Número 19. Enero-Diciembre 2012

Fernán Caballero, pionera en la recolección del romancero de tradición oral moderna

Fernan Caballero, a Pioneer in the Collection of Ballads of Modern oral Tradition

Carmen de la Vega de la Muela

UNED. Centro Asociado de Sevilla (España).
cvega[at]sevilla.uned.es

Cecilia Böhl de Faber, “Fernán Caballero”, es pionera en la recolección de romances tradicionales por tierras andaluzas en las primeras décadas del siglo XIX. A través de sus escritos costumbristas, la novelista presenta todo un repertorio de romances y canciones populares que serán de gran trascendencia para los posteriores estudios del folclore andaluz.


Fecha de recepción: 11/8/2012

Fecha de aceptación: 11/10/2012


Palabras clave: Romancero andaluz, Fernán Caballero, literatura popular, tradición oral, Etnografía.


Para citar este artículo: Vega de la Muela, Carmen de la (2012). Fernán Caballero, pionera en la recolección del romancero de tradición oral moderna. Revista de Humanidades [en línea], n. 19, artículo 2, ISSN 2340-8995. Disponible en http://www.revistadehumanidades.com/articulos/28-fernan-caballero-pionera-en-la-recoleccion-del-romancero-de-tradicion-oral-moderna [Consulta: Martes, 23 de Julio de 2019].


DOI: http://dx.doi.org/10.5944/rdh.19.2012.12841


Abstract: Cecilia Böhl Faber, "Fernán Caballero", is a pioneer in the collection of traditional ballads through Andalusia in the early decades of the nineteenth century. Through his writings customs, the novelist presents a repertoire of ballads and folk songs that will be of great importance for the further study of Andalusian folklore.


Keywords: Colletion of Ballads of Andalusia, Fernán Caballero, Ethnography. Oral Literature.

Artículo

Al tiempo que se iniciaba en las primeras décadas del Ochocientos el resurgimiento del romance tradicional español de manos de estudiosos románticos extranjeros y, como consecuencia, la rehabilitación en España del romancero de los siglos XVI y XVII en grandes colecciones, se estaban dando a conocer las primeras muestras de textos romancísticos conservados en la tradición popular española, gracias a la curiosidad y la labor de algunos escritores costumbristas (Piñero, 2004: 13).

La tradición moderna del Romancero peninsular en lengua castellana se documenta en el siglo XIX de forma tan esporádica en esos grandes repertorios publicados, que parecía que casi había desaparecido. Así, por ejemplo, de los casi dos mil romances que Agustín Durán publica en los dos tomos de su Romancero General (1849-1851), solo incluye una pequeña muestra de la tradición actual: tres romances de Asturias y cinco de Andalucía. Sin embargo, años después, estos textos son la evidencia de que los romances orales habían permanecido guardados en la memoria del pueblo durante más de siglo y medio, transmitidos de generación en generación, tras el completo olvido que el género había sufrido durante el siglo XVIII.

Precisamente en Andalucía, donde se había inaugurado casualmente la exploración del Romancero de manos del bibliófilo Bartolomé José Gallardo, y dentro aún de la generación romántica, Cecilia Böhl de Faber y Larrea (Morges, Suiza 1796-Sevilla, 1877), conocida en el mundo literario por “Fernán Caballero”, inicia la búsqueda intencionada de versiones romancísticas orales en el Sur peninsular[1].

Su interés por la literatura popular, y en particular por el Romancero, se despierta desde muy joven en el ambiente familiar. Hija del conocido hispanista alemán, Juan Nicolás Böhl de Faber y de la española Frasquita Larrea, pasó sus primeros años entre España y Alemania, recibiendo una educación romántica en un pensionado francés de Hamburgo, hasta que regresa con su familia a nuestro país en 1813[2]. En Cádiz, antes de dedicarse a la literatura, Cecilia disfrutaba del círculo artístico y cultural de la ciudad. La joven participaba en las tertulias organizadas por doña Frasquita, donde conversaban importantes intelectuales y literatos del momento. En este tiempo, su producción literaria se limitaba a relatos que componía y leía a sus familiares y amigos[3]. Sus comienzos editoriales llegarían, años más tarde, a través de colaboraciones en revistas o publicaciones periódicas que incluían cuentos y relatos no muy extensos[4].

Cecilia, además de una gran cultura, dominaba el alemán, francés, inglés e italiano, idiomas en los que escribió algunas de sus obras más destacadas. Unos de sus primeros relatos breves, Sola, lo escribió en alemán, así como La familia de Alvareda (1849) cuya redacción inicial data de 1829. Su obra más conocida, La Gaviota, la escribió en francés hacia 1845, y José Joaquín de Mora, paradójicamente, uno de los adversarios polémicos del padre de Cecilia, la tradujo al español. Ya traducida, se publicó primero en folletones en el Heraldo de Madrid, en 1849, y más tarde, en 1856, se editó la novela completa. Con esta obra, Fernán Caballero iniciaba el Realismo de la Novela española, aunque posteriormente estuviera a la sombra de esta generación de grandes narradores.

Independientemente de su interés como novelista, lo más importante de Fernán Caballero es que busca intencionadamente unos textos en la tradición oral andaluza y que los presenta a través de sus escritos costumbristas, justamente en la función folclórica que el romancero tiene y se le reconoce hoy (Atero, 1996:16).

Aunque no nos consta la exactitud de las fechas en que Cecilia recopiló todo este material que aparecería años más tarde insertado en sus obras, sabemos que había recogido algunos romances y canciones populares en Andalucía con anterioridad a 1819. Luis Suárez, en su magnífico estudio sobre la escritora costumbrista, señala la importancia de estas fechas en la historia de la investigación del Romancero tradicional. Las cartas de 18 de agosto y 17 de diciembre de 1819 y de 12 de mayo del año siguiente, citadas por Santiago Montoto (Montoto, 1969: 139), dan testimonio de que la novelista ya había recogido algunos textos de la tradición oral en 1819, antes de que Gallardo transcribiera los romances que casualmente oía a unos gitanos en la cárcel de Señores de Sevilla en 1825, por lo que considera a Fernán Caballero como colectora pionera en la historia del Romancero de transmisión oral moderna(Suárez, 1998 y 2007: 8)[5].

Tampoco tenemos constancia de la procedencia geográfica precisa de las versiones recogidas por Fernán Caballero, por lo que solo caben algunas suposiciones. El mismo Luis Suárez, refiriéndose a lo que él llama “concepto geográfico indeterminado”, sugería que algunos textos fueron anotados por la novelista en Andalucía La Baja: “El Puerto de Santa María, Cádiz, Chiclana, Jerez de la Frontera, Bornos, Arcos, Sanlúcar de Barrameda, Sevilla, Dos Hermanas, Alcalá de Guadaíra…”(Suárez, 2007: 5-7). Lo único que sabemos es que Cecilia recoge estos textos de la realidad que le rodeaba, y así lo haría por las ciudades andaluzas por donde vivió y viajó durante su vida. De esta manera, podemos suponer que la joven escritora tomaría nota de las tradiciones y textos que podían servirle como material para sus novelas en su estancia en una finca de Dos Hermanas (Sevilla), tras su primer matrimonio en 1822 con el oficial de Guardias Españolas don Francisco Ruiz del Arco, Marqués de Arco Hermoso; así como podría haberlo hecho mientras vivió en el Puerto de Santa María (Cádiz), tras celebrar su boda don Antonio Arrom de Ayala, un rico hacendado, en 1837[6].

Solo un texto de los recopilados por Cecilia está referido concretamente a Cádiz y aún este aparece entre interrogantes, el romance de Albaniña que publica y recoge Fernán Caballero en La Gaviota (I, cap. X), que reedita M. Pelayo en su Suplemento a la Primavera (M. Pelayo, 1945: 289-290) y reimprime Manuel Alvar en su Romancero viejo (Alvar, 1979: 268-269). Marisalada, la protagonista de la novela, canta este precioso romance, “una de aquellas canciones” que había oído Cecilia de la tradición oral y que, como ella misma decía de estos textos, mostraban “la sencillez y energía popular” (Caballero, 1977: 98):

Estando un caballerito__ en la isla de León,

se enamoró de una dama__ y ella le correspondió.

-Señor, quédese una noche,__ quédese una noche o dos;

que mi marido está fuera__ por esos montes de Dios.-

Estándole enamorando,__ el marido que llegó:

-Ábreme la puerta, cielo,__ ábreme la puerta, sol.-

Ha bajado la escalera__ quebradita de color.

-¿Has tenido calentura?,__ ¿o has tenido nuevo amor?

-Ni he tenido calentura,____ni he tenido nuevo amor;

me se ha perdido la llave__ de mi [tu] rico tocador.

Si las tuyas son de acero,__ de oro las tengo yo.

¿De quién es aquel caballo__ que en la cuadra relinchó?

-Tuyo, tuyo, dueño mío,__ que mi padre lo mandó,

porque [por que] vayas a la boda__ de mi hermana la mayor.

-Viva tu padre mil años,__ que caballos tengo yo.

¿De quién es aquel trabuco__ que en aquel clavo colgó?

-Tuyo, tuyo, dueño mío,__ que mi padre lo mandó,

para llevarte [llevarlo] a la boda__ de mi hermana la mayor.

-Viva tu padre mil años,__ que trabucos tengo yo.

¿Quién ha sido el atrevido__ que en mi cama se acostó?

-Es una hermanita mía,__ que mi padre la mandó

para llevarme a la boda__ de mi hermana la mayor.-

La ha agarrado de la mano,__ al padre se la llevó,

-Toma allá, padre, tu hija,__ que me ha jugado traición.-

[-Llévatela tú, mi yerno,__ que la iglesia te la dio.]

La ha agarrado de la mano,__ al campo se la llevó.

Le [la] tiró tres puñaladas__ y allí muerta la dejó.

La dama murió a la una__ y el galán murió a las dos[7].

Esta versión está recogida en una de las primeras antologías sobre el romancero de tradición oral que se conserva en Andalucía, que publicaron los profesores especialistas en esta materia, Pedro M. Piñero y Virtudes Atero (Piñero y Atero, 1986: 103-104), así como en uno de los trabajos que Luis Suárez llevó a cabo sobre la escritora costumbrista (Suárez, 1989: 571-572) [8].

Además de esta hermosa versión del romance de Albaniña, Fernán Caballero nos muestra en La Gaviota su predilección por el romancero y las tradiciones de nuestra cultura popular, en un párrafo muy citado por los estudiosos (Caballero, 1977: 97-98 y Piñero, 1986: 22-23):

El pueblo andaluz tiene una infinidad de cantos; son éstos boleras, ya tristes, ya alegres; el olé, el fandango, la caña, tan linda como difícil de cantar, y otras con nombre propio, entre las que sobresale el romance. La tonada del romance es monótona, y nos atrevemos a asegurar que, puesta en música, pudiese satisfacer a los dilettanti ni a los filarmónicos. Pero en lo que consiste su agrado (por no decir encanto) es en las modulaciones de la voz que lo canta; es la manera con que algunas notas se ciernen, por decirlo así, y mecen suavemente, bajando, subiendo, arreciando el sonido o dejándolo morir. Así es que el romance, compuesto de muy pocas notas, es dificilísimo cantarlo bien y genuinamente. Es tan peculiar del pueblo, que sólo a estas gentes, y de entre ellas a pocos, se lo hemos oído cantar a la perfección; parécenos que los que lo hace, lo hacen como por intuición. Cuando, a la caída de la tarde, en el campo, se oye a lo lejos una buena voz cantar el romance con melancólica originalidad, causa un efecto extraordinario… La letra del romance trata generalmente de asuntos moriscos o refiere piadosas leyendas o tristes historias de reos.

Sobre este texto, don Marcelino Menéndez Pelayo resaltaba el peculiar efecto que causa a la escritora la música con que se cantan estos poemas narrativos; pero, a su vez, criticaba la inexactitud de sus palabras al referirse a que la letra de los romances “trata generalmente de asuntos moriscos” (M. Pelayo, 1945: 271-272). Explicar todo lo exótico andaluz por la presencia de los musulmanes en nuestra tierra es común de la época y así lo hicieron los primeros recolectores de romances, sobre todo los viajeros extranjeros, que atraídos por lo pintoresco de nuestro país, relataban en sus escritos los maravillosos viajes y experiencias vividas en estas tierras meridionales.

Independientemente de que la forma de utilizar y presentar los materiales tradicionales nos parezca hoy anómala, “no cabe dudar de la exactitud y avidez” de Fernán Caballero como recolectora del pequeño muestrario de diferentes géneros de la literatura popular, entre los que se encuentra el romancero (Cid, 1999: 25), y la importancia que adquiere esta decena de versiones romancísticas recogidas por doña Cecilia en la escasez de textos de la tradición moderna conservados en esta centuria.

Limitándonos al romancero, Cecilia Böhl de Faber recoge y publica las primeras versiones andaluzas de varios temas muy divulgados en la tradición moderna, que casi siempre son también las primeras versiones documentadas en castellano: de Albaniña, ason. ó (en La Gaviota, 1849)[9]; Delgadina, á-a (en Cosa cumplida, 1852); La dama y el pastor, estrófica (en ¡Pobre Dolores!, 1852)[10]; La Virgen y el ciego, é (en Cuentos y poesías populares andaluzas, 1859)[11]; La hermana avarienta, í-a (en Lucas García, incl. en Cuadros de costumbres populares andaluzas, 1852); el romance infantil Don Gato, á-o (en Cosa cumplida, 1852); y de varios romances y poemas narrativos religiosos: La Virgen vestida de colorado, á-o (en Cosa cumplida, 1852); El rastro divino, á-a (en El último consuelo, 1857); La Anunciación, estróf. (en La Noche de Navidad, 1850); Dudas de San José y nacimiento de Cristo, é-a (en Cuentos y poesías…, 1859); Nacimiento. Mesonero despiadado castigado, estróf. y Nacimiento. Ángeles y pastores, estróf. (en La noche de Navidad, 1850); El Niño perdido, á-e (en Cuentos y poesías…, 1859); y de tono culto, aunque tradicionalizado: El parto celestial, ason. á (en Cuentos y poesías… , 1859) y otras composiciones, también tradicionalizadas: La predicción de la gitana y La pastora de Belén (ambas en Cuentos y poesías…, 1859). Fernán Caballero recogió también algunas composiciones vulgares “laicas” de memorización reciente: Napoleón y Murat (en Cuadros de costumbres…, 1852); El retrato, cuartetas hexas. (en Callar en vida y perdonar en muerte, 1850); Entierro y boda contrastados, estróf. (en Una y otra, 1856). En conjunto, “una decena de textos que más o menos propiamente pueden considerarse poemas narrativos tradicionales” (Cid, 1999: 26 y 28-29). Además, Cecilia transcribe, en unas cartas a su buen amigo el hispanista francés Antoine de Latour, el comienzo del romance La Virgen con el librito en la mano, un fragmento de La boda del piojo y la pulga, y el romance de traza culto-popular La Virgen de Valme[12](Suárez, 2007: 7), que podemos añadir a su corpus romancístico.

El quince de mayo de 1999 la ilustre escritora, Cecilia Böhl de Faber, recibió un tardío pero merecido homenaje, con motivo del traslado de sus restos mortales al Panteón de Sevillanos Ilustres, organizado por la Real Academia de las Buenas Letras de Sevilla, el Ayuntamiento de la capital andaluza y la Universidad hispalense, gracias al mecenazgo de la Sociedad Osborne de El Puerto de Santa María de Cádiz, de la que es presidente don Tomás Osborne Gamero-Cívico, quinto nieto de D. Tomás Osborne Böhl de Faber[13]. En esta solemne ocasión se publicó el precioso cuento de la escritora Juan Soldado y, además, se preparó una edición con Algunos recuerdos de Sevilla y textos del folklore andaluz (1999), del que tomamos el romance La Virgen y el ciego, publicado en Cuentos y poesías populares andaluzas (1859), que junto a Cuentos, oraciones, adivinanzas y refranes populares e infantiles (1877), su última obra, son las dos colecciones de materiales recogidos por Cecilia con más intención de repertorio folclórico.

Huyendo del fiero Herodes,__ que al niño quiere perder,

hacia Egipto se encaminan__ María, su hijo y José.

En medio de aquel camino__ pidió el niño de beber.

-No pidas agua, mi niño,__ no pidas agua, mi bien,

que los ríos viene turbios__ y no se pueden beber.

Andemos más adelante,__ que hay un verde naranjuez

y es un ciego que lo guarda,__ es un ciego que no ve.

-Ciego, dame una naranja__ para callar á Manuel.

-Coja usted las que usted quiera,__ que toditas son de usted.

La Virgen, como es tan buena,__ no ha cogido más que tres:

una se la dio á su niño,__ y otra se la dio á José,

otra se quedó en la mano__ para la Virgen oler.

Saliendo por el vallado__ el ciego comenzó á ver.

-¿Quién ha sido esta señora__ que me ha hecho tanto bien?

Será la Virgen María,__ que al que es ciego le hace ver. (Caballero, 1999: 263-264)[14].

Los romances religiosos abundan en el corpus de Fernán Caballero y aunque aparecen temas como Albaniña, que narra la historia de la esposa desgraciada alejada de su propia familia, o Delgadina, requerida por un padre inmoral, que al no conseguir sus deseos, la somete a castigos impensables, sorprende que la novelista no hubiera recogido temas como Gerineldo, Tamar, La bastarda y el segador, tan presentes en la tradición oral bajoandaluza. El profesor Suárez señala su condición de mujer y, sobre todo, su status social, las razones por la que la gente llana, que la trataba como superior, no le manifestara temas “subidos de tono” cuando le cantaban o recitaban estos textos (Suárez, 2006: 7).

Aunque la autora no especificara la procedencia exacta de las versiones romancísticas recopiladas, limitándose a localizar genéricamente los textos en “un pueblecito pequeño de la sierra” [gaditana] -como lo indicaba en su versión de La hermana avarienta (Cid, 1999: 26)-, ni mencionara en sus anotaciones la fecha, nombre del informante y otras circunstancias imprescindibles hoy para valorar exactamente los textos recopilados, el mérito que indudablemente posee Cecilia Böhl de Faber es el insertar en sus obras las canciones y romances sin retocarlos ni embellecerlos, como era práctica muy común en la mayoría de los recolectores decimonónicos, que incluso añadían versos y diversos matices románticos (Suárez, 1998).

Esta preocupación folclórica está presente a lo largo de todos sus escritos. En el prefacio a las Obras populares se recogen los propósitos que le impulsaron a publicar estos textos, que “en todos los países cultos se han apreciado cuidadosamente… en todos, menos en el nuestro”. Su intención era apaliar este desdén por “las tradiciones populares que expresan el carácter de la nación, ciudad o pueblo”. De esta manera, Cecilia daba testimonio de la existencia del Romancero de tradición oral moderna en Andalucía, anotándolo e insertándolo en sus obras “tal y como lo presenta el pueblo”, para que no perdiese su “forma peculiar y genuina” (Caballero, 1998: 19-21), como hoy los estudiosos del romancero oral recopilan y publican los textos romancísticos. A través de sus escritos costumbristas, la novelista presenta todo un repertorio de romances y canciones populares, que representa una primera muestra de la cultura del pueblo, precedente de los estudios del Folclore andaluz, del que Antonio Machado Álvarez llegó a ser su mayor impulsor.

Referencias bibliográficas

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Notas:

[1] En el número 14 de la actual calle Fernán Caballero de Sevilla, antiguamente Juan de Burgos, se puede ver la placa conmemorativa del póstumo homenaje que sus amigos rindieron a la escritora: “En esta casa falleció en abril de 1877 Fernán Caballero. Los Infantes Duques de Montpensier le dedican este recuerdo.”

[2] Su padre, Don Nicolás Böhl de Faber, importante intelectual cuya labor en la introducción del Romanticismo en España es indiscutible, publica el artículo “Reflexiones de Schlegel sobre el teatro traducidas del alemán”, el 14 de septiembre de 1814 en la revista Mercurio Gaditano, en el que resumía las ideas de los hermanos Guillermo Augusto y Federico Schlegel, los trabajos de Sismondi y de Lord Holland, la poesía de Byron y los libros de Staël, que dio lugar a la conocida “polémica calderoniana” entre el bibliófilo, que defendía el drama de Calderón, y el partidario del espíritu enciclopédico francés, el neoclasicista José Joaquín de Mora, controversia que supuso el primer síntoma de romanticismo en España.

[3] En el actual número 6 de la calle Rafael de la Viesca de Cádiz puede leerse en la lápida que el Ateneo de la ciudad gaditana dedicó en 1976 “a la primera romántica española”: “En esta casa vivió en 1814 y 1815 Dña. Frasquita Larrea y se celebraron sus famosas tertulias literarias”.

[4] Algunos de sus cuentos más conocidos los publicó en El Semanario Pintoresco, La suegra del diablo (1849), Los caballeros del pez (1850) o Doña Fortuna y Don Dinero (1851). Pronto llamó la atención del público lector y de la crítica, lo que le permitió que colaborase asiduamente en la Revista de Ciencias, Literatura y Arte (de 1855 a 1861) y en El Museo Universal (1852), llegando incluso sus escritos__a manos de la reina doña Isabel II, quien la conoció en uno de sus viajes por Andalucía, sintiendo por ella gran admiración y afecto.

[5]__Sobre el largo lapso de tiempo que podía mediar entre la redacción y la publicación de las obras de Cecilia Böhl de Faber, nos señala Antonio Jesús Cid: C. Pitollet, “Les premiers essais littéraires de Fernán Caballero. Documents inédits”, Bhi, IX (1907), 67-86, 286-302; Bhi, X (1908), 286-305, 378-396; J. F. Montesinos (1961). Fernán Caballero. Ensayo de Justificación. México: El Colegio de México/Berkeley: Univ. Of California Pren /London: Cambridge Univ.; y J. Herrero (1963). Fernán Caballero: Un nuevo planteamiento. Madrid: Gredos (Cid, 1999: 25 nota 4).

[6] Las referencias bibliográficas están tomadas del prólogo que Federico Carlos Sainz de Robles añadió a La gaviota (Caballero, 1977: 7-13) y de la “Semblanza de Fernán Caballero” que Don Tomás Osborne Gamero-Cívico, quinto nieto de Don Tomás Osborne Böhl de Faber, realizó para la edición facsímil de Algunos recuerdos de Sevilla y textos del folclore andaluz, editado por la Real Academia de las Buenas Letras.

[7] En la edición de La gaviota, de 1977, aparece el romance con algunas variantes, que hemos señalado entre corchetes; además, el texto se presenta en versos octosílabos (56 oct.) y aparece acompañado del estribillo “que con el aretín, que con el aretón”, tras los versos pares (Caballero, 1977: 99-100). El primer texto conocido de este romance novelesco de Albaniña, o también conocido como Blancaniña, se encuentra en el Cancionero de 1550 (Canc., 1967: 317-318), y es uno de los que Martín Nucio añadió a la nueva edición de su Cancionero s.a. Su difusión en la época áurea queda atestiguada también porque Lope de Vega lo usó en su obra La locura por su honra, y en otras comedias. En la tradición moderna se conoce tanto en la Península española como en América y entre los sefardíes, hasta el punto de que de todos los romances de adulterio este es el más cantado (Piñero, 2004: 389).

[8] La Gaviota ha sido publicada recientemente en la gran colección Biblioteca de Clásicos Andaluces, que edita la fundación José Manuel Lara, en edición de Mercedes Comellas, junto a otras de sus dos más conocidas novelas: Un servilón y un liberalito y Una en otra, unidas a un relato maravilloso de tradición oral, La hija del Sol, considerado como antecedente de las leyendas becquerianas, en el que demuestra la novelista cómo los materiales populares pueden servir a la tradición literaria culta. Estas Obras escogidas (2010) se han presentado como una revisión de la obra narrativa de Fernán Caballero, de la que no existían ediciones modernas, y como “confirmación de la indudable voluntad innovadora de la escritora, y de la calidad, que no siempre estuvo reconocida” (Mercurio, 2011:45).

[9] Se indican las fechas de primera edición de acuerdo con la “Cronología y bibliografía” de J. F. Montesinos (Montesinos, 1961: 141-178).

[10] En el RTLH, XI (1977-1978), en las páginas 72-76 se edita la versión en su contexto.

[11] Reproducidas con los núm. 23, 26, 13 y 105, respectivamente, en el corpus del Romancero de la provincia de Sevilla, “a pesar de que quizá exista mayor probabilidad de que las oyera en tierras gaditanas”, como se señala el profesor Pedro M. Piñero en las anotaciones a estos textos (Romancero de Sevilla, 2012: 6)

[12] Ver en carta, de 30 de junio sin año, número CVI, la versión del romance La Virgen con el librito en la mano; en la XCV, sin fecha, La boda del piojo y la pulga; y en la LXXIII, de 14 de octubre de 1859, La Virgen de Valme (Montoto, 1961: 175-176; 163-164 y 137-138).

[13] Cecilia Böhl de Faber es la última de las personalidades incorporadas al Panteón de los Sevillanos Ilustres__que acoge la Facultad de Bellas Artes de Sevilla bajo el templo de la Anunciación de esta ciudad.

[14] El texto se presenta en versos octosílabos (30 octos.) en esta edición. Este es uno de los romances religiosos más conocidos en toda la Península y Canarias. Se canta como villancico navideño, y pertenece al grupo de los que centran su narración en la huída a Egipto y vuelta a Belén, dentro del ciclo del nacimiento e infancia de Jesús. El episodio procede de los Evangelios Apócrifos y de las leyendas devotas que se fraguaron en los primeros tiempos del cristianismo (Piñero y Atero, Romancero de la tradición, 1987: 204).