la desazón- pública; los de producción y mercado exterior… ponen sobre el tapete una realidad incuestionable: los pobres son cada vez más y más pobres, y por decirlo de una manera irónica, el mercado del lujo es el único que en periodos de rotunda crisis como la que vivimos, crece.

1. España y Europa, una relación tormentosa

La relación de España y Europa es y ha sido de todo menos sencilla. Desde un papel protagonista, y extraordinariamente real, en la idea medular de una posibilidad europea, hasta el de cenicienta y parienta pobre y lejana postergada en un sórdido destierro transpirenaico, pasando por una gama extensa de situaciones, de sentimientos encontrados, de reveses y exabruptos, de amores inconfesables y de odios ardientes, de contraposiciones militantes y de atracción ardorosa. Las posibilidades de verbalizar, ordenar o enumerar los rasgos de esta relación son inasequibles, y sólo pueden atender a bocetos desdibujados, como cuadros de un pintor impresionista. La pasión ha pesado históricamente más que la razón; la ceguera y los impulsos vehementes han subsumido los apreciables intentos intelectuales y ponderados, la fiebre ha sido protagonista antes que el sosiego. Siempre ha existido un trasfondo de desconfianza aunque a veces haya sido bajo la luz de una clara admiración.

La Historia de España es prácticamente la historia de la compleja relación con Europa. Si damos un repaso detenido por los hitos de la historiografía más o menos oficial nos encontraremos con la imposibilidad real de desbrozar, de desenredar la trayectoria común entre la nación y su continente, por más que por ejemplo hagamos una valoración sui generis del papel del Reino de España en el ‘descubrimiento’ y la colonización del Nuevo Mundo. Aún así, contemplando ese episodio como una emancipación, éste ha sido sin ninguna duda el central de toda la historia europea, aunque sólo sea porque en la relación Europa/Nuevo Mundo se ensayaron buena parte de las dimensiones filosóficas condensadas en el Humanismo y que hasta entonces habían permanecido encerradas en su propio contexto –histórico/continental-, sin posibilidad de contrastación, sin puesta a prueba, y es en el contacto y la expansión americanos cuando aquéllas adquieren su verdadera proporción y su auténtico sentido. Los avatares de la propia conquista, la repartición de aquel mundo, las diatribas sobre la ‘nueva humanidad’, la expansión jesuita, la imposición de un nuevo urbanismo, el sometimiento de los reinos… las guerras independentistas y largos procesos de descolonización, las herencias culturales, el viejo y el nuevo continente, los Estados Unidos de América, el cine, el boom literario americano, la mafia.

España, justo es reconocerlo, desarrolló un papel protagonista en la larga historia americana. No obstante, la europeidad española es de carácter esencial, fundacional, genitivo. Los últimos debates en torno a los lejanísimos tiempos prehistóricos tienen, aunque resulte un tanto extemporáneo mencionarlo, estrecha relación con ‘lo europeo’, pues en ellos lo que fundamentalmente se trata es si los minerales entran procedentes del Mediterráneo oriental o se descubren en las costas sureoropeas, si la primera humanidad europea entra por el Estrecho o por Eurasia, si el homo antecessor lo es el antecedente común, si...

La Edad Media y el Renacimiento son épocas que constantemente se invocan como el principal escenario histórico en el que se ensayan los más fructíferos entrelazamientos que hacen posible hablar de Europa, y además, a criterio de muchos autores, de manera ‘natural’, sin que mediaran grandes estrategias ideológicas o de construcción supranacional, al menos en lo que se refiere a una idea de la existencia de Europa que en ese tiempo no necesitó justificarse en exceso. Seguramente la proximidad todavía del latín vulgar como idioma compartido al menos por todas las que después serían lenguas romance, la facilidad de tránsito y los entrelazamientos de las casas reales que durante mucho tiempo no tuvieron los límites de sus respectivos reinos tan claros como los de hoy, entre otras cosas porque el mapa renacentista no se correspondía con el que después imponen las divisiones nacionales, unido a otras complejas razones previas al anuncio definitivo de la modernidad de Europa, propiciaron esta época.

Está claro que toda esta imagen de una Europa abierta en la que se daban condiciones admirables de circulación de personas y de ideas no sería tan idílica como hoy se proyecta, entre otros asuntos por las constantes guerras internas y el juego de poderes civiles y religiosos que fueron la característica de la época, pero aun no habiendo sido la situación perfecta la Europa de aquel tiempo es muy sugerente a la hora de plantear las vías de la nueva europeidad.

Pero la Historia de España lo es también de la relación de claroscuros, de incuestionables adhesiones y clamorosas reacciones. El punto crítico de las distintas horas hispanas ha sido siempre: Europa o nada.

2. La Europa de las ciudades

Es muy posible de J. Ramoneda lleve razón cuando divulga la fascinante idea de la Europa de las ciudades[3], no sin una más que interesante insinuación sobre el futuro de la Unión. La idea es la que sigue. Al final de la Edad Media las ciudades se conforman en Europa como lugar de comercio y de libertad; poco a poco, en torno al mercado, una clase social naciente, la burguesía, genera un orden legal nuevo que acabará minando el poder feudal; al mismo tiempo, los siervos que se emancipan de sus señores encuentran protección en un espacio cada vez más libre. “La libertad de la ciudad”, escribe Lefort, “significa la disolución de los vínculos de dependencia personal, pero también la posibilidad de cambiar la propia condición, a favor del trabajo, de la capacidad de iniciativa, de la educación o de la oportunidad”. Para Lefort esta comunidad urbana es específica de Europa y explica, en parte, el salto que ésta dará en el Renacimiento.

De cualquier modo esta ‘variable urbana’ no puede ser tenida como una más de las aportaciones de corte ensayístico sobre la idea de Europa, porque encierra todas las prerrogativas para ser considerada como una de las principales líneas de desarrollo de dicha idea, fundamentalmente en el sentido en que se opone a la perspectiva hegemónica que avala el logro de una unión de naciones estado que necesariamente debería de ir construyendo un supraestado de naciones. La variable es sumamente revolucionaria en este último sentido y en la medida en que encierra una finalización de los fundamentos políticos que encumbran como esencial la construcción de una unión de estados basada en las distintas nacionalidades. Podría argumentarse que en América del Norte no hay una tradición nacionalista previa a la Unión, sin embargo, en Europa se escenifican constantemente episodios históricos que ponen a prueba la relación nación/supranación –en el caso que se refiere a España son episódicas, por ejemplo la Ilustración española y Europa o, después, M. Pelayo y su desprecio de lo extranjero o Unamuno y sus constantes incertidumbres-. Y no digamos en lo que trasluce del actual panorama de consultas plebiscitarias para la ratificación del Tratado Europeo de Lisboa. El problema derivado de poner en oposición la Europa de las naciones y la de las ciudades supera ampliamente los objetivos de estas páginas pero es muy posible que se convierta en la piedra angular de las propuestas futuras y que suponga una clara superación de ese estado intermedio no exento de intereses ideológicos que se está dando en llamar la Europa de las Regiones.

Parece extemporáneo insinuar esta especie de reto civilizatorio que sería la Europa de las ciudades, además de la exasperación de más de un teórico del Estado/nación. Sin embargo me parecería apropiado inspirarse en soluciones de ese carácter para los grandes retos sociales que atenazan a nuestra Unión Europea en esta dispersión de intereses (pongamos la negativa de Václav Klaus a la firma del Tratado de Lisboa, o los continuos ‘sustos’ en las consultas plebiscitarias sobre la Unión) e inseguridad no ya únicamente en una posible identidad europea sino en la plena confianza que una Unión Europea necesita para ser viable.

Cuando Lefort en el ensayo aludido resume la conocida tesis que Marc Bloch desarrolla sobre el fin del mundo feudal y la génesis de la burguesía[4], trae a colación las expresiones “humanidad singular, cuerpo extranjero, unión de iguales…” con que el historiador se refiere a las características civilizatorias de la ciudad como lugar en el que se gesta el triunfo definitivo de lo burgués como nuevo orden, parece estar sugiriendo elementos para algunos de los más acalorados debates de la actualidad. Yo diría, resumiendo de manera abusiva, que la clarísima desprotección en que el mercado global deja a amplios sectores poblacionales en lo que a la producción se refiere; los tremendos ajustes económicos que en realidad únicamente responden a esos juegos de mercado (pongamos la pesca artesanal o semiindustrial, la producción agrícola de subsistencia, el desastre ganadero, etc.); los enormes vacíos que se producen en la cobertura legal o en la arbitrariedad administrativa en la recalificación de territorios, en la planificación urbanística o en su inexistencia, en la desprotección de espacios de interés ecológico y/o cultural; en las artimañas de las empresas de financiación y capital, los constantes pulsos entre multinacionales y gobiernos estatales… Podrían encontrar inspiración en ese modelo civilizatorio urbano, si bien no estructurado en la actualidad en los mismos términos en que los expresa Lefort, sino en un más que conveniente contrapeso de ejercicio de control y protección allá donde el Estado por su nueva definición de no injerencia en el juego de libre mercado no actúa. La ciudad, dicha aquí como hegemonización de modos urbanos de comportamiento político/social/cultural que caracterizan nuestra sociedad, y constituida como fuerza de las administraciones suplementarias –local, regional, territorial, autónoma…- debería de arrogarse el papel de fiel de una balanza muy acostumbrada a vencerse casi siempre a favor del mismo platillo, dando así pleno sentido a una administración de ciudadanos que conoce y vive muy de cerca sus problemas y expectativas, que le afectan de manera directa, que aborda la gobernanza con instituciones muy enraizadas, muy conectadas a esas problemáticas. El mismo pleno sentido que entonces alcanzarían expresiones como ‘ciudadanía europea’, ‘sociedad civil’, ‘Europa de los pueblos’ y en general todas las que se han acuñado para darle solidez a un sueño irrealizable desde las posiciones que ahora conservamos (Coudenhove-Kalergi 2010).

En apariencia solo hay un problema para que pueda cumplirse este sueño, pero es de tal magnitud que lo arroga definitivamente a eso, a su naturaleza de sueño. La fabulosa crisis que estamos viviendo, vista como el cuasi definitivo reajuste capitalista para eliminar definitivamente a sus enemigos tanto ideológicos como fácticos, acabará de manera fulminante con las ideas sobre la Europa de las ciudades o con cualquier otra fórmula de políticas sociales que seamos capaces de elucubrar. Conseguido el dominio absoluto de los mercados financieros, a los que –no lo olvidemos- los Estados están pagando para que no se corte de forma radical el grifo de la usura; abocados al paraíso laboral del despido libre, gratuito y a veces subvencionado; al reajuste salvaje de los precios; a los niveles máximos soportable de presión fiscal; a la indefensión absoluta en los mercados internacionales de los miembros de la unión monetaria; llegados sin más ambages al mayor grado de gloria capitalista –el mercado del lujo es el único que sube escandalosamente-, en lo que menos cabe pensar es en una revolución como la que postula la desaparición del Estado en beneficio de una administración más cercana, más directa, con mayor conocimiento de los problemas de la ciudadanía, y fundamentalmente más democrática, en el sentido en que facilita la mecánica plebiscitaria. El sistema necesita más que nunca al Estado facilón, dócil y sobre todo neutral en la defensa de los intereses económicos de su ciudadanía. Un Estado monigote, disciplinado y obediente que solo tiene visibilidad en las reuniones de alto estanding a la vez que controla, ordena y exprime a sus habitantes. Si el sueño de una Europa de las ciudades fue siempre difícil, ahora es sencillamente imposible.

La invocación de una Europa de los pueblos, convertida, bajo mi punto de vista en una quimera irrealizable, resucita una especie de pesimismo unamuniano que sin embargo no le resta congruencia histórica y al igual que sucedía con el filósofo español habrá que aceptar que todo lo históricamente congruente no significa que vaya a ser realizable. El problema estriba en que la acumulación de congruencias, aspiraciones y deseos incumplidos, merma no ya solo la credibilidad en el futuro sino las ganas de luchar por él. No obstante, es, efectivamente, posible pensar que esa relación embrionaria entre burguesía y ciudad, amparada, como no, bajo el manto del humanismo, fuera determinante a la hora de esa Europa de librepensadores en la que la circulación de ideas y de personas se dio con una envidiable fluidez (Madariaga 2010). Durante ese momento histórico la España casi recién unificada era Europa por propia consonancia, sin necesidad de plantearse su inclusión o no. Digamos que no existía la diatriba por la que se pone en tela de juicio la pertenencia, ésta ya venía dada de por sí, y por lo tanto no se cuestionaba. Además porque, en la época que nos ocupa, España ‘limpia’ -no sin rotundos traumas en lo que a la filosofía y al pensamiento respecta- el panorama religioso, por más que se conociera con claridad la grandeza de la filosofía y de la ciencia en el ámbito islámico.

Es precisamente el dominio religioso de lo social y, fundamentalmente, de lo cultural, lo que acaba de forma drástica con el sueño humanista y con esa ‘libertad’ de la ciudad que siglos más tarde formulará Max Weber como “el aire de la ciudad hace libre”. Este dominio religioso acaba además sembrando una profunda grieta entre España y Europa como consecuencia de los terribles enfrentamientos entre Reforma y Contrarreforma. En ese momento nace la Europa que sí tiene que interrogarse sobre los pueblos -y las culturas- que la conforman.

Puede decirse que un Raimundo Lulio o un Arnau de Vilanova no tenían por qué cuestionarse su europeidad. Es, paradójicamente, en los siglos de triunfo definitivo del humanismo renacentista cuando se imprime ese sello exclusivista con respecto a lo europeo, y ello no puede ser más que por la escisión que plantea la Reforma y las anteriores tesis erasmistas, al menos en lo que respecta al caso de España. Arias Montano, Luis Vives o los hermanos Valdés van a vivir la plena contradicción que significa la Contrarreforma católica, cuya cabeza visible es España, a la sazón, y otra vez paradójicamente, la nación que impone el regalismo o el poder de elección de los obispos por parte del rey. A partir de esas contradicciones, Europa se convierte en una opción, en algo que puede elegirse, y lógicamente rechazarse. El sueño humanista en España muere en gran medida con el movimiento contrarreformista. En adelante, y tras un largo silencio europeo del XVII, tímidamente aliviado por personajes como Saavedra Fajardo, Campomanes, el Padre Mariana o Francisco de Vitoria, durante la centuria del setecientos se inventa y se reproduce el problema de Europa con respecto a España. Pero el siglo XVIII lo es también de las contradicciones, en el que se escenifica como nunca la doble tensión española entre la tradición y la modernidad, el populismo y el cosmopolismo, el plebeyismo que llamó Ortega y el libre pensamiento, asuntos que preparan el camino que enfrenta el casticismo contra las luces de la razón. En esta centuria, en España, no se es enteramente nada, todo navega entre dos aguas. Las mentes más preclaras, quizás Larra y Moratín, tienen suficiente con la contemplación de la ruina patria y Europa no deja de ser un problema más añadido a los que acucian a la nación. Hay que esperar a las postrimerías del siglo ilustrado para empezar a conjugar los tiempos y modos de la relación España y Europa fundamentalmente de la mano de J. Blanco White. Pero esta época ya está decididamente abocada al gran movimiento romántico que va a recorrer Europa de punta a punta, y sobre todo va a reinventar el papel de las diferentes naciones en su relación con la Europa nuclear.

Los viajeros románticos europeos, fundamentalmente ingleses, por España van a crear la definitiva imagen que ya será canónica en adelante y marcará la relación hasta la actualidad, por más que en España se hubiera supuesto que la celebrada entrada en la CEE habría limado por completo las difíciles aristas históricas. Esta ‘interpretación’ romántica de España desencadena la más seria de las reflexiones intelectuales sobre el asunto, pero eso no quiere decir que carente de grandes contradicciones, que al final parece ser la más contundente característica de esta larga historia de encuentros y desencuentros. El pesimismo sopesado de la Generación del 98 que lleva incluso a algunos autores a renegar de la pertenencia de España al Continente –el famoso “que inventen ellos” de un Unamuno dolido y desilusionado- y a refugiarse en las más peregrinas ideas de unión política: como la llamada ‘desviación africanista’, del propio Unamuno o las tesis más casticistas de Menéndez Pelayo, porque además la gravedad colonial de ese momento histórico les privaba de pensar Hispanoamérica como solución. Este sentir pesimista puede tener uno de sus vértices en el precursor Ángel Ganivet, que conjunta posiblemente la gloria y la desesperación de pensar Europa desde una España en ruinas imperiales. El repliegue intelectual español de finales del XIX propicia un muy apreciable desarrollo de los estudios e investigaciones sobre la grandeza literaria con el Romancero y la lírica tradicional al frente; se rescatan con sólidas fórmulas de cientificidad expresiones de la vieja cultura española. Pero, claro, a la vez, este notable movimiento, se ve pronto alterado por las formas y las propuestas folklóricas, también extraordinariamente en boga en el momento. Estas propuestas fielmente cercanas a los primeros brotes nacionalistas –excepto en casos preclaros como el de Machado y Álvarez ‘Demófilo’- vuelven a sembrar lo de siempre, paradojas y contradicciones.

El intento –término que quizá no hace justicia a los insignes logros de su obra- más apreciable de poner un poco de orden conceptual al sempiterno sonsonete es claramente J. Ortega y Gasset, en una línea muy parecida a su predecesor en esta lucha, el regeneracionista Joaquín Costa que publicó bajo el título de Reconstitución y europeización de España un volumen con varios ensayos sobre la espinosa temática. Ortega acuñó la perífrasis “el problema de Europa” en torno al que se ha desarrollado la más noble tradición de pensar Europa desde España y el no menor problema subsiguiente de pensar España desde dentro y desde fuera, que no se agota ni mucho menos en la propuesta del propio filósofo que reza “España es el problema, Europa la solución”. Desde el hito filosófico de Ortega, la temática europea ha sido inseparable de la tarea de pensar en España, como dos realidades imbricadas, indisolubles. Así los ejercicios intelectuales posteriores, aunque abordando temas en apariencia muy distintos no dejaban de ser aportaciones al eterno debate, Europa y España, el que sólo por existir en estos términos de antagonismo declara su naturaleza ambivalente y su significado de verdadera problemática identitaria. En la obra de toda la brillante escuela filosófica coetánea y posterior a Ortega[5], late, si no en un abordaje específico y directo, el problema de la identidad europea de España, claro que dentro de una tarea quizá mayor que consistió en sentar las bases filosóficas de pensar Hispanoamérica, del complicado encauzamiento del materialismo histórico, de la conexión internacional del pensamiento patrio y de otros logros importantes. Algo parecido cabe decir de la no menos brillante escuela filosofía actual española[6], en la que enredada en las madejas de temas de filosofía contemporánea siempre asoma la eterna arista que nunca a lo largo de la Historia se ha acabado de limar. Una imagen de que eso es así la ofrece un recorrido por las revistas impresas en nuestro país, desde la ilustre Revista de Occidente, hasta Claves, Archipiélago, Le Monde Diplomatique, Isagoría o El rapto de Europa. La sociología y la antropología social y cultural no han sido, como es lógico, ajenas al ‘problema’ orteguiano, parafraseado aquí como resumen de todo lo dicho hasta ahora.

No estoy del todo seguro de que la ‘normalización’ vivida en los últimos tiempos, con protagonismo indiscutible de la política –llamada por eso ‘política europea’-, la participación en los notables avances, infinitamente más de corte económico que social, la agilización de las llamadas instituciones europeas, tan a menudo cuestionadas en su eficacia y representatividad, que nuestro país ha jugado en el contexto de la UE haya desterrado para siempre la incertidumbre y la asimetría de la relación. Como tampoco lo estoy de que esta última avalancha de ciudadanos europeos del Centro y del Norte que parecían valorar más que nada una residencia en España no haya vuelto a acabar como el rosario de la aurora, y lo que podría haber sido un ensayo definitivo de ciudadanía europea se haya ido al traste provocando una vez más los recelos, los desencuentros y las divergencias de antaño.

3. Pero, entonces, ¿la Europa rural, agraria, en qué queda?

Evidentemente, en el proyecto de una organización de Naciones, que al fin y al cabo tiene que venir dada por una consolidación ideal del Estado -de todos y cada uno de los susceptibles de ser miembros-, tienen que darse en intervención sinérgica todos los componentes que refuerzan la idea romántica del propio Estado, como una especie de recuperación o de reafirmación de las viejas teorías funcionalistas. Para ello son necesarias todas las partes del organismo superior, entre las que destaca, por su cercanía ideológica con los étimos de la creación del Estado-Nación, la que tiene que ver con la producción primaria, y a la que ampara una mística decimonónica: el campo, la agricultura –en su plena acepción de significado humano- y la ganadería.

Es cierto que desde los primeros balbuceos de la idea de la Unión Europea, lo que pudiéramos llamar el estamento rural fue tenido como componente fundamental, no sólo desde el punto de vista de su arbitrio como recurso económico importante sino también porque en las primeras nociones de unidad europea la tradición rural de todos los países integrantes era de un peso mayúsculo, y esa misma gran tradición era propicia parta dotar de una perspectiva social a la naciente Unión, versionada entonces como Mercado Común. En esa idea embrionaria, lo rural -que no meramente lo agrícola- era más un componente social que no económico. Duró poco, no obstante, esta versión de una Europa de los pueblos y pasó a reconvertirse –uno de los términos privilegiados de la política común- vertiginosamente por imperativo de lo que se dio en llamar ‘nueva ruralidad’ exclusivamente en una política económica más, meramente un sector, la nueva estrella de los discursos pasó a ser el ‘desarrollo rural’, que resultaba ser una estrategia estrictamente económica que sin embargo aprovechaba los viejos ecos de la ruralidad social.

Es curioso, desde esta reflexión, que entre los argumentos que a criterio de los científicos sociales más se repiten entre los nuevos residentes europeos en la España del recién inaugurado siglo XXI como detonantes de su elección, está el que K. O’Reilly, entre otros, llama ‘the Rural Idyll’, y que está referido sin duda a una aspiración de recuperar aquella vida con tintes románticos pero que resultaba ser una conexión europea sin necesidad de inventar nuevos nexos; a ello, en el caso de los nuevos residentes hay que añadir, como es lógico, la búsqueda de nuevos estilos de vida más relajados y satisfactorios que de los que hoy nuestra sociedad ofrece.

De una manera u otra, lo rural, con esa carga social entredicha, ha desaparecido de los tapetes europeos de negociación, todo se ha convertido en política económica, y lo que pudo haber sido un cohesionante ideal se ha ido convirtiendo en pura literatura económica cuando no en un escenario de tensiones y de competencia mal entendida, o mal planificada.

Por eso, toda la parafernalia que da cobertura a las medidas subsidiarias de la Unión Europea, desarrolla una literatura que reproduce y alienta lugares comunes, frases hechas y tópicos insufribles en torno a la necesidad de amparo y desarrollo de la ruralidad y sus componentes, aunque a criterio de las lumbreras económicas éstas sean siempre un gravamen importante para la ‘economía común’.

Así se ha creado el marco en el que ahora nos encontramos: una sensación agridulce que se sitúa entre la mala conciencia por el ‘enorme’ esfuerzo que todos los demás sectores hacen por el rural, la sensación de mendicidad a la hora de recibir las sacrosantas subvenciones, y la realidad incuestionable del rampante abandono en los escenarios del mercado.

Los otros componentes importantes de este gran organismo supranacional son la cultura y los espejismos sobre la participación política, es decir, los derechos de la ciudadanía. Y en ellos también puede apreciarse una fabulosa corte de elementos integrantes. En lo que se refiere a la cultura, todas las políticas sobre el patrimonio –fundamentalmente aquellas que proyectan el fenómeno como ‘derecho’ que los pueblos tienen que ganarse[7]- y el consumo cultural; en la otra parte, la rutinaria apisonadora de los modos de democracia disfrazada de canales de participación, y que por cierto, a tenor de los últimos acontecimientos de expresión de indignación, pudiera convertirse en la espoleta de un deseado cambio estructural.

4. El delirio desarrollista español

Yo no sé -supongo que sí- si España habrá vivido con anterioridad periodos de tan extrema estolidez como el que nos embarga en esta modernidad tardía, oronda, hedonista sin motivo, snob, ilusamente presumida… sobrada. La situación actual me trae a la memoria un relato histórico del empedernido Antonio Gil Albarracín al que puso por título La locura de Níjar por Carlos III y en el que cuenta una especie de enajenación colectiva que vivió esa población a mediados de la centuria del setecientos en coincidencia y como consecuencia de la coronación del rey ilustrado. En la delirante y febril reacción, la gente se precipitó a deshacerse, con júbilo y exagerada despreocupación, de los enseres domésticos y demás utillajes, muebles, bártulos y ajuares de sus, en general, exiguas pertenencias. ¡Borrón y cuenta nueva! debieron pensar aquellos nijareños del triste dieciocho español. Es incomprensible pero verdaderamente aleccionador, más si tenemos en cuenta la precariedad y la miseria de los territorios de este sureste peninsular tan olvidado y lejano, que a juicio de los pocos tratadistas ilustrados que le prestaron atención en su tiempo era ya un desierto, humano y geológico. Escalofriantes son por ejemplo, en este sentido, los informes de las visitas ad limina de los delegados de las prelaturas de Guadix y Almería, que entre la desolación y la desesperanza hablaban de población escasa, diseminada, desconocida, analfabeta y para más inri no evangelizada: verdaderos indígenas. En ese contexto se produce ‘la locura’ de Níjar, población y zona que luego retrató Juan Goytisolo lamentando el terrible retraso de las personas que poblaban aquella fantástica tierra, durísima y de salvaje y abrumadora belleza[8].

Salvadas las distancias históricas y la relación de escala, es la misma reacción que vivimos en nuestra actualidad desarrollista y cateta. Y más otra vez en esta parte en la que ayuntamientos y agentes trabajan denodadamente por destruir el paisaje, las costas vírgenes, los parajes asombrosos, la producción tradicional. Si no me creen vean los casos del hotel El Algarrobico, las dentelladas constantes a la costa del Cabo de Gata, el mar de invernaderos, los ‘ensayos de multiculturalidad’ de Campohermoso… Es asombroso, no me voy a privar de comentarlo ya, que aunque todos los agentes implicados en el pretendido paraíso residencial español saben a ciencia cierta que el más valorado de los motivos que tienen los propios residentes es, inmediatamente después del sol y el clima, la calidad todavía semisilvestre de gran parte de nuestras costas y sus alrededores, sobre todo las del sureste, y que aun así persistan en su esquilmación, para mayor gloria del ladrillo y sus promotores, aprovechando uno de los rasgos antropológicos más trágicos –de los que al fin y al cabo son objeto de este artículo- de la tradición moderna española: aquél que predica que en beneficio del progreso hay que rendirlo todo, sea lo que sea y al precio social y ambiental que sea.

No es el caso específico de Níjar el que quiero traer aquí. Es el caso de prácticamente la totalidad de España. Se suele decir, porque es cierto, que España ha pasado de ser un país eminentemente emigrante a convertirse en uno de los principales receptores de inmigración en Europa; que ha pasado de ser un territorio rural y campesino a codearse con los más destacados urbanitas mundiales; que ha cambiado su proverbial atraso social y cultural para investirse como avanzadilla de las propuestas artísticas más novedosas…, que ha sustituido la pobreza secular por una espectacular consecución de niveles de riqueza insospechados sólo unas décadas antes. Pero claro, en algún sitio estaba el hueco, el bluff de ese magnífico cambio. Dos asuntos de rabiosa actualidad han venido a sosegar la ‘locura de España por el siglo XXI’, a poner en claro la vaporosidad de su impresionante desarrollo, la inconsistencia de su prodigioso y repentino estado sobrado de bienestar: por un lado la extraña crisis que azota al mundo al cumplirse la primera década del recién estrenado milenio, consecuencia de los juegos sucios y de la inmoralidad capitalista, reflejados en los préstamos bancarios subprime y otras lindezas por el estilo, y que en España ha translucido en los que hemos dado en llamar la ‘burbuja inmobiliaria’; y por otro, el desengaño, todavía relativo, de la proyección de España como destino turístico de prestigio y, desde comienzos del 2000, como país de destino residencial de muchos ciudadanos norte y centroeuropeos, y el precipitado abandono de muchos de ellos por diversos motivos que trataré de versionar más delante de este paraíso residencial español en ciernes, y en consecuencia el desengaño acerca del ensayo de multiciudadanía europea que este fenómeno presuponía.

Con respecto al primero de estos motivos, es muy posible pensar que en España ni siquiera hubiéramos necesitado crisis mundial para haber sufrido una de no menores consecuencias. Los políticos y los gobiernos de las distintas administraciones se han dejado arrastrar por el espejismo de la riqueza fácil y rápida que aseguraba la actividad inmobiliaria y de la construcción; los responsables financieros y los órganos institucionales garantes de la economía nacional no han sabido poner un poco de coherencia en un proceso económico a todas luces desorbitado, desquiciado. El resultado se mide en auténticas ciudades fantasmas, deshabitadas y desiertas de servicios, comercio y producción en los pretenciosos radios metropolitanos de las ciudades, o imponentes urbanizaciones, descomunales en su envergadura, imposibles en su ubicación, deshumanizadas, impersonales, incómodas y ahora desiertas de sus posibles moradores antes incluso de haber sido ocupadas.

Muy relacionado con todo este disparate económico, que lo único que ha conseguido es generar gigantescos capitales personales y de paso haber acabado con la credibilidad y la honestidad de los cargos municipales competentes en las áreas de urbanismo (díganme si no es cierto que desafortunadamente en España el cargo municipal de Concejal de Urbanismo se ha manchado irremediablemente, ¿puede alguien en la actualidad hablar francamente de dicho cargo sin que se levante inmediatamente un vendaval de sospechas?); como digo, muy relacionado con estos despropósitos urbanísticos -que para más escarnio han sido salvajemente agresivas con los paisajes y con el medio natural[9]- está el segundo de los asuntos mencionados y que puede resumirse en la lesión sufrida, a efectos no solo económicos sino también, y esto es más difícil de reparar, de imagen, y la degradación de la idea de España como destino privilegiado de ciudadanos europeos que la eligen como segunda residencia o como residencia definitiva de retiro o de vida activa (la active ageing de la que hablan las últimas corrientes de análisis especializado).

Estos dos procesos han operado al modo de aquel viejo proverbio (un dictum un tanto exotérico) que, a efectos de la verdadera comprobación de solidez y estructura arquitectónica, avalaba la validez del incendio, que puede ser por un lado pernicioso en los efectos que todos conocemos y por otro positivo al dejar en evidencia las precariedades de la construcción. Es muy posible que la conjunción de ambos fenómenos nos ofrezca finalmente un cuadro descarnado pero real de la organización y de la mentalidad de este país que sufrió el delirio de la riqueza aun antes de haber superado carencias importantísimas en su economía, en la atención al tejido social y en el equilibrio de su producción y sus gastos.

Mucho tiene que ver en esta estampa un tanto pesimista que hago la inapropiada distribución de los Fondos Europeos de Cohesión o de nivelación regional europea que tuvieron durante años y siguen teniendo a España como objetivo, a lo que se suma la nefasta inversión de dichos fondos en su destino. Todo ello ha seguido el mismo ritmo y la misma mecánica que los demás intentos de modernización en España, que ha perdido por eso una ocasión única para modernizar definitivamente el trabajo, la producción y la comercialización agrícolas. Todo se ha disuelto en una maraña de subvenciones aderezadas con la tópica pero real inoperancia y picaresca que nos ha caracterizado y que perece comportarse como sino. No creo que haya que sustentar lo anteriormente dicho con la contrastación de rigurosos estudios de resultados económicos, basta echar un vistazo al panorama agrícola de nuestro país para advertir que las cosas no se han hecho bien, pues al cabo de los fondos europeos ni tenemos una agricultura tecnificada y potente ni tampoco algo que seguramente hubiera sido de desear: un tejido social y económico basado en al agricultura y en la ganadería sostenible, respetuoso con nuestra tradición y con los modelos de crecimiento sensato y generalizado[10].

Téngase todo lo anterior como una abusivamente larga pero necesaria introducción para llegar al objetivo que estas páginas persiguen. España ha tenido una doble oportunidad de romper con algunas de las más detestables inercias históricas, con los tópicos que la han situado siempre a la cola de toda índole de producción. Una magnífica ocasión para ajustar cuentas con los intransigentes –países o personas-, para haber recuperado, como en una de esas deslumbrantes restauraciones de obras de arte o de monumentos, el esplendor que a su Historia corresponde. Y sobre todo, y quizá más importante que esta trascendental recuperación del pasado, haber conformado y abanderado una de las más admirables experiencias europeas de todos los tiempos, la más parecida a los Momentos en que Europa no necesitaba justificarse. La de haberse constituido como destino envidiable de residencia, como país de calidad de vida, de sugerente cultura, de servicios, comunicación, sin haber perdido un ápice de su diversidad social y natural.

5. Ensayos de ciudadanía europea, libertad residencial y estilos de vida

De todos es conocida la larga trayectoria de España como destino turístico de primer orden. Durante prácticamente el último medio siglo, el recurso económico más importante del país ha sido el turismo. Éste, como todos, es un fenómeno extraordinariamente complejo que no puede ser resumido en el objeto de estas páginas. Puede asegurarse, no obstante, que el precio que ese recurso económico –seguramente desde muchos puntos de vista, necesario y salvífico en su época- se ha cobrado en otros aspectos ha sido excesivo. De cualquier manera, éste arrastró otro de no menor importancia que tiene su punto álgido alrededor del inicio de la primera década del siglo XXI: la conversión de España en un lugar de destino de nuevos residentes centro y norte europeos que instalan aquí su segunda residencia y en numerosos casos, la primera. Puede asegurarse que hay una consolidación del turismo que en adelante, en buena medida, se convierte en orden residencial (Huete y Mantecón 2011; Mazón y Aledo 2005), con características ciertamente parecidas a las del turismo clásico, pero ahora transformado en otra realidad (Benson y O’Reilly 2009; Hall y Muller 2004). Es lo que se ha versionado desde distintos giros conceptuales, entre los que el de ‘movilidad residencial europea’ parece haber prendido con mayor eficacia entre la producción científica, sobre todo a través de su trasunto en inglés, ‘Lifestyle Migration’. ‘Nuevos residentes’ y fundamentalmente ‘turismo residencial’ y ‘turismo inmobiliario’ son otras denominaciones que, no obstante, señalan a objetivos críticos más contumaces. Puede decirse que la primera de ellas es una fórmula en consonancia armónica con el fenómeno visto desde posiciones europeístas y europeas; para éstas, esta mal llamada migración son ensayos de cosmopolitismo, muy al estilo que arranca con el ‘grand tour’ y llega hasta la idea de residencia de turismo como recurso óptimo de ocio, de retiro y de plenitud vital. En la segunda tanda de denominaciones anida un posicionamiento sustancialmente distinto y son fórmulas acuñadas para un análisis desde lo que pudiéramos llamar efectos internos, algo así como una mirada emic del fenómeno.

En su mayoría, según se trasluce de algunos trabajos de investigación, los nuevos residentes, acuden llamados por el clima y las playas[11], pero en el despunte de esta nueva extensión mencionada, las razones no son tan escuetas. Una estimable porción de estos nuevos residentes elige destinos de interior, y a los reclamos clásicos añade ahora una clara intención de vivir una experiencia transcultural[12], amparada, eso sí, en un conocimiento más o menos profundo que de la cultura española elaboró el fenómeno turístico y del viejo proyecto romántico de los viajeros decimonónicos[13].

Esta ‘atracción por lo español’ experimenta, como vengo comentando, un nuevo impulso a comienzos del presente siglo, que por el lado práctico se refuerza con la consolidación definitiva de la democracia en España; la dotación moderna de infraestructuras y de servicios sociales -muy apreciados, como el sanitario y el educativo-; la fluidez comunicativa con el resto de Europa y del mundo y la integración plena en la UE, la fortaleza –todavía- económica de la libra sobre el euro, así como, precisamente, la imposición del sistema monetario común; y algunos otros aspectos que refuerzan la idea de España como un país moderno y con suficiencia económica (pongamos por caso las nuevas estrellas gastronómicas, la pujanza deportiva, la proyección internacional, etc.) juegan una baza fundamental en la justificación de este fenómeno aludido. Los motivos de esta nueva migración tienen mucho que ver con formas cosmopolitas, elitistas (Benson y O’Reilly 2009), y señalan hacia nuevas experiencias amparadas en rasgos de la sociedad global[14].

Pero el movimiento es mucho más complejo, y a rebufo de los que trasladan su residencia por los motivos señalados, se desplazan una buena cantidad que piensa organizar su nueva vida en España al amparo de las necesidades que los nuevos residentes generan. Ese es el motivo de que este último modelo migratorio esté compuesto también de familias enteras y de un buen número de jóvenes o de adultos en edad productiva, que resulta ser en realidad la característica novedosa de este fenómeno puesto que hasta entonces se trataba casi exclusivamente de personas mayores y/o jubiladas.

Los efectos de esta especie de avalancha residencial son de índole diversa: por un lado, desde el punto de vista especulativo, se piensa en una nueva ‘gallina de los huevos de oro’ que viene a optimizar la ya entusiasta exageración inmobiliaria de los primeros años del milenio en el país ibérico; el crecimiento económico de todo orden que conlleva un movimiento migratorio de bienestar; pero, fundamentalmente, se va a valorar esta entrada masiva como escenario de multiculturalidad y ensayo de libre circulación de ciudadanos que posiblemente instauren unos nuevos modelos de convivencia y estrenen unas nuevas pautas de ciudadanía: realmente un sueño europeo (Schriewer y García 2005). En el orden antropológico y cotidiano, las perspectivas fueron altamente sugestivas, aunque no hay que negar que la barrera idiomática se cobró un precio altísimo haciendo poco profunda la interacción entre nuevos residentes y residentes autóctonos. No obstante la abundancia de narrativas, casi siempre de carácter personal, conforman un corpus alejado de los constantes quebrantos sufridos sobre todo a causa de los desmanes inmobiliarios, y a la vez suponen un reto para las ciencias sociales y sus herramientas procedimentales, en el sentido en que las fuerzan a una puesta a punto de de esas herramientas y a la obligación de sintonizarlas con las nuevas apreciaciones sobre las ‘realidades’ sociales, las que, por lo demás, suponen el desafío del abandono paulatino de viejas fórmulas de análisis (estructuras, estratificación, oposición, identidad, sustratos…) para abordar nuevos parámetros más en consonancia con las nuevas definiciones y ópticas de lo social.

Para las pequeñas aldeas y los pueblos y ciudades de mediano tamaño la llegada de estos nuevos residentes supuso un motivo de ilusión, por varios motivos: en primer lugar dinamizó un tenue mercado inmobiliario en la manera en que ya no había esperanza de producirse. Me refiero a que se produjeron una serie de transacciones y compraventas que afectaban a construcciones que en muchas ocasiones no tenían las condiciones mínimas de habitabilidad, pero que los nuevos residentes compraban con la ilusión de restaurarla e imprimirle su estilo, su sello personal, o si las tenían eran casas u otros inmuebles que seguramente en otras circunstancias hubieran tenido escasas oportunidades de ser vendidas. El trabajo invertido en la restauración o simple rehabilitación de unas y otras ha sido versionado siempre, por parte de estos nuevos vecinos como un esfuerzo altamente satisfactorio (Hall y Muller 2004). Este pequeño movimiento económico en cifras globales, pero grande en relación a los contextos muy concretos donde se producía, tuvo, como es fácil adivinar, una enorme repercusión en el tejido social, pues de alguna manera se abría una posibilidad económica rentable imposible de imaginar hasta la fecha, aunque transcurrido algún tiempo y vueltas las aguas a su cauce se generaron razonables dudas sobre la idoneidad de estos movimientos: la pérdida de propiedad, y más en estos lugares de interior, no asegura siempre una decisión acertada. Este micro fenómeno inmobiliario tiene otras lecturas que sobrepasan lo estrictamente referido a las pequeñas comunidades donde se dio y que se sitúan más allá de lo económico: se trata de la intervención por parte de estos rehabilitadores espontáneos en elementos y sitios de interés patrimonial, que en algunos casos contaban con catalogación oficial y otros no, pero eran perfectamente susceptibles de serlo, con lo que el asunto tiene de importancia tanto para las instituciones competentes en esos temas, a los que, digamos, solucionaba una ‘papeleta’, como también para los criterios científico-teóricos de la intervención patrimonial, en el sentido de que los restauradores en cuestión imprimen a su obra ‘estilo popular español’, pero pasado por el tamiz de su propia idea de ‘lo popular’ y sobre todo de ‘lo español’; lo que, por otro lado tiene un atractivo muy sugerente para los estudios sobre globalización y transculturización.

Además de este primer motivo, puede aseverarse que el crecimiento demográfico que el fenómeno entraña, dinamizó sectores como el educativo, transportes, accesos y otras infraestructuras que literalmente necesitan mayor población que la que hasta entonces tenían; espantó en definitiva el fantasma de la despoblación en muchos de ellos. La convivencia fue modélica desde el primer momento y, sin embargo, debajo de las apariencias siempre ha latido el pálpito de un proyecto inacabado, de cierto sabor a fracaso.

Las críticas que sobre el fenómeno vierten las ciencias sociales son al menos de dos tipos. El primero es el que incide en asuntos de fraude inmobiliario fundamentalmente, en las dificultades idiomáticas, choques culturales, etc., el segundo es de carácter más profundo, al menos en lo subjetivo. Seguramente ambos vienen a corresponderse con estas dos posiciones comentadas más arriba, los procedimientos analíticos clásicos y la ubicación en las nuevas propuestas de reflexión sobre la naturaleza de lo social. En el conjunto de la producción que de una manera más o menos directa aborda esta serie de asuntos también es posible detectar esta doble posición.

En la crítica más profunda, se puede hablar a su vez de otras dos perspectivas. Una primera que puede resumirse como sigue: la ausencia de un cuestionamiento histórico sobre la asignación a España (y a los países mediterráneos en general) del rol de destino turístico, con todo lo que ello implica, además de la exotización cultural, es decir, la necesaria contextualización del turismo residencial en la realidad socio-histórica local, más allá de su tematización como global. La segunda tiene un carácter más genérico y puede resumirse en la necesidad de relacionar estas experiencias europeas de multiculturalismo, movilidad y “creatividad cultural”, con sus condiciones de posibilidad, esto es, con las lógicas políticas que comandan el diseño y desenvolvimiento del espacio social europeo, de una especie de ciudadanía cosmopolita global, lo cual conectaría con una cuestión subyacente pero fundamental, la necesidad de poner en cuestión ciertas presunciones de corte psico-culturalista sobre el individuo y la subjetividad, por cierto muy propias de las sociedades contemporáneas, y que comienzan a ser aceptadas como una doxa[15] también por una parte de las Ciencias Sociales.

Según los datos que arroja la primera fase ya concluida del Proyecto Multicultural Society: EU and non-EU citizens in Inland Municipalities[16] es detectable un notable y preocupante descenso de residentes de otras naciones europeas que fijan su residencia en España, acabando así bruscamente con una tendencia que podría haber sido claramente ventajosa para todos. Pero no sólo eso sino que entre el número de los que ya eran residentes se ha producido una estampida que ha llevado a un buen número de ellos a volver a sus países de origen o sencillamente a instalarse como residentes en otros.

La devaluación de la libra esterlina, los escandalosos abusos urbanísticos, de propiedad inmobiliaria, la desilusión por el ‘sueño español’ que muchos de los nuevos residentes esgrimían como una de los principales motivos de su decisión y el temperamento ‘nómada’ de muchos de ellos, son las razones que se desprenden del trabajo de campo a la hora de argumentar este precipitado abandono.

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[1] Tzvetan Todorov analiza, en El espíritu de la Ilustración, la vertiente humanista del Siglo de las Luces, un momento clave dentro de la historia del pensamiento en Occidente donde se trató de dar forma a cuestiones como la autonomía del hombre, el fin último de nuestra especie, la felicidad o la posibilidad de llegar a establecer postulados universales.

[2] Si se echa un vistazo a la web, que expresamente sobre la temática (Lifestyle Migration Hub) ha realizado la Universidad de Tampere (Finlandia), el enfoque de la persecución de estilos de vida diferentes –y elitistas- ocupa gran parte de la producción: http://www.uta.fi/yky/lifestylemigration/index.html

[3] Sobre una idea que el filósofo Claude Lefort la recoge en un ensayo sobre “Europa como civilización urbana” [ver cáp. Bibliográfico] y que versiona J. Ramoneda en El País 19/08/2009.

[4] Bloch, Marc (1949). La société féodale. Les classes et le gouvernement des hommes. Paris: Albin Michel. Hay traducción al español en: (1958). La sociedad feudal. Madrid: Uthea.

[5] X. Zubiri, M. Zambrano, M. García Morente, J. Marías, J. Ferrater Mora, J. L. Aranguren, M. Sacristán…

[6] F. Fernandez Buey, José Luis Abellán, Jesús Pardo, Rubert de Ventós, Subirats, Savater, Lopez Calera, V. Camps, M. Morey, P. Cerezo, A. Campillo, F. Jarauta, Gª Calvo, Albiac, Felix Duque, Jacobo Muñoz, M. Cruz, R. Mate, a la lista, como es obvio, le faltan infinidad de nombres.

[7] Existe un recorrido histórico en el que puede apreciarse claramente la deriva desde la idea del patrimonio como componente fundamental del Estado-Nación y, por tanto, propiedad y derecho de todos sus ciudadanos (p. e. en el Abate Gregoire [1792] y A. Ch. Quatremère de Quincy [1776]) hacia la del patrimonio como un derecho que los pueblos deben ganar (p. e. en A. Malraux [1958] «l’heritage ne se trasmet pas, il se conquiert» [«el patrimonio no se trasmite, se conquista»]).

[8] Juan Goytisolo, Juan (1973). Campos de Níjar. Barcelona: Seix Barral (la 1ª edición es de 1959).

[9] Ver, por ejemplo, A. Aledo, A. (2003). Turismo inmobiliario y la fagocitación de la naturaleza. En: Construçao do saber urbano ambiental: a caminhosa transdisciplinariedad. Londrinas-Paraná: Humanidades, cap. 24; o el informe de Greenpeace de 2006 Destrucción a toda costa: informe sobre la situación del litoral español.

[10] A manera simplemente enumerativa, los distintos programas europeos se materializaron en: Fondo Europeo de Desarrollo Regional (FEDER); Fondo Europeo de Orientación y Garantía Agrícola (FEOGA); Fondos estructurales y Fondo de cohesión; Fondo Social Europeo (FSE).

[11] Puede verse, en esta dirección, García, M. et al. (2013). Ciudadanos europeos residentes en municipios de interior -resultados de un proyecto de investigación-. Una aproximación a diferentes aspectos (vivienda, salud, arquitectura, ocio...) de los ciudadanos comunitarios residentes en municipios de interior de Murcia y Almería. Murcia: Isabor.

[12] Un asunto extraordinariamente debatido a partir, al menos en lo que al panorama de la Antropología respecta, de la obra de J. Clifford [ed. española: (1999). Itinerarios transculturales. Barcelona: Gedisa], en el que han intervenido, entre otros numerosos autores, Z. Bauman, U. Beck, N. G. Canclini, K. O’Reilly (ver especialmente para el caso: Appadurai, Arjun (2001). La modernidad desbordada. Dimensiones culturales de la globalización. Montevideo, Buenos Aires: Trilce-FCE.

[13] Continuación atemporal de esta visión romántica son también dos experiencias posteriores de gran repercusión en este movimiento: Brenan, Gerard. (1974). Al sur de Granada. Madrid: Siglo XXI; y Stewart, Chris. (2006). Entre limones: historia de un optimista. Córdoba: Almuzara, 2006.

[14] A modo de ejemplo, pueden verse: Buller, H., K. Hoggart (1994). International counterurbanization. Aldershot: Avebury; Cresswell, T. y P. Merriman (eds.) (2011). Geographies of Mobilities: Practices, Spaces, Subjects. Farnham: Ashgate Publishing; D’Andrea, A., (2007). Deciphering the Scale and Space of Global Nomadism: Subjectivity and Counterculture in a Global Age. En: Sassen, S. (ed.). Deciphering the Global: Its Scales, Spaces and Subjects. London: Routledge, p. 201-220; Janoschka, M. (2011). Habitus and radical reflexivity: A conceptual approach to study political articulations of lifestyle- and tourism-related mobilities. Journal of Policy Research in Tourism, Leisure & Events, 3(3): 224-236.

[15] La doxa vendría a ser una especie de creencia espontánea u opinión que naturaliza ciertos presupuestos o pre-conocimientos sobre la realidad, como por ejemplo serían ciertas violencias simbólicas. El trabajo de P. Bourdieu sobre esta noción encaja en su intento por complejizar, desde un sentido práctico y no necesaria ni totalmente consciente, el concepto de ideología (puede verse Eagleton, Ferry y Pierre Bourdieu. (2003). Doxa y vida cotidiana: una entrevista. En: Zizek, S. (comp.). Ideología: un mapa de la cuestión. Madrid: Fondo de Cultura Económica).

[16] Sociedad multicultural: ciudadanos comunitarios y no comunitarios en municipios de interior. Financiado por Fundación Séneca. Agencia Regional de Ciencia y Tecnología (08821/PPC/08).