Número 30. Enero-Abril 2017

Las reflexiones de Giovanni Sartori sobre la sociedad contemporánea

Giovanni Sartori reflections on contemporary society

Manuel Sánchez Matito

Universidad de Sevilla.
msmatito[at]yahoo.es

Datos

Giovanni Sartori (2016). La carrera hacia ningún lugar: diez lecciones sobre nuestra sociedad en peligro. Traducción de Núria Petit. Barcelona: Taurus, 100 p. ISBN: 978-84-306-1782-1.

Reseña

Como el poeta filósofo Jenófanes o como Bertrand Russell, Giovanni Sortari parece haber encontrado en la reflexión filosófica la fórmula de la longevidad. A sus más de noventa años, el profesor emérito de la Universidad de Florencia analiza con pasión y espíritu analítico los problemas políticos del mundo contemporáneo. En su último libro, “un cuadernillo inspirado por mi atávico espíritu de contradicción” sostiene que la gran superpoblación del planeta representa el gran reto que debe afrontar la humanidad. Nuestra carrera hacia ningún lugar o hacia el colapso, piensa el profesor italiano, se produce porque avanzamos con propuestas ingenuas o extravagantes sin encontrar el modo de convivir en esta nueva situación.

Desde los inicios del libro se refleja el planteamiento liberal que defiende Sartori, al establecer una coincidencia entre la aparición de la democracia liberal, unida al pensamiento abstracto, y el surgimiento de la política. Antes de este tipo de democracia, que sitúa en un primer plano la defensa de la libertad individual, la política estaba unida únicamente al uso de la fuerza. En este capítulo inicial el autor recuerda cómo han evolucionado sus propias ideas acerca de la libertad y la democracia: durante un tiempo se declaró kantiano pensando que la democracia era un ideal que había que alcanzar; posteriormente asumió la división realizada por Isaiah Berlin entre libertad negativa y libertad positiva, y en sus escritos más recientes, su desconfianza ante el concepto de libertad positiva (por la búsqueda de un perfeccionismo que conduce al fracaso) le ha llevado a sostener una separación entre libertad positiva o defensiva y libertad distributiva, y a mantener la primacía de la libertad defensiva. Este tipo de libertad representa, sobre todo, la protección del derecho por antonomasia: el habeas corpus, el derecho a tu propio cuerpo, “el único derecho individual, en definitiva, del cual disponemos”. Como vemos, la evolución de Sartori le ha conducido a una versión del liberalismo muy reduccionista. Se trata de un liberalismo muy centrado en el individuo y en algunos derechos (Sartori termina resumiéndolos en uno solo) y que se aleja de lo que Charles Taylor denomina liberalismo sustantivo, es decir, una visión más amplia de la tradición liberal que defiende los derechos fundamentales y, al mismo tiempo, valora la importancia de algunos fines colectivos que se protegen en cada cultura.

En el siguiente capítulo, Sartori analiza los cambios que ha sufrido el concepto de revolución y, en la línea de Albert Camus en El hombre rebelde, rechaza la vinculación entre violencia y revolución que se observa en la tradición marxista. El término revolución, indica el pensador italiano,significa un “asalto-conquista del poder ‘desde, abajo’ del poder que luego reestructura ese poder”; a diferencia de la revuelta, la revolución presenta un proyecto, es decir, unos ideales que conducen hacia un orden nuevo. Esta definición ha sido transformada por el marxismo que añade dos notas distintivas: toda revolución es de izquierdas, y toda “verdadera” revolución debe provocar una transformación que, además de política, sea económica y social. Sartori no coincide con esta definición marxista. En primer lugar, porque cree que puede haber revoluciones que no sean de izquierdas (como reflejan las transformaciones que se produjeron en los regímenes comunistas a partir de 1989) y, en segundo lugar, porque considera que la revolución no puede ser permanente. Si se establece que la revolución no solo provoca un desbloqueo de un orden político rígido, y se entiende que debe continuar hasta que se origine un nuevo orden económico y social e, incluso, la aparición de un nuevo ser humano, la revolución continuará indefinidamente. Además, este modo de comprender la revolución estará unido a una exaltación de la violencia. En una revolución permanente, la violencia (que Sartori diferencia de la fuerza) deja de ser entendida como un medio necesario y poco agradable para revertir una situación, y se transforma en un fin en sí mismo. La exaltación de esta violencia redentora era poco habitual hasta el siglo XIX y la publicación de las Reflexiones sobre la violencia de Sorel; pero en el siglo XX la violencia comienza a verse como un acto creativo que sirve para dar origen a un mundo completamente nuevo.

Tras defender en el capítulo tres la existencia de un sistema electoral “perfecto” que favorecería la gobernabilidad y reflejaría las preferencias de los electores, el sistema mayoritario de doble vuelta, Sartori analiza en los cinco capítulos siguientes las relaciones entre Occidente y la cultura musulmana, y otras cuestiones de política internacional. Su mirada hacia estos temas está dominada por una visión de las culturas que, en la línea de Samuel Huntington, acentúa las diferencias y las grandes dificultades que encuentran los individuos que tratan de convivir en culturas diferentes; olvidando con frecuencia el carácter heterogéneo que caracteriza a cualquier cultura o civilización.

En el capítulo cuatro el autor afirma con rotundidad que Occidente se encuentra en guerra con el terrorismo islámico. Sartori no tiene dudas sobre la fecha de inicio de esta guerra: el 11 de septiembre de 2001 (una afirmación que, como mínimo, nos parece discutible). Se trata de una guerra terrorista, ya que pretende aterrorizar a su enemigo; global, porque no afecta sólo a un territorio determinado; tecnológica, porque emplea armas novedosas y muy alarmantes: bombas humanas, armas bacteriológicas…, y religiosa, porque se nutre del fundamentalismo religioso. Aunque el islam y el terrorismo islámico no coinciden, Sartori cree que los terroristas fundamentalistas se comportan como tiburones que se mueven en el mar que representa la religión musulmana. Aunque podrían diferenciarse, el pensador italiano considera que el terrorismo podría infectar el conjunto del mar. Sartori coincide con Huntington en que nos hallamos ante un choque o conflicto de civilizaciones. Piensa que existe una diferencia radical entre una civilización en la que se ha desarrollado la política y la democracia liberal, y una civilización que se basa en la teocracia y que no admite la separación entre la Iglesia y el Estado. Hay que comprender esta situación para evitar caer en respuestas ingenuas ante los conflictos que se presentan y para dejar de pensar que Occidente es culpable e imperialista. Por el contrario, piensa Sartori, no hay que olvidar que Occidente ya no lleva a cabo campañas imperialistas (en este caso, el filósofo que tanto nos ha enseñado sobre la necesidad de ser precisos en el empleo de los conceptos, debería aclarar qué entiende por imperialismo y cómo podríamos denominar las intervenciones de Estados Unidos en Oriente Próximo o de Rusia en Siria o en el centro de Europa).

En el siguiente capítulo, Sartori continúa su comparación entre el Occidente de raíces cristianas y el mundo islámico. En su análisis se echa en falta una mayor diferenciación entre los elementos que integran la cultura occidental y la islámica. ¿Por qué no hablar de los detalles que diferencian a las culturas occidentales? ¿Por qué no destacar las diferencias entre los numerosos países en los que la religión musulmana está más extendida? Sartori prefiere centrarse en la “esencia” de Occidente y del mundo islámico como si fuera posible descubrir esa idea platónica inmutable dentro de la historia de los pueblos.

En la historia de las religiones cristiana y musulmana -aunque representen dos religiones monoteístas, totalitarias y, por tanto, fuertes…- encuentra el autor diferencias fundamentales. Desde el siglo XVII en el mundo cristiano se ha extendido, a partir de las guerras entre católicos y protestantes una tolerancia entre las religiones y un proceso de secularización en la sociedad. Además, el cristianismo siempre se ha diferenciado de las normas que gobernaban la sociedad (que tenían su origen en el derecho romano) y, por otra parte, el cristianismo no ha sido una religión tan armada como la islámica. Las sociedades musulmanas, por el contrario, son sociedades teocráticas que no conocen una nítida diferenciación entre el derecho islámico (sharía) y las normas seculares; y, además, han estado más unidas al espíritu guerrero que ha animado al islam desde sus inicios.

Aunque muchos intelectuales musulmanes hablen de los Estados moderados musulmanes, Sartori cree que estos Estados son moderados por situaciones circunstanciales: presencia de una dictadura militar, como ocurre en Egipto o anteriormente en Turquía; ayudas militares y económicas, como sucede en Pakistán, o presencia de una monarquía enfrentada al fundamentalismo, el caso de Marruecos. Sin embargo, el autor italiano alerta contra la extensión del fundamentalismo y el poder que están alcanzando las madrasas (escuelas que defienden el fundamentalismo) en los países musulmanes. 

En el capítulo seis Sartori defiende una alternativa al jus sanguinus (obtener por nacimiento la nacionalidad de los padres) y al jus soli (conseguir la nacionalidad del país en el que se nace). Se trata de otorgar una residencia permanente, que se puede transferir a los hijos pero también revocar, a aquellas personas que entren en el país de forma legal con papeles y un trabajo (asegurado o prometido). Esta fórmula, que niega el derecho al voto a los nuevos residentes, permitiría afrontar algunas dificultades: la absorción paulatina de los foráneos y las dificultades que ofrece la integración. Cuando habla de integración, el autor está pensando en la necesidad de diferenciar claramente entre Iglesia y Estado; una situación difícilmente aceptable en el mundo musulmán, por estar basado en una teocracia.

En el siguiente capítulo el profesor sostiene que la doctrina islámica bloquea el desarrollo político y económico impidiendo que surja una economía industrial. Una economía poco desarrollada dificulta el mantenimiento de una población que aumenta de forma extraordinaria. Numerosas personas quieren trasladarse, sobre todo desde África y los países del Mediterráneo, hacia Europa. Sartori observa, por una parte, cómo los musulmanes de tercera generación son los extranjeros más rebeldes en Europa y, al mismo tiempo, experimenta su temor ante los miles de refugiados que están llegando a Europa, porque considera que entre ellos se están infiltrando terroristas islámicos.

En el capítulo ocho, el autor ilustra las dificultades que tienen los musulmanes para integrarse con el ejemplo de la India, un país en el que después de más de mil años la minoría musulmana no ha logrado integrarse. De este modo, quiere denunciar el peligro de las buenas intenciones (ética de la intención) que impulsan a los “izquierdistas” a creer que la integración es bastante fácil. Por el contrario, Sartori defiende que la ética (sin perder sus buenas intenciones) debe convertirse en una ética de la responsabilidad que tenga en cuenta las posibles consecuencias de nuestras acciones.

En los capítulos finales Sartori rechaza la identificación que realiza la iglesia católica entre el embrión y el ser humano. En su opinión, la iglesia se ha echado en manos de la biología, olvidando su propia teología, ya que el propio santo Tomás sostenía que no hay ser humano hasta que el alma racional se une con el cuerpo, lo cual no ocurre si el feto no se encuentra bien desarrollado. La posición de la iglesia católica (no admitida por la mayoría de las iglesias protestantes, el islam o el judaísmo) dificulta el desarrollo de la ciencia y contradice un principio evidente para Sartori: no hay ser humano hasta que, tras el parto, se empieza a vivir de forma autosuficiente, lo cual permite, además, que esta persona comience a “darse cuenta” y a tener libre albedrío.