Número 20. Enero-Diciembre 2013

Miedo y fe: la figura del Maligno entre los neocatecumenales

Fear and faith: the concept of Evil among Neocatechumenals groups

Carmen Castilla-Vázquez

Departamento de Antropología Social.
Universidad de Granada (España).
mccv[at]ugr.es

El trabajo que presentamos pretende acercarse al tema del miedo, y concretamente el miedo al diablo entre los neocatecumenales. Para llevar a cabo este estudio nos hemos basado en los discursos ofrecidos por un grupo de informantes pertenecientes a las comunidades neocatecumenales de Huelva y Sevilla (España). Estos, a través de su discurso religioso, dejan entrever una faceta que, hoy en el siglo XXI, podría estar casi olvidada o relegada a la consideración únicamente de unos pocos. Nos referimos al miedo al diablo -al "maligno"- y a todo lo que él representa dentro del catolicismo: no poder encontrarse con Dios, negar al Creador, en definitiva quedar excluido de la salvación eterna si uno cae atrapado en sus redes.


Fecha de recepción: 13/7/2013

Fecha de aceptación: 9/11/2013


Palabras clave: Diablo, Miedo, Tentaciones, Iglesia católica, Camino Neocatecumenal


Para citar este artículo: Castilla-Vázquez, Carmen (2013). Miedo y fe: la figura del Maligno entre los neocatecumenales. Revista de Humanidades [en línea], n. 20, artículo 8, ISSN 2340-8995. Disponible en http://www.revistadehumanidades.com/articulos/48-miedo-y-fe-la-figura-del-maligno-entre-los-neocatecumenales [Consulta: Jueves, 15 de Noviembre de 2018].


DOI: http://dx.doi.org/10.5944/rdh.20.2013.12906


Abstract: The present paper aims to approach the subject of fear, specifically fear of the devil among the Neocatechumenal Way. To carry out this study we have based on the speeches given by a group of respondents belonging to the Neocatechumenal communities of Huelva and Seville (Spain). These, through their religious discourse, a facet that glimpse, now in the XXI century, could be almost forgotten or relegated to the consideration only of a few. We refer to the fear of the devil -the "evil"- and all that he represents within Catholicism: could not we meet God, deny the Creator ultimately be excluded from eternal salvation if one falls caught in their nets.


Keywords: Devil, Fear, Temptations, Catholic Church, Neocatechumenal Way

Sumario

1. El miedo a lo desconocido. 2. El maligno entre los neocatecumenales. 3. Conclusiones. 4. Bibliografía.

Artículo

"Todos los hombres tienen miedo, todos. El que no tiene miedo, no es normal. Eso no tiene nada que ver con el valor" (J. P. Sartre).

1. El miedo a lo desconocido

El miedo viene acompañando a los seres humanos desde los orígenes mismos de la especie. El miedo es una de nuestras emociones fundamentales y ha existido siempre. Miedo a los muertos, a las fuerzas de la naturaleza, a los animales salvajes que acechan, al terrorismo, a los riesgos asociados al desarrollo de nuevas tecnologías, pero por encima de todo, miedo a lo desconocido. En el ámbito de las ciencias sociales han sido muchos los autores que se han detenido en el estudio de este fenómeno y sus repercusiones. Así, podemos mencionar la obra ya clásica de Jean Delumeau, El miedo en Occidente, que vio la luz en 1978 y que pertenece a la tradición de la llamada Historia de las Mentalidades. La obra de Delumeau pretende ser una “historia total” del miedo en Occidente desde un punto de vista literario, religioso, folklórico, social, político y económico. Otros trabajos más recientes y específicos son los desarrollados por Ordóñez (2006) sobre los miedos que acosan a la sociedad actual y en especial con relación al proceso de globalización, Mongardini (2007) y Robin (2009) sobre el miedo y su manipulación política, o por centrarnos más en la esfera religiosa, los estudios coordinados por Díaz de Velasco (2002) y el elaborado por Trebolle (2008).

Las contribuciones que aquí se presentan sobre el miedo en los neocatecumenales se inscriben en el marco de una investigación mucho más amplia referida al pluralismo religioso en Andalucía y concretamente dentro del pluralismo católico, representado en el caso que nos ocupa por el movimiento neocatecumenal. Dicha investigación se realizó durante los años 2003-2006 y fue financiada por el Ministerio de Ciencia y Tecnología del Gobierno de España (BSO2003-04907/CPSO). La metodología de investigación empleada fue el trabajo de campo antropológico, utilizando como técnica principal la entrevista semiestructurada y el análisis del discurso. Para su desarrollo, nos hemos centrado en las provincias de Huelva y Sevilla, trabajado con tres comunidades neocatecumenales integradas por una media de 20 miembros cada una y pertenecientes a distintos sectores sociales.

En la mayoría de los casos no resulta fácil analizar este miedo, una dificultad que aumenta además al pasar de lo individual a lo colectivo. El miedo, en sentido individual, dice Delumeau (1989:28), "es una emoción choque, frecuentemente precedida de sorpresa, provocada por la toma de conciencia de un peligro presente y agobiante que, según creemos amenaza nuestra conservación". A nivel colectivo, también podemos definirlo como el hábito que se tiene en un grupo humano de temer a tal o cual amenaza (real o imaginaria). En este sentido, el ser humano necesita tener seguridad. Ésta es fundamental y se encuentra en la base de la afectividad. Por otra parte, todo aquel que tiene miedo o está dominado por él, corre el riesgo de disgregarse, de ahí la importancia que, en nuestro caso, posee la comunidad neocatecumenal para sus miembros como portadora de esa seguridad y por lo tanto apaciguadora del miedo[1].

Al hablar del miedo, una cuestión nos viene a la mente. ¿Miedo de qué o de quién? Los miedos pueden ser de muchos tipos y hay quienes incluso los han clasificado. Una de estas clasificaciones habla de miedos permanentes o miedos cíclicos (Delumeau, 1989:41). Los miedos permanentes serían aquellos vinculados a la vez a cierto nivel técnico y al "utillaje mental que les corresponde: miedo al mar, a las estrellas, a los presagios, a los aparecidos, etc. Los otros miedos, los cíclicos, aparecen periódicamente con las pestes, las carestías, las hambrunas, etc." (Delumeau, 1989:45). Utilizando esta misma clasificación, nos atreveríamos a decir que el miedo al diablo es un miedo que entraría a formar parte de esos miedos permanentes que están en la mente de las personas y que quizás unas veces afloren más que otras, pero que existen en lo más profundo de los seres humanos. Pero, volviendo de nuevo a la cuestión que nos ocupa, y dentro de las comunidades neocatecumenales, temas como el sentimiento de inseguridad, el abandono, la agresión, la idea del bien y del mal, etc., tienen como corolario el temor a la muerte. La obsesión por ésta ha estado también presente en las palabras de nuestros informantes en este estudio. La presencia de la muerte en sus explicaciones tiene mucho que ver con la idea de la salvación -el bien- y, por tanto, con el hecho de que la muerte les sorprenda sin ser partícipes de "la gracia de Dios". Si has sucumbido ante las tentaciones del maligno -el mal-, "nunca podrás llegar a Dios, no podrás salvarte y alcanzar la vida eterna", pues, el diablo es el señor de la muerte (Hb. 2:14).

La concepción del bien y del mal está presente en todas las religiones (Vázquez, 2013 y Rosenberg, 1996). Para la Iglesia católica y por añadidura para los integrantes de las comunidades neocatecumenales, esta dualidad se convierte en una constante para explicar su concepción del mundo. Ya dice el Génesis que al hombre se le prohibió comer del árbol del conocimiento del bien y del mal. Este árbol evoca simbólicamente ese límite infranqueable que el ser humano no puede traspasar. En un principio, el hombre fue creado en un estado de santidad cercano a Dios, pero al sucumbir ante la seducción del diablo cayó entonces en desgracia, cometió el primer pecado y se distanció de Dios. Son, en definitiva toda una serie de ideas relativas a "la división del mundo", el cielo por un lado y la tierra, por otro. De este modo, el problema del mal hace nacer en el individuo esa sospecha de que quizás el mundo y el ser humano en él, carecen de un orden y de una regularidad. La respuesta religiosa, en este sentido, y por extensión la de las comunidades neocatecumenales, sería la formulación, mediante símbolos, de una imagen de un orden del mundo que explicaría los enigmas de la experiencia humana (Geertz, 2000:104). De manera que la comunidad se hace, de esta forma, necesaria como promotora de ese orden, de una voluntad de cohesión que satisface a sus miembros. Éstos, al ser portadores de un pecado original, contraído, no cometido, tendrán la opción de recibir el sacramento del bautismo para borrar esa falta. Sin embargo, para los miembros de las comunidades, el ser humano desde un primer momento, posee una inclinación al mal, consecuencia de ese primer pecado, una situación que parte del poder del diablo. Las implicaciones del bien y del mal, la dicotomía que plantean la pureza y la corrupción, son un conjunto de nociones que van unidas también a la idea de dentro y fuera. El ser humano ante los constantes ataques del mal debe estar protegido y esa protección la conseguirá dentro de la comunidad neocatecumenal.

2. El maligno entre los neocatecumenales

Sobre la figura del diablo se ha hecho eco la literatura antropológica, tanto desde la reflexión teórica como desde la perspectiva del trabajo de campo. Así por ejemplo, un recorrido histórico sobre esta temática lo encontramos en los estudios de Pagels (1995), Fermín (2002), Minois (2002) y Martínez (2006), al igual que en la obra de Flores (1985), ésta referida específicamente al diablo en España. Por su parte, mucho más cercanos a nosotros por la temática que desarrollan, están los trabajos de Ospina (2006) sobre Satanás y el movimiento carismático católico, Cantón (2000) sobre diablos y pentecostalismo o Tarrés (2000) sobre los diablos en el Islam, estos dos últimos estudios recogidos en El diablo, las brujas y su mundo: homenaje andaluz a Julio Caro Baroja obra colectiva coordinada por el profesor Rodríguez Becerra (2000).

En este apartado haremos alusión a las comunidades neocatecumenales y a la visión que tienen sus miembros sobre la figura del diablo. Partiendo de que realmente existe este miedo, haremos un recorrido por sus discursos para poner de manifiesto cómo lo interiorizan y cómo lo evitan recurriendo a la fe y a la seguridad que les proporciona el propio grupo. En una segunda etapa nos detendremos en ver cómo utilizan esa misma fe como arma contra el maligno. De esta forma, trataremos dos cuestiones: el estudio de los exorcismos en las ceremonias llevadas a cabo dentro de estas comunidades y la creencia en Dios como fórmula para no caer en las tentaciones.

Las comunidades neocatecumenalesson organizaciones religiosas y voluntarias -dentro de la Iglesia católica- formadas por grupos de 20 ó 30 laicos y un presbítero, que se reúnen en las parroquias o fuera de ellas para llevar a cabo lo que ellos llaman "el camino de salvación". Este camino consta de una serie de etapas o "pasos" que culminan en el bautizo. El fin que persiguen, a través de toda una serie de reuniones semanales, convivencias, encuentros, etc., es convertirse en lo que ellos denominan "verdaderos cristianos". Todo ello siguiendo el modelo de las primitivas comunidades cristianas tal y como aparecen descritas en los Hechos de los Apóstoles (Castilla, 1999).

En las comunidades nos encontramos con la creencia en el maligno, término con el que usualmente denominan al diablo –la encarnación del mal, de ahí su nombre-. Se trata de un ser sobrenatural, adversario de Dios y tentador de los seres humanos. Ante él, sienten desconfianza, temor y sobre todo miedo de ser atacados pues entienden que, por encima de todo, el maligno es superior a la persona. El miedo al diablo se deriva de un fuerte sentimiento de inseguridad que les hace temer a las llamadas tentaciones de fe, es decir, miedo a distraerse cuando están rezando y miedo a que el diablo les malogre su vida espiritual, en definitiva su trato con Dios.

El maligno para los neocatecumenales no tiene un aspecto definido, ya que al carecer de forma corpórea, al ser un espíritu, no pueden representarlo con unas características concretas. Algunos hacen alusión a que el diablo, siendo una naturaleza simple, no puede pertenecer a ninguna especie y por lo tanto, no puede revestir una forma precisa. Sin embargo, la opinión más difundida es que el maligno tiene la habilidad de manifestarse en cualquiera de las formas que los humanos pueden alcanzar a ver, sentir o percibir. Precisamente, una de las cualidades que se ha atribuido siempre al diablo es su polimorfismo; puede estar en cualquier cosa y en cualquier persona, tratando de llevar a fin su último cometido: que el hombre viva y muera en pecado mortal (Flores, 1985:36).

"Entre nosotros -se refiere a las comunidades- el maligno no tiene forma definida, pero podemos sentir su presencia" (Integrante de comunidades).

El discurso demológico de los miembros de las comunidades neocatecumenales emplea indistintamente el singular y el plural. La omnipresencia de la acción maligna les lleva a postular, no solamente el enorme poder de Lucifer, sino también la existencia de un ejército de “ángeles del mal” que obedecen a su jefe, como los “ángeles del bien” obedecen a Dios. Estos comentarios están basados en el Apocalipsis y en la idea de un Juicio Final donde Jesucristo será el vencedor ante sus adversarios (Ap. 12:9).

"El maligno, Lucifer, es un ángel caído, que se reveló contra Dios y ataca a los hombres. Pero el demonio no es único, son muchos demonios. Se dice que una tercera parte de los ángeles se revelaron contra Dios porque no querían adorar a Jesucristo, por ser éste también hombre. El maligno no soporta que seamos hijos de Dios. Su intención es hacernos sentir como dioses y continuamente nos ataca para que pequemos contra Dios" (Integrante de comunidades).

"El diablo y los otros demonios fueron creados por Dios con naturaleza buena, pero ellos mismos se hicieron malos" (Catequista de comunidades).

Este miedo desmesurado al diablo se asocia también a la espera del fin del mundo. En los comentarios analizados es una constante relacionar el miedo al demonio con el miedo al juicio final y al infierno. Continuando en esta línea, el tema del infierno, tratado más como estado que como habitáculo del maligno, también está presente en sus explicaciones. En este sentido si Satán simboliza el infierno, sus agentes circulan entre nosotros atacándonos hasta el juicio final.

"El infierno no es un lugar. Siempre se ha dicho que el infierno es un sitio donde hay llamas, con diablos con cuernos y colas, donde estarás siempre lamentándote. Eso no es así. El infierno es un estado de sufrimiento de las almas, es un estado donde no se puede amar, pero no un lugar concreto. No se sabe si está arriba o abajo" (Responsable de comunidad).

"... Si el alma proviene de Dios, aspira a volver a él. Cuando uno muere se transforma y se pasa a la verdadera vida. Pero el infierno es la privación de Dios. No es un lugar, es un estado que alcanza aquel que ha negado la Salvación y al Espíritu Santo, y se resisten a salvarse. El diablo está en el mundo y los ángeles malignos están con él. Todos los días están ahí esperando el mejor momento para atacarte" (Catequista de comunidades).

Es significativo que todos los neocatecumenales afirmen que el diablo actúa porque Dios lo consiente. Efectivamente, creen que Dios deja al hombre actuar a su libre albedrío y al permitir esa libertad humana, también permite que pueda ser atacado. Pero, después, está en el propio ser humano el no caer en las tentaciones del maligno. Se parte de la base de que Dios quiere que las personas conozcan sus limitaciones: el ser humano no puede creerse un dios como pretende el diablo que lo crea.

"El maligno solo tienta con permiso de Dios. Sólo a veces le permite (Dios) al diablo que nos tiente y entonces nos está probando y a veces caemos en esa tentación pero otras no, porque la fe que tenemos en la comunidad nos hace ser fuertes" (Catequista de comunidades).

"...En el libro de Job, Dios le dice al demonio que de donde venía, y éste le dice que de dar una vuelta por la tierra. Entonces Dios le habló de Job y de como no podía tentarlo. El demonio le dijo que claro, que él le daba todo lo que quería. En ese momento Dios le dijo al demonio que le dejaba libertad para que le tentara y todos los bienes de Job se convirtieron en miseria, pero sin embargo, seguía alabando a Dios. Entonces lo cubrió de lepra pero siguió alabando a Dios. Con esto quiero decir que el demonio actúa con el permiso de Dios, se lo permite para probarnos" (Integrante de comunidades).

"Dios hace una historia contigo. El hombre debe saber que es limitado. Dios te deja tentar para que tu sepas hacer lo que es mejor. Pero también para que los demás vean que, a pesar de haber sido tentado uno, el maligno no ha podido contigo" (Integrante de comunidades).

No obstante, a pesar de las tentaciones, desde el punto de vista neocatecumenal, existe un medio de arrancar a los hombres de la influencia del maligno: convertirse en "verdaderos cristianos"[2]. En las comunidades neocatecumenales -acostumbrados como están a convivir con la presencia del diablo- se toman una serie de medidas de precaución: bendecir los alimentos antes de comer, bendecir los objetos y lugares que van a utilizar, orar reiteradamente o realizar exorcismos en sus ceremonias como veremos más adelante. Pero, en último término, será la propia fe en Dios la que les lleve a no caer en las tentaciones y a convertirse en "verdaderos cristianos". Tienen grandes esperanzas en esta medicación, ligada a lo que podemos llamar una virtud mágica atribuida al bautismo, o mejor dicho a un segundo bautismo que reciben tras concluir su “camino”. El agua bautismal, según este punto de vista, será la que expulse el demonio del alma de los hombres que se volverán, de esta forma, sosegados y seguros de sí mismo. El bautismo significa la liberación del pecado y del diablo, pues durante este acto se renuncia expresamente a Satanás.

"... a los que más hostiga el diablo es a los buenos. Cuanto más bueno eres más te ataca. Los santos han sido los más tentados por la lujuria. Las personas cuanto más buenas y cuanto más se acerquen a Dios más serán atacadas. En las vidas de santos esto se ve mucho. Así se dice que había una ciudad pervertida donde todos eran pecadores y encima de ella estaba un demonio que los vigilaba, pero luego existía un monasterio con hombres santos que contaba con varios demonios acechando. Eso es porque en la ciudad con un sólo diablo bastaba para seguir pervirtiendo a las personas, pero en el monasterio como los monjes están más cerca de Dios necesitaban más diablos para tentarlos" (Responsable de comunidad).

"Nuestro rito final será el bautismo, una renovación del primero y en él renunciamos al maligno y nos liberamos del pecado" (Responsable de comunidad).

Pasemos ahora a referir una serie de testimonios donde se ponen de manifiesto las medidas que toman los neocatecumenales, bien de forma individual o en sus celebraciones colectivas, para evitar estos ataques del maligno, denominados dentro de las comunidades como “tentaciones”. Estas suelen ser situaciones o cosas que aparecen como apetecibles en un momento dado, pero que luego desembocan en algo negativo para el creyente. Los neocatecumenales comparan las tentaciones con un pastel que alguien te ofrece y que es difícil rechazar. Entre las tentaciones más frecuentes que señalan los neocatecumenales están "el robo, defraudar al fisco, la ludopatía, el culto al dinero, el abuso del alcohol, convencerte de que no vales para nada o bien todo lo contrario, creerte superior a los demás, distraerte en la oración, etc." Estas actuaciones, algunas de ellas auténticos actos delictivos, pueden ser en líneas generales repudiadas por la mayoría de las personas, aunque en el caso de los neocatecumenales es el diablo quien las provoca.

"Siempre me tienta diciéndome que soy un desgraciado, que para qué le doy dinero a ese (comentario referido a la limosna), si después no lo emplea bien. También me está tentando cuando tengo que hacer algo y me quejo. Cuando tengo envidia de alguien que tiene buena salud, o un buen trabajo, sé que el maligno está detrás de todo eso" (Catequista de comunidades).

"La adivinación debe rechazarse, los horóscopos, llevar amuletos y todo aquello que revele el porvenir, porque atentan contra Dios. No debemos hacernos proteger por poderes ocultos" (Responsable de comunidad).

Para hacer frente a estas tentaciones, los miembros de las comunidades recurren a una serie de prácticas o fórmulas aprendidas para defenderse. Una de estas prácticas es la señal de la Cruz al comienzo de cada celebración, dibujando una especie de impronta de Cristo sobre el individuo o colectividad que la realiza.

"Siempre que sentimos que el maligno nos está acechando decimos: Dios defiéndeme contra mis enemigos que son superiores a mi. Cuando estamos en peligro hacemos la señal de la Cruz, para que cristo esté presente en nosotros" (Integrante de comunidades).

El camino neocatecumenal se compone de una serie de etapas o pasos que hay que superar para llegar a ser un buen cristiano. No es éste el momento de analizar cada una de estas etapas, aunque si nos detendremos en algunas de ellas, por su relación con la temática que nos ocupa (Higueras, 1992) (Castilla, 1999). En este sentido, cuando se crea cada nueva comunidad, y sus miembros superan los llamados "primeros escrutinios"[3], ya empiezan a oír hablar del maligno. Los catequistas les comentan que, de igual forma que existe Dios, también existe el diablo al que deben temer y del que deben defenderse. Sin embargo, será en los "segundos escrutinios" cuando al neocatecumenal se le inculca el deseo de librarse del mal y cómo con la oración podrá conseguirlo (McDermott, 2002:95). A partir de entonces, el neocatecumenal debe desprenderse de todo aquello a lo que se mantiene excesivamente apegado, ya que su principal inclinación debe girar en torno a Dios. Todo lo demás serán armas en manos del diablo para tentarte y alejarte de Él. Una vez realizado este escrutinio, al neocatecumenal se le enseña a rezar y a utilizar la Biblia para que pueda emplear la oración todos los días.

Todas las mañanas, antes de comenzar su jornada diaria, cada miembro de las comunidades (individualmente o en grupo) reza los laudes. Estos consisten en leer salmos de la Biblia o del libro de Salterios durante una media hora. Este acto finaliza con un Padre Nuestro y un Ave María. Antes de empezar con los laudes también se recurre a Dios para evitar que el diablo pueda distraerlos de su oración. Un ejemplo de estas oraciones nos sirven de ilustración:

"Señor ábreme los labios y mi boca proclamará tu alabanza."

"Dios mío ven en mi auxilio, Señor date prisa en socorrerme."

La defensa contra las tentaciones es una constante en sus comentarios. Sin embargo, la mayoría afirma no poder defenderse sólo, necesitan de la fuerza que les da el grupo para poder salir victorioso. La comunidad neocatecumenal se hace de esta forma necesaria, ya que la oración colectiva es considerada como más efectiva. Así, cada vez que se reúnen, bien en una casa particular, en la parroquia o en una convivencia, las precauciones que se toman para no ser tentados son siempre a nivel grupal. La comunidad les hace más fuertes, les reporta más conocimientos sobre Dios, un saber que se convierte en escudo contra el mal.

Las celebraciones que los neocatecumenales realizan colectivamente cada semana son "la palabra y la eucaristía". La "palabra" es un acto que reúne a toda la comunidad los miércoles por la noche en cada parroquia. En estas reuniones -que suelen durar hora u hora y media- se discuten los términos u oraciones que, sacados del Vocabulario de Teología Bíblica de X. León Duffour (2005), han sido previamente analizados en común por varios de sus miembros[4]. Las palabras elegidas en cada momento les permiten iniciarse en un lenguaje bíblico que después utilizarán a lo largo de sus vidas. Por su parte, la "eucaristía" tiene lugar los sábados por la noche y consiste en una misa de dos horas o dos horas y media de duración. En dicha celebración, antes de las lecturas propias de la misa, se realizan lo que ellos llaman "moniciones ambientales", que suelen ser comentarios alusivos a los textos sagrados que van a leer y que han sido preparados previamente por algunos miembros de la comunidad.

Una característica destacable en ambos actos es la participación activa de los neocatecumenales, llamando poderosamente la atención sus cánticos. Se entonan canciones que suelen ser salmos con música de guitarra, acompañados de palmas y bailes cogidos de la mano. En este contexto y formando parte de cada acto en sí, se desarrollan también las invocaciones para evitar la presencia del diablo. Son los llamados "exorcismos" que consisten en invocar al Espíritu Santo para que esté presente en las celebraciones y aleje de ellas al diablo. Por lo tanto, en las comunidades se designa con este nombre al hecho de prevenir la presencia del diablo en sus actos, no tanto el hecho de expulsar de una persona o lugar el dominio demoníaco. Así, antes del acto de la "palabra", se canta dos veces una oración para arrojar fuera de allí al espíritu del mal:

"Oh Espíritu Santo hazte presente entre nosotros y aleja al espíritu del mal. Señor envía tu espíritu que renueve la faz de la tierra."

En la "eucaristía", también se intenta alejar al "maligno". De este modo se comienza con la señal de la cruz, pidiendo perdón por los pecados y se finaliza con la oración del Padre Nuestro. En esta oración se pide a Dios que les libre del mal. Ese mal en este caso no es una abstracción, sino que designa a Satanás, al ángel caído que se opuso a Dios, al "seductor del mundo" (Ap. 12:9).

"Invocamos al Espíritu Santo para que nos proteja, pues allí donde se reúnan unos pocos en nombre de Dios, allí estará Él. Pero el diablo, para seducirte, antes de que llegues a la puerta de la iglesia, ya está allí él esperándote. La oración es la mejor defensa contra el maligno, al igual que la señal de la cruz, con nuestro Señor Jesucristo que venció al demonio siendo hombre (Integrante de comunidades).

3. Reflexiones finales

Como hemos tenido ocasión de comprobar, el temor al diablo está presente entre los miembros de las comunidades neocatecumenales. La idea del pecado y del diablo tras él, como propuestas del mal, son una constante en todos los discursos de nuestros informantes. Todo lo que acabamos de ver nos conduce como decíamos en la introducción, a la idea del bien y del mal. Consideramos que ese miedo del neocatecumenal al diablo, a sus ataques, podría resultar del miedo a no poder salir nunca de este mundo terrenal donde se encuentra el mal y por lo tanto, a no tener opción a ir a ese otro mundo celestial donde habita el bien.

La Iglesia católica ofrece una explicación a esta concepción del bien y del mal. El hombre sucumbió a la tentación y cometió el mal. Y aunque conserva el deseo del bien en su interior, también lleva encima el pecado original que le hace inclinarse al mal y estar sujeto al error. "De ahí que el hombre esté dividido en su interior. Por esto toda vida humana, singular o colectiva, aparece como una lucha ciertamente dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas" (Gs. 13:2).

Bien y mal están presentes en la mente de todos los neocatecumenales. El mal -caracterizado por el maligno- hace estragos en los seres humanos durante toda su vida, y el bien supremo no será sino el premio prometido al justo en el más allá. El mal está aquí, el bien está en la "otra vida". Los bienes de la tierra son efímeros. Por lo tanto, el verdadero cristiano debe saber que su vida en este mundo es un mero tránsito y aquél que siga a Jesucristo sabrá obrar correctamente, practicar el bien y alcanzar con ello la santidad. La comunidad neocatecumenal es pues una respuesta religiosa para ese grupo reducido de personas que pretenden convertirse en el tipo ideal de cristiano primitivo. La comunidad y la fe que se predica dentro de ella, se convierten en una coraza que hace frente al miedo y repele los ataques del maligno.

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Vázquez Borau, J. L. (2013). Aprendamos de las religiones: el bien y el mal, un elemento de identidad en las religiones. Religión y escuela: la revista del profesorado de religión, (269). ISSN 0212-3509.


[1]Jean Delumeau (1989) nos dice que el hombre es "por excelencia el ser que tiene miedo" (los hombres llevan amuletos, los animales no los llevan). La inseguridad, sigue diciendo, es símbolo de muerte y la seguridad símbolo de la vida. En este sentido, las comunidades neocatecumenales garantizan al hombre esa serenidad, esa seguridad que les falta. Pero esa seguridad, unida a la vida, que pregonan, no es de este mundo, sino de la vida eterna que será, según dicen la verdadera vida.

[2]Desde el punto de vista de las comunidades neocatecumenales la conversión y el bautismo están íntimamente relacionados, pues convertirse significa para ellos asumir y superar toda una serie de etapas hasta llegar a la última que será el bautismo. Este segundo bautismo supone una reafirmación personal y voluntaria del primero (verdadero sacramento en el que se ratifican), y está relacionado con la muerte y la resurrección de Cristo. Para ellos, es la muerte de lo viejo y el nacimiento a una nueva vida. La expresión "verdaderos cristianos" encierra una de las cuestiones más controvertidas de cuantas pueden formularse en el estudio de las comunidades neocatecumenales. Por contraposición, lo verdadero se opone a lo falso, de ahí que implícitamente se esté afirmando la existencia de "falsos cristianos". Pero, ¿a quienes podría aplicarse esta última calificación? La respuesta de los neocatecumenales a esta pregunta pasa por afirmar que cada uno de sus miembros ha sido llamado por Dios para rectificar su comportamiento, una conducta que contravenía las enseñanzas de Jesucristo. De esta forma, admiten ser ellos mismos los "falsos cristianos" quienes, mediante la realización del "camino" y de todas las pruebas que ello conlleva, podrán redimir su condición. La aceptación de este segundo bautismo marca su regreso a la vida cotidiana como cristianos. Sin embargo, las enseñanzas recibidas durante el recorrido neocatecumenal, no sólo enmiendan las posibles desviaciones personales en la práctica del catolicismo, sino que producen en el individuo una nueva percepción de si mismo. A partir de ahora son mejores cristianos. De hecho, este segundo bautismo tiene lugar dentro de la etapa final del neocatecumenado -a la que denominan Electi, es decir "los elegidos"-. Por tanto, vemos como tras la superación del camino pasan de ser "falsos cristianos" a "elegidos" de Dios (Castilla, 1999).

[3] Los escrutinios son una especie de examen o control que se les hace a los iniciados en el camino neocatecumenal, por parte de los catequistas más avanzados. Aquellos consisten en una serie de preguntas sobre el comportamiento diario de cada uno para saber si han cumplido con lo que ellos llaman "la norma". Los primeros escrutinios suelen pasarlos todos los miembros, pero los siguientes son más difíciles de superar debido a que aumenta la dificultad de las pruebas que deben de realizar.

[4]Estas celebraciones semanales se preparan minuciosamente en reuniones que por grupos rotatorios, se celebran en las casas. Aquí se habla de todo. No solamente se dedican a "escrutar", analizar las palabras que resultan pertinentes en cada momento, sino que se comentan problemas personales que afecten a los integrantes del grupo. Por otro lado, también manifiestan la experiencia religiosa que la lectura de la Biblia les suscita en ese momento. A estas reflexiones personales que hacen sobre lo que les sugieren las palabras leídas, ellos las denominan "eco" o "dar el eco".