Número 28. Mayo-Agosto 2016

Lo urbano y lo rural: dos realidades distintas para la interpretación del pasado reciente en El Salvador desde la perspectiva arqueológica

Urban and rural: two different realities for the interpretation of the recent past in El Salvador from the archaeological perspective

Fabricio Valdivieso

Universidad de British Columbia (Canadá).
fabricio_valdivieso[at]yahoo.com

El estudio del pasado reciente a través de la arqueología es todavía una práctica en ciernes en muchas partes del mundo. Muchos acercamientos académicos tenidos hacia este pasado se perciben de manera desigual en lo urbano y lo rural, lo cual tiene que ver con la política y la institucionalidad alcanzada en diferentes momentos del siglo XX. No obstante, en Centroamérica, sobre todo en El Salvador, la práctica de la arqueología en el contexto reciente ha tenido avances considerables en los últimos veinte años. El pasado reciente para este país puede definirse por el período de República, subdividido en fases de acuerdo a los cambios políticos, económicos, sociales y culturales los cuales han dejado semblanza en el remanente material. Así, lo urbano y lo rural son dos versiones complementarias del pasado reciente las cuales hasta el momento habrían sido pobremente integradas a través de la arqueología.


Fecha de recepción: 24/2/2016

Fecha de aceptación: 26/4/2016


Palabras clave: Arqueología; República; Urbano; Rural; Pasado reciente; El Salvador


Para citar este artículo: Valdivieso, Fabricio (2016). Lo urbano y lo rural: dos realidades distintas para la interpretación del pasado reciente en El Salvador desde la perspectiva arqueológica. Revista de Humanidades [en línea], n. 28, artículo 3, ISSN 2340-8995. Disponible en http://www.revistadehumanidades.com/articulos/120-lo-urbano-y-lo-rural-dos-realidades-distintas-para-la-interpretacion-del-pasado-reciente-en-el-salvador-desde-la-perspectiva-arqueologica [Consulta: Viernes, 24 de Mayo de 2019].


DOI: http://dx.doi.org/10.5944/rdh.28.2016.16494


Abstract: The study of the recent past through the lens of archaeology is still a new practice in many parts of the world. Several academic inquires of the past are examined with an unequal perspective of the urban and rural. This may be related to the political and institutional levels reached throughout different moments of the 20th century. Nevertheless, in Central America, specifically in El Salvador, archaeological inquiry of the recent past has had considerable advancements in the last two decades. The recent past in El Salvador can be defined as the Republican period, and further subdivided in chronological phases according to political, economic, social and cultural changes, which are evident in the archaeological record. In this way, urban and rural histories are two complementary perspectives that until recently have been poorly integrated through archaeological study.


Keywords: Archaeology; Republic; Urban; Rural; Recent Past; El Salvador

Sumario

1. Introducción. 2. Antecedentes históricos en cuatro puntos. 3. Panorama interpretativo en la arqueología de la República. 4. Conclusiones. 5. Bibliografía.

Artículo

1. Introducción

El siglo XX en la arqueología es una continuidad mayormente vinculada con el desarrollo de la era industrial, el avance de la ciencia y la tecnología. Pero también se ven inmersos otros factores afines con la economía y la sociedad, en donde se define la expansión de los poderes hegemónicos en el mundo y la globalización. El período de República, el cual evoca los Estados independientes para Latinoamérica, se funde con los avances del mundo en sus diferentes facetas históricas las cuales siguieron a la referida era industrial, hasta consolidar los estilos de vida modernos. Sin embargo, la vida moderna suele generalmente ser medida desde la óptica de los países industrializados en el hemisferio occidental; por ejemplo, entre temas específicos del siglo XX se encuentra el desarrollo de la energía nuclear, la evolución en la tecnología para el transporte, la expansión de la industria turística en el mundo, las guerras mundiales y otros. Para Latinoamérica, el desarrollo dentro de una cronología puede ser medido a través de la tecnología importada y su injerencia en la cultura local. Esto incluye la creación externa y su mutación con las ideas locales, sumado a lo que acontece en el interior de cada nación con respecto a sus propias creaciones y modos de vida, y distinguir lo que significa el mundo moderno para los países aun ajenos a la alta industrialización. En este entendido, lo local tiene su propio curso histórico y propia semblanza tecnológica. Un marco histórico para la arqueología de tiempos recientes en el contexto local puede darse en base a parámetros políticos, económicos y sociales los cuales resultan motores principales de cambio, con importante injerencia en la cultura.

Por consiguiente, el pasado reciente en El Salvador puede ser definido por el período Republicano, dividido en tres fases. La primera, denominada fase Republicano-federal, es determinada por el control político confederado en la región centroamericana luego de la independencia de 1821 y el surgimiento de una sociedad postcolonial la cual perfila una nueva economía y un nuevo estilo de vida generalmente gobernado por una casta criolla (Marroquín, 2000; López Bernal, 2013). La segunda fase, reconocida como Republicano-temprano, es dada a partir de 1840 tras la formación de las cinco repúblicas centroamericanas y la consolidación de las ideologías políticas que imperan hasta el presente. La tercera fase, denominada Republicano-moderno, es definida en torno al impacto social y cultural experimentado tras la matanza en enero de 1932, y el enrutamiento del país hacia la modernización. Dicha matanza cobró la vida de al menos 20,000 indígenas y campesinos en el occidente de El Salvador, a partir de la cual un nuevo fenómeno de transformación rural se presenta. Muchos indígenas optan por la cultura mestiza y esconden su identidad entre la población campesina en general, perdiéndose gradualmente la lengua náhuat, la vestimenta y costumbres (Campbell, 1985:2; Marroquín, 1975:759; Anderson, 1971; Chapin, 1991; Lindo-Fuentes, Ching, y Lara-Martínez, 2007). En esta fase, la industria y la nueva agricultura comercial, junto al régimen de represión establecido transformarían la vida campesina, mientras la identidad mestiza se consolida gradualmente a lo largo del siglo XX. Se incrementa la escuela en las áreas rurales, y el discurso dominante sobre el pasado se expande. Así, el pasado de la nación es conformado por héroes criollos independentistas, y la producción nacional del café y otros productos son vistos como signos de progreso. En la práctica de la arqueología en sitios republicanos, los contextos más amplios en este campo de estudio incurren en temas mundiales, en donde la caída de los precios de determinado producto en cierta parte del mundo, como el café o el petróleo, afecta de alguna forma la producción local y a las formas de vida de las comunidades dependientes de dicha producción[1]. En su caso, también la nueva tecnológica reemplaza la vieja tecnología lo cual influirá en la vida laboral de la localidad, el trabajo artesanal, la agricultura y el comercio.

La circunstancia política, la cual ha perfilado el destino de la nación, define de manera desigual la vida de la población rural y la del habitante urbano. Esta influencia política cobra forma en el remanente material, ya sea en la arquitectura, así como también en la elaboración de productos y artefactos dejando su semblanza en el contexto moderno. El pasado se percibe dentro de la economía actual y los productos sustitutos, las instituciones y las leyes surgidas en determinada atmósfera social y política; así como en el paisaje contemporáneo, lo cual incluye la agricultura industrial, vías de comunicación, la movilización de asentamientos y otros. Es por esto que el sentir o el entendimiento político en el campo y la ciudad serán puntos de discrepancia relevantes para interpretar la mentalidad de la sociedad del pasado reciente. Por lo anterior, en este apartado se reconoce el potencial de la arqueología como herramienta clave para el entendimiento de hechos que conciernen a la sociedad contemporánea en El Salvador. De este modo, agrupa el resultado de múltiples investigaciones arqueológicas realizadas en este país en contextos republicanos, con cuya base puede concluirse en interpretaciones globales de lo que ha sido el pasado dentro lo rural y lo urbano durante el último período.

2. Antecedentes históricos en cuatro puntos

2.1. Lo rural y lo urbano en documentos

La arqueología histórica en Centroamérica se ha visto concentrada más que todo en asuntos que conciernen a la cultura europea y mestiza, aunque muchos investigadores en las últimas décadas han mostrado mayor interés por conocer el desarrollo social y cultural de las comunidades indígenas en la periferia de las áreas urbanas y las zonas rurales (Palka, 2009). Es por esto que existe mucho vacío con relación a la vida rural en antaño, y mucho dato vinculado a las urbes y la industria. En El Salvador, la arqueología histórica en tiempos de la República podría tomar como notas primarias los apuntes de Gutiérrez y Ulloa (1962)[2], la misma acta de independencia de 1821, la primera constitución política de Centroamérica en 1824, el bosquejo histórico de la región centroamericana escrito por Marure en 1837, y entre otros papeles se tendrán decretos, célebres testamentos, actas y cartas aún conservadas que atañen el diario vivir de la nueva sociedad republicana en el siglo XIX entre otros. No obstante, las descripciones de ilustres viajeros de la época son hoy un referente importante para la historia de estos confines durante el siglo XIX. Se suman primero las observaciones de Stephens (1971) de la Centroamérica de 1839 en su efervescencia social y el ocaso de la confederación. Luego Squier (1855) aporta la información global más temprana relacionada a la geografía, geología, fenómenos naturales, demografía, comercio, rentas, agricultura e industria de la época; y pormenores en cuanto a la vida, costumbres, organización civil, vestimentas, lenguaje y rasgos físicos de la población indígena en el área rural dando inicio con el primer acercamiento étnico tenido en El Salvador. Squier provee a su vez detalles descriptivos de lo que fue en su momento la ciudad de San Salvador, siendo éste un insumo base para la actual arqueología de la República en el área urbana.

Luego, entre 1858 y 1860, Gómez Menéndez otorga información relacionada a la población, costumbres y tradiciones locales, vestimenta, lengua, cultivos, vías de comunicación, y otros detalles concernientes a la vida rural de su tiempo. Años adelante, en 1877, González publica la primera edición de la Geografía de la América Central, en donde describe el entorno de las localidades salvadoreñas más importantes, y otorga algunos datos relacionados con los usos de suelos, producción, arquitectura local y población, entre otros datos. Así también, el viajero alemán Habel, en 1878 provee a manera de anécdota algunas descripciones del occidente y centro de El Salvador observado durante su viaje en la década de 1860. En este documento se tienen aspectos culturales relacionados a costumbres agrícolas, música y danza, lenguaje, construcción rural, manufactura artesanal, tradiciones fúnebres, cofradías, religión, culinaria y otros rasgos de la vida rural de aquella época. Pero sobre todo, Habel expone detalles sobre la arqueología de determinados poblados de El Salvador.

Luego, Dawson, en 1890 (2006), haría entrega de una nueva publicación ilustrada con detalles de la geografía nacional, el cual es ahora un extraordinario referente histórico considerado como el primer texto notable sobre la geografía del país, incluyendo detalles e imágenes de la vida rural a fines del siglo XIX. Luego, las referencias de Hartman (2001) a finales de 1890 constituyen un insumo invaluable dotando descripciones y fotografías de tono antropológico sobre algunas comunidades pipiles en el occidente de El Salvador. Otros medios también se suman, como lo son los grabados del Salvador (El Salvador) publicados en el Harper's Weekly de Nueva York, y las litografías de A. Deroy, A. Boscowitz, W. R. Kennedy (1876: 162, 163), y entre otros Francisco W. Cisneros quien en una ocasión recrea el San Salvador del siglo XIX. Así se incluyen las ilustraciones de la filatelia y la banca, y múltiples referencias editoriales, sociedad y comercio publicadas en la Geceta del Salvador y El Constitucional cuyas redacciones y estampas son expuestas desde la segunda mitad del siglo XIX hasta principios del siglo XX. Se añade luego el Libro Azul de El Salvador editado por Ward en 1916, y la colección de postales salvadoreñas de Grant con estampas emitidas entre 1900 y 1950. Y otras referencias incluyendo cartografías, monografías, revistas y medios de prensa cuyas secciones editoriales y crónicas producidas a lo largo del siglo XX resultan recursos base que compilan esbozos de la vida republicana en lo urbano y lo rural.

Cabe destacar que durante los siglos XIX y XX, en El Salvador muchos intelectuales en el campo de la literatura y la plástica reproducen también la costumbre, la tradición y el quehacer en la vida rural desde sus perspectivas artísticas, simpatizando en ocasiones con las causas indígenas, o revelando el sentir campesino dentro del caos político de la época. Estas obras son de singular importancia para la reconstrucción y la interpretación del pasado republicano de las comunidades rurales. Dentro de la pintura se citan Valero Lecha (1894-1976), Camilo Minero (1917-2005), Noé Canjura (1922-1970), Carlos Cañas (1924-2013), y otros. En la escritura se tiene a Rivas Bonilla (1891-1985), Araujo (1865-1913), Espino (1900-1928), Gavidia (1863-1955), Masferrer (1868-1932), Peralta Lagos (1873-1944), Ambrogi (1874-1936), Salazar Arrué (1899-1975) y Dalton (1935-1975) son sólo algunos.

2.2. Involucramiento académico con lo rural

Luego del triunfo liberal a finales del siglo XIX, la República demandaba su propia historia formada por héroes criollos y gestas independentistas. La redacción de la historia, en este sentido, iría de la mano con la política.Para 1886 el presidente Francisco Menéndez (1885-1890) redacta una nueva constitución apegada a los principios liberales gestados a lo largo del siglo XIX. Aquel documento tendría vigencia hasta 1939, no obstante el ideal liberal se mantendría en las nuevas constituciones hasta la actualidad. Así, académicos como Reyes (1885) y Cevallos (1891) habían iniciado con el estudio y la construcción del discurso oficial de la historia de la nación, dejando muy aparte otros asuntos del pasado reciente, como lo es la historia indígena y el protagonismo de los sectores populares durante la colonia y la nueva república. De este modo, el pasado se redacta consolidando ese discurso liberal, teniendo influencia en las obras de historia salvadoreña que serían escritas posteriormente por otros intelectuales (López Bernal, 2013:91-92).

A su vez, la historia de la república se asienta en el ambiente urbano con la construcción de monumentos y nombramiento de calles y lugares. Ya en 1882, durante el gobierno de Rafael Zaldivar, se erige el primer monumento a Francisco Morazán, seguido en 1909 con la edificación de la figura ecuestre de Gerardo Barrios, y en 1911 se edifica el monumento a los próceres en la hoy céntrica plaza Libertad de San Salvador, teniéndose ya un perfil del discurso dominante de la historia en el entorno.

Para 1894, el Supremo Gobierno, mediante Decreto Ejecutivo, encomienda a Barberena la redacción del primer texto oficial de Historia destinada a la enseñanza secundaria[3]. En aquel primer mandato oficial se tiene ya una distinción entre lo que se denomina historia antigua y la historia patria. La historia antigua corresponde con los primeros asentamientos indígenas, sitios arqueológicos prehispánicos y la época de conquista en América; mientras que la historia patria es la historia de la República. Así, la arqueología, por su lado, no parecía complementar ese discurso patrio, limitándose a entender un pasado indígena lejano tal se explica más adelante. No obstante, ya empezaba a gestarse su utilidad social al final del periodo anterior con la creación de un Museo Nacional en 1883 durante el gobierno de Zaldivar. Aunque no es hasta 1929 en que se tendría un Departamento de Historia, entidad encargada también de asuntos arqueológicos, dirigido entonces por Antonio Sol.

La segregación de lo arqueológico y lo histórico fue de este modo un dilema enraizado en la política del siglo XIX y la cimentación de una identidad cultural fuera de lo indígena durante el siglo XX, orientada al concepto occidental de lo que es el mundo moderno. Sobre todo luego de los levantamientos campesinos de 1932 en el occidente salvadoreño derivado de la expropiación de tierras indígenas, un proceso el cual se gestaba a partir del gobierno de Zaldivar en la segunda mitad del siglo XIX. Dichas tierras serían vendidas a bajos precios con el objeto de promover el cultivo del café, lo cual generó el empoderamiento de una nueva casta cafetalera en la economía salvadoreña (ver Lindo-Fuentes, 2002). Lo anterior tuvo en consecuencia la abolición progresiva del sistema de ejidos practicado de manera tradicional por las comunidades indígenas en el occidente salvadoreño. Esto acarreó consigo el descontento de ciertos sectores sociales, convirtiendo aquello en una causa llevada a niveles ideológicos dentro de la política, atentando así contra los intereses del sistema capitalista compenetrado con la ideología liberal. Agudizado también en gran medida con la entrada y dominio del comercio y política exterior, desencadenando finalmente la matanza de indígenas y campesinos de 1932. Los indígenas salvadoreños en este espectro no fueron considerados dentro de los procesos políticos subsiguientes a la masacre, quedando sin voz en la toma de decisiones para el beneficio de sus comunidades. Más aún, no fueron incluidos en los censos nacionales luego de los años de 1930, siendo así borrados de los registros oficiales (Marroquín, 1975).

De este modo, los disturbios campesinos de principios de siglo y el impacto dejado por la matanza de 1932 entorpeció en gran parte el involucramiento académico con las minorías indígenas en El Salvador. En aquel escenario, los académicos aún mantenían una estrecha relación con la clase elite y el gobierno, por lo tanto las iniciativas para activar investigaciones generalmente dependerían del criterio influenciado por alguno de estos sectores. Así, el involucramiento académico con la vida rural era muy limitado, ya que éste tendería a dar herramientas para fortalecer las causas campesinas y conducir la fricción social a nuevos niveles de violencia. Dentro de esto, los museos y las instituciones culturales no daban ningún soporte al problema indígena, aunque irónicamente utilizaban el tema de lo indígena como un recurso para promover el país en el extranjero (Paredes Umaña y Erquicia Cruz, 2013; Lara-Martínez, 2010:21). Se origina así un nuevo discurso del pasado indígena y su grandeza a partir de su creación remota, y no de su presente o pasado reciente. Por ello, el gobierno requirió un grado moderado de aceptación académica dentro de los asuntos que conciernen a estas comunidades. Hubo de este modo un pequeño círculo de académicos interesados en desarrollar estudios y registros concernientes a la vida rural. Entre estos se tienen los trabajos de Jiménez (1937), Barón Castro (1978), de Baratta (1951), Lardé y Larín (1957) y Aráuz (1960). Así también Rubio Sánchez, Marroquín, Geoffroy Rivas, Pérez Marchant, Vivó Escoto, Yanes Díaz entre los más conocidos. Estos intelectuales y su trabajo pasarían a ser los "clásicos" de la literatura científica-cultural de El Salvador, cuya documentación en conjunto forman hoy una bibliografía más o menos extensa producida entre 1935 y 1975.  El avance del mundo exterior sobre los valores locales, lo que hoy vemos como globalización, parecía un hecho muy evidente en la visión de aquellos estudiosos.

Con el crecimiento de la clase media en la segunda mitad del siglo XX, se incrementa también la población estudiantil en el nivel básico y nivel superior, sobre todo en la Universidad de El Salvador y luego en las nuevas universidades privadas (Flores Macal, 1976). Con estos cambios en la sociedad, también aumenta el interés por las ciencias sociales y antropología las cuales orientan parte de su atención hacia el estudio de las comunidades rurales, en donde se incluyen los rezagos de las comunidades indígenas percibidos en las últimas décadas del pasado siglo. No obstante, mucha de aquella cultura ya se había transculturizado o fundido en la sociedad mestiza, o desaparecido. El crecimiento educativo a nivel básico y superior a partir de los años de 1960 propició que más personas se interesaran en temas culturales e históricos, y arqueología.

2.3. La arqueología histórica

El desarrollo de la arqueología, sin embargo, era una necesidad para la construcción de una identidad de nación y el fomento del turismo (Marroquín, 1975; Paredes Umaña y Erquicia Cruz, 2013; Erquicia Cruz, 2012). En la segunda mitad del siglo XIX y primeros años del siglo XX la arqueología en sitios prehispánicos ya daba algunos frutos. Así, en la década de 1860 el viajero alemán Habel (1878:32-33) ya había realizado la primera excavación arqueológica en El Salvador, en la localidad de Apaneca. Mucho después, durante los años de 1929 y 1930, Antonio Sol se convertiría en el primer salvadoreño en dirigir una excavación arqueológica la cual tuvo lugar en Cihuatán. Así también, Augusto Baratta provee los primeros planos arquitectónicos de este sitio prehispánico. No obstante, la arqueología salvadoreña consolidaría su relación con la política tras la introducción de los primeros parques arqueológicos nacionales y los primeros grandes proyectos de excavación y restauración de sitios prehispánicos iniciados a finales de la década de 1940 en Tazumal dirigido por Boggs, y San Andrés dirigido por Dimick.

Sin embargo, la arqueología practicada en yacimientos históricos aún no existía pese a que algunos de estos sitios eran ya reconocidos desde la primera mitad del siglo XIX. Squier (2004:  312), a su paso por Acajutla, señala la existencia de grandes bodegas y almacenes construidos durante la colonia, hoy desaparecidos, siendo quizás la primera referencia sobre un sitio arqueológico histórico para El Salvador. Squier provee a su vez una reseña sobre la historia colonial y conquista de estas tierras. Poco después, las primeras descripciones de sitios arqueológicos históricos serían incluidas dentro de las primeras estadísticas geográficas de este país. Así, Gómez Menéndez, proporciona también una de las referencias más tempranas de sitios arqueológicos coloniales en El Salvador. De este modo, el autor reconoce la existencia de restos arquitectónicos de las iglesias de Santa Teresa, Santa Cruz y San Sebastián en Sonsonate, y otros vestigios en la localidad de Caluco (Gómez Menéndez, 1860: 217); en Tacuba describe la existencia de un “hermoso templo arruinado de calicantoˮ[4]; en Acajutla refiere a los restos de la antigua aduana y fortificación de un antiguo muelle[5], y en Suchitoto describe con moderado detalle el sitio Ciudad Vieja, ubicado en la hacienda La Bermuda[6]. Gómez Menéndez también describe un sitio dentro de la población de Izalco[7] y localizado a pocas cuadras de la plaza de la Asunción, el cual, según la referencia, posee cimientos de calicanto formando paredes y arcos lo cual parece corresponder con un edificio subterráneo. De hecho, es posible que la primera excavación en un sitio histórico fuese realizada en 1855 en Izalco, posiblemente en el mismo sitio señalado por Gómez Menéndez. Dicha excavación fue encomendada por el gobernador de Sonsonate con el objetivo de descubrir el “magnifico y suntuoso edificio aterrado bajo aquel subsueloˮ[8]. Dicha excavación pudo dar con alguna tumba indígena con ofrendas dentro del contexto histórico[9].

Más adelante, en 1926, Lardé y Lothrop proveen un nuevo registro de sitios arqueológicos el cual se incluyen algunos que hacen referencia al pasado colonial de El Salvador. Luego en 1944, Longyear, con la asistencia de Boggs otorgan nuevas referencias sobre sitios arqueológicos históricos[10] el cual serviría de base para la arqueología en formación durante la segunda mitad del siglo XX, cuya práctica se hacía cada vez más diversa. Este proceso de diversificación tuvo que ver en gran parte con el interés investigativo otorgado por arqueólogos extranjeros en El Salvador, y el proceso de institucionalización de la arqueología el cual dio luces de modernización a finales de la década de 1960 y un cambio de perspectiva conceptual y metodológica a finales de la década de 1970. Lo anterior viene a empalmar con la apertura de nuevos espacios para el estudio histórico y antropológico promovido por círculos emergentes de intelectuales salvadoreños en las últimas décadas del siglo XX. Con el desarrollo del Departamento de Historia y luego el de Arqueología dirigido por Boggs en la década de 1960, otros sitios históricos se fueron incorporando a las listas. De hecho, en 1979, Amaroli reconoce algunos sitios coloniales contiguo a Guija, de tal modo que éstos, con el tiempo, empiezan a ser incluidos en los informes técnicos entregados al gobierno. Sin embargo, hasta aquel momento aun no se realizaban estudios propios a la arqueología con énfasis en sitios de períodos históricos. Más bien, no es hasta la década de 1980 en que se dan las primeras excavaciones arqueológicas formales en dichos sitios. Así, los trabajo más tempranos en arqueología histórica metódica los aporta Fowler Jr.[11] en 1981; Amaroli en 1985 y 1986; y Fowler Jr., Amaroli, y Arroyo en 1989. En 1989, Fowler Jr. proporciona el estudio más completo hasta el momento realizado sobre la distribución de los pipiles en Centroamérica en base a fuentes etnohistóricas y arqueológicas. De este modo, a partir de aquella década nace oficialmente la arqueología histórica en El Salvador, enfocada sobre todo en contextos coloniales.            

2.4. Arqueología de la República institucionalizada

La arqueología practicada en contextos urbanos en El Salvador tiene sus orígenes a principios del siglo XX, y de hecho surge bajo el interés de reconocer sitios arqueológicos prehispánicos asentados en el valle en cual yace la actual San Salvador, capital de la república[12]. No obstante, la arqueología en contextos del período de la República en este país es una práctica mucho más reciente, la cual habitualmente acontece en correspondencia con la restauración de inmuebles históricos y plazas. Aunque a lo largo del siglo XX debieron darse restauraciones en edificios históricos, no es hasta finales de 1970 en que se reportan de manera oficial las intervenciones en estos legados, no por su estética, sino por su valor patrimonial[13]. En aquellos años, el entonces Departamento de Historia de la Administración de Patrimonio Cultural (APC) ya había externado por vez primera algunos conceptos en cuanto a las políticas de conservación y restauración de monumentos históricos en El Salvador. Para 1977, la APC conduce un registro de iglesias construidas en este país entre los siglos XVI y XIX. Consecuentemente se desarrollan programas de restauración e investigación histórica y colección de antecedentes de intervenciones previas en algunos inmuebles patrimoniales (La Cofradía, 1977b: 4-5). Para ese mismo año se tiene ya un registro de casas supuestamente coloniales en diferentes regiones del país[14]. También se tienen ya esfuerzos serios por rescatar y estudiar algunos edificios y casas que datan de principios del siglo XX en San Salvador (La Cofradía, 1977c: 4-5).

Ese mismo año de 1977, el entonces Departamento de Historia ya ha creado una Fototeca como medio para registrar, catalogar y conservar información especializada relativa a la arquitectura, expresiones artesanales, arte y documentos entre otros, y sobre todo lugares históricos y monumentos (La Cofradía, 1977d: 7)[15]. Nace así un primer sistema de fichas que registra elementos históricos dando lugar a la preparación de insumos para una futura arqueología histórica. De este modo, la APC, a finales de la década de 1970 cuenta ya con un registro formal de artefactos históricos los cuales publica en los boletines y medios de la época. Las metodologías a su vez ya empiezan a incluir entrevistas, revisión de documentos, e incursiona dentro de la tradición oral y artesanal contemporánea como parte del estudio del patrimonio histórico[16]. De este modo se confiere lugar a la antropología dentro de lo arqueológico y lo histórico.

No obstante, el conflicto armado de la década de 1980 representa un obstáculo importante en la formación de la arqueología salvadoreña y su institucionalidad. Para los años que siguieron a dicho conflicto, y como resultado de un largo período de inestabilidad política y económica, el atlas arqueológico y registros se encontrarían desactualizados, mientras el crecimiento demográfico y los proyectos constructivos se incrementan[17], poniendo en riesgo gran parte de este legado. De hecho, el incremento de la construcción fue un factor clave en la modernización del accionar en el área de arqueología en los años subsiguientes. La construcción condujo a la creación de un sistema de inspecciones arqueológicas vinculadas al área jurídica con el objeto de proteger los sitios arqueológicos, en seguimiento a la ley especial de protección al patrimonio surgida en 1993[18]. Bajo este modelo de trabajo adoptado por las instancias de gobierno, el reporte de sitios arqueológicos, tanto prehispánicos como históricos, se ve en aumento.

En la actualidad, la inclusión de la arqueología en edificios históricos en El Salvador ha dependido mucho de la institucionalidad alcanzada en los últimos 20 años. No obstante, para los años de 1990, y a diferencia de la visión tenida en la década de 1970, las restauraciones en inmuebles históricos parecen haber ido apuntando más hacia las mejoras de estos inmuebles que hacia una valorización histórica de los mismos. Aquellas intervenciones eran generalmente dirigidas por arquitectos, aunque esto de cierto modo fue cambiando. A partir de los primeros años de la década de 2000 los proyectos de restauración ya eran vistos como un asunto interdisciplinario entre arqueólogos y arquitectos, promoviéndose la presentación de los inmuebles y su relación con el paisaje urbano, así como la investigación y preservación de las evidencias arqueológicas expuestas. Hasta el momento, la mayor parte de inmuebles intervenidos han sido objeto de rescates y salvamentos arqueológicos, y éstos por lo general corresponden con el período de la República[19]. Así se suma también la creación de un fuerte inventario de inmuebles patrimoniales en áreas urbanas, en su mayor parte de épocas republicanas, organizado y dirigido por la Dirección de Sitios y Monumentos del entonces Consejo Nacional para la Cultura y el Arte (CONCULTURA) y financiado por la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECI) a principios de la década de 2000[20]. Sin embargo, aún son pocos los reportes de alguna intervención arqueológica iniciada con fines netamente académicos en estos inmuebles dentro de las áreas urbanas. Del mismo modo son todavía muy pocas las publicaciones tenidas sobre estos rescates y salvamentos. Pese a lo anterior, un panorama distinto es percibido en el área rural en el interior del país, en donde pueden distinguirse un mayor número de estudios realizados con fines puramente arqueológicos. Entre estos estudios se incluyen aquellos concernientes a la arqueología subacuática, el añil, ingenios de hierro, moliendas, salinas y otros.

3. Panorama interpretativo en la arqueología de la República

3.1. La arqueología en el sector urbano

En los últimos años, las intervenciones realizadas tanto en las zonas urbanas como en el interior del país han generado un importante acervo inédito en el cual se describen con mucho detalle rasgos arqueológicos específicos y artefactos, y la relación de estos últimos dentro de contextos estratigráficos. En el caso de las áreas urbanas, los resultados arqueológicos obtenidos de manera global relativos a sitios republicanos, permiten entender la renovación histórica de los actuales emporios y tener una perspectiva de la sociedad citadina y sus diferentes manifestaciones culturales al paso de los últimos dos siglos. Esta práctica en edificios históricos ha permitido distinguir elementos constructivos relacionados con rellenos, compactaciones, arranques, bases de columnas, zapatas y pisos de inmuebles anteriores al actual. En otros casos pueden encontrarse rasgos de singular interés los cuales tienen que ver con la funcionalidad del inmueble. Estas funciones varían desde la residencia, la institución de gobierno, el negocio privado, usos militares, hospitales, penitenciarías, o edificios del clero. Por lo tanto podrían encontrarse criptas clausuradas bajo alguna iglesia[21] o suelos empedrados como parte de alguna antigua caballeriza en algún edificio de gobierno[22], como ejemplos. Mediante excavaciones arqueológicas incluso pueden reconocerse diferentes funciones para un mismo inmueble en diferentes momentos de la historia[23].  

El acervo arqueológico compilado hasta el momento ya aporta datos comunes con relación a ciertos rasgos arqueológicos registrados en el subsuelo de edificios históricos en este país. Algunos de estos rasgos pueden ser distinguidos como verdaderos patrones arqueológicos para determinada época. Por ejemplo, en los estratos más profundos dentro de los solares ocupados por iglesias y parroquias suele encontrarse una capa particular denominada capa de enterramientos[24], la cual contiene osamentas y en algunos casos restos de féretros. Esta capa de enterramientos evoca una antigua tradición, remontada a una época en que las iglesias eran también ocupadas como cementerios (Cardenal, 2001). Esta costumbre tuvo lugar durante la colonia y extendida hasta las fases de la República-federal y las primeras décadas del Republicano-temprano. Hoy día, algunas capas de enterramiento prevalecen en áreas las cuales resultan insospechables para localizar un entierro dentro de las actuales estructuras. Por ejemplo, bajo una casa parroquial, bajo los actuales jardines, o bajo las zapatas de las naves principales de alguna iglesia moderna.

La capa de entierros es un punto discutible dentro de este campo. Muchas veces se trata de individuos enterrados en iglesias predecesoras a las actuales, cuyas dimensiones estructurales eran muy distintas a las dimensiones del actual edificio, incluyendo el tamaño del solar y la distribución de atrios o naves en donde se solía enterrar dentro del inmueble. Las nuevas construcciones o remodelaciones realizadas a los templos católicos actuales dejarían bajo sus cimientos cementerios con individuos sin nombre ni fecha, y en áreas en donde el peatón actual ignora la presencia de tumbas dentro de la ciudad moderna. Surgen interrogantes en cuanto al abandono de estos cementerios. Algunas respuestas pueden apuntar hacia la ignorancia de los nuevos constructores con respecto a los entierros antecesores. Otra respuesta puede orientarse a los cambios de regímenes políticos, el cual puede afectar el abandono de entierros de otras épocas. Por ejemplo, el establecimiento definitivo de un régimen liberal a finales del siglo XIX y el proceso secularización del estado, incluyendo la incautación de inmuebles eclesiásticos propiciaría nuevas construcciones en los antiguos solares utilizados anteriormente por el clero. La nueva sociedad laica acataría las ordenanzas establecidas por el régimen liberal con respecto al uso de cementerios. Finalmente, con la construcción de nuevos campos santos se daría lugar en alojar en éstos los restos de individuos fieles a nuevas creencias, suicidas y ateos, y se introduce el uso de pequeñas capillas dentro de los panteones (Cardenal, 2001; López Jiménez, 1997). Ya temprano en el siglo XX se abandona en gran parte la tradición de enterrar en las iglesias al tiempo en que adoptan también nuevas formas constructivas y arquitectónicas para estos recintos sacros. Algunos templos modernos aun incluyen criptas bajo sus inmuebles. Por último puede pensarse que el olvido o desinterés por construir sobre zonas ocupadas por entierros anteriores es parte de esa dinámica de la cultura por dejar el pasado en el pasado y adaptarse al cambio.

Pero quizás el patrón arqueológico más común reconocido en inmuebles históricos de este país lo es la denominada capa de relleno[25] la cual se expone como un rasgo arqueológico. Esta capa también es descrita como un estrato artificial utilizado para nivelar superficies y preparado como base para erigir una nueva estructura. La capa de relleno es percibida a partir de las últimas seis décadas de la fase Republicano-temprano y es extendida hasta la fase Republicano-moderno. El color de estos rellenos puede presentarse cafesoso o blanquecino. A veces incluye niveles delgados de arena, pómez, piedrines o grava los cuales son utilizados como aislante constructivo. A estos rellenos arqueológicos se les agrega ripio conteniendo material de desecho los cuales permiten distinguir la época de construcción de determinado edificio. Esta capa de relleno es generalmente colocada sobre la capa de entierros en los contextos religiosos, o sobre estratos naturales en edificaciones públicas. Incluso sobre otros contextos culturales, ya sean prehispánicos, coloniales o de las primeras décadas de la república. A veces el relleno se tiene sobre estratos conteniendo carbón y residuos de quema posiblemente relacionado a incidentes ocurridos en edificios anteriores. O incluso sobre otras estructuras, como arranques de muros, empedrados, pisos de baldosas, ladrillos, rocas, cimientos de columnas y otros los cuales pueden resultar como terceras capas genéricas, las cuales incluyen arquitecturas y otros rasgos. A veces pueden encontrarse dos o más rellenos distintos en el subsuelo de un mismo edificio con diferentes episodios constructivos durante la fase Republicano-temprano y Republicano-moderno.

No obstante, si bien los rellenos son los rasgos los cuales arrojan mayor material cultural del periodo republicano, los basureros también son comunes en el subsuelo de inmuebles de este mismo período en El Salvador. De hecho, los basureros son rasgos arqueológicos los cuales suelen arrojar el mayor número de materiales[26]. En algunas ocasiones se tendrán piezas completas. Estos rasgos permiten obtener perspectivas más amplias en cuanto a los insumos utilizados por la sociedad en diferentes ciudades salvadoreñas, y una manera de deshacerse de los desechos sólidos en antaño.

En lo relativo al material de desecho dentro de la capa de relleno y basureros de la República-temprana se tienen cerámicas, incluyendo alfarería indígena[27] y porcelana importada[28], botellas y otros vidrios[29], metales[30], y a veces materiales constructivos como tejas, barro cocido y ladrillos. En otros casos se ha logrado recuperar materia orgánica incluyendo huesos de animales comestibles lo cual otorga referencias sobre las dietas de la época. Por su lado, en los contextos de la fase Republicano-moderno se empiezan a incluir otros productos más industrializados y comerciales, y materiales no necesariamente domésticos, acercándonos más a desechos actuales. En este último contexto moderno, además de los materiales anteriores se encuentran también plásticos, cauchos, baterías, papel, tiza, a veces juguetes y canicas, y misceláneos como tuberías, cables, alambres y otros.

En cuanto a los materiales recuperados tanto en inmuebles católicos como edificios públicos y residencias, estos también permiten discernir en el comportamiento cultural de determinada época. Por un lado, puede pensarse que para la fase de República-temprana algunos productos, como la porcelana, las lociones y los licores importados, más que un valor funcional, en muchos hogares su presencia trasciende hacia un valor simbólico como muestra de poder adquisitivo. Esto se cree ya que este material suele encontrarse más que todo en los rellenos y basureros arqueológicos próximos a las áreas de residencia de las familias pudientes. Estos últimos se localizan cercanos a las plazas centrales en las ciudades de mayor bonanza cafetalera durante esta fase, como Santa Tecla, Santa Ana, Ahuachapán, Sonsonate y San Salvador. El poder del comercio y el negocio internacional hace presencia en la sociedad citadina influyente. Por el contrario, es raro encontrar restos de vajillas importadas en la fase Republicano-temprano en el área rural. A su vez, mediante los materiales encontrados en contextos de la República-federal y República-temprana es posible distinguir dentro de la urbe zonas de segregación social entre sectores élites y de poder y las áreas populares o zonas periféricas y rurales establecidas en tiempos históricos[31]. Estas zonas de segregación fueron cambiando y desplazándose hacia otros sectores al paso del tiempo en torno a las nuevas dinámicas comerciales y demandas urbanas.

No obstante, en el contexto Republicano-moderno el valor simbólico de la porcelana, vidrios y otros objetos encontrados en las zonas urbanas recibe una connotación diferente al de la fase anterior. Esto puede deberse a que estos objetos son ya producidos de manera industrial y comercializados en la localidad lo cual permite se encuentren al alcance de todo citadino, corrompiendo, de cierto modo, el significado del producto como estatus social y signo de poder adquisitivo. De este modo, el producto logra también ser introducido en las zonas rurales supliendo nuevas demandas, sobre todo venidas con las nuevas políticas de desarrollo surgidas durante la fase de República-moderna. Así también, la inclusión de materiales modernos, como alambres, tuberías y plásticos permiten distinguir el cambio social destinado a la aceptación de nuevos modelos de vida dentro de las ciudades y campo, regidos por la tecnología y la producción industrial.

3.2. La arqueología en el sector rural

Muy cierta es la observación de Palka (2009) al reflexionar que muchos sitios indígenas de contextos históricos en Mesoamérica son ignorados debido a que éstos resultan difíciles de localizar, al menos en el caso de contextos con estructuras. De hecho, la arquitectura de los sitios arqueológicos indígenas en tiempos coloniales y republicanos por lo general no es visible en superficie tal lo hacen los montículos prehispánicos. Estos sitios suelen ser pequeños en área y de menor volumen que las estructuras prehispánicas o españolas, y son elaborados de materiales perecederos y lodo, y muchas veces se le incluía piedra en las bases de los muros y como parte del sistema constructivo de los pisos. Estos últimos también los hay de tierra compactada o superficies niveladas artificialmente. Esto puede verse también en El Salvador, en donde la vivienda típica tradicional en el área rural es construida de paja o caña, y en otros casos utilizaba bahareque. Con la expansión de la colonia se introducirían nuevos elementos constructivos dentro de la vivienda tradicional en el área rural. Entre estos elementos puede tenerse la cal, piedra, o la baldosa y el ladrillo de adobe, bahareque y teja. Ya en las primeras décadas de la fase Republicano-moderno se incrementó el uso del cemento, el ladrillo rojo, vigas de hierro y lámina (Tafunel, 2007:3 05-306, 308; Gutiérrez Poizat, 2015; Lara Martínez, 2014: 270-282). Aunque en las viviendas de menores recursos en el área rural salvadoreña se sigue construyendo con materiales del entorno como la paja, madera u otras fibras perecederas, o se incluyen también materiales industriales desechables como el cartón vulnerable a la inclemencia del clima. La introducción de nuevos elementos y técnicas constructivas industriales en el área rural fue parte de un proceso de adopción y adaptación en tiempos coloniales y republicanos.

No obstante, sitios indígenas de tiempos históricos también los hay sin estructuras, tal es el caso de los abrigos rocosos o cuevas estudiados por expertos en otros países latinoamericanos. En Cuba, por ejemplo, algunos abrigos rocosos y los materiales arqueológicos recuperados en estos contextos han permitido esclarecer dieta y subsistencia de algunos esclavos fugitivos durante la colonia (La Rosa de Corzo, 2005: 163-180). En El Salvador se tiene el registro realizado por Revene (2006) en el abrigo rocoso conocido como La Cueva de los Compadres, en Cuisnahuat, departamento de Sonsonate, en donde el arqueólogo logra registrar actividad cultural y peregrinaje religioso en tiempos modernos, posiblemente vinculado al pasado indígena de la zona.

En años recientes, la arqueología histórica salvadoreña ha dado luces con relación al pasado colonial y republicano en el área rural de este país, el cual puede ser entendido a partir de la conformación histórica de los actuales poblados remontándonos hasta la colonia temprana (siglo XVI) en Centroamérica. Se trata de un momento histórico determinante, en donde la explotación de recursos ecológicos y control sobre los grupos indígenas locales vendría a significar una matriz importante en la vida indígena y criolla durante la República y en la actualidad. En este período, la congregación o concentración de asentamientos indígenas en zonas nucleares fue clave para el establecimiento de un nuevo orden político y económico. Para El Salvador es interesante destacar el trabajo realizado por Sampeck (2014, 2010, 2007) en la región de Izalco con respecto a la transformación del paisaje durante la transición del postclásico tardío al período colonial. De acuerdo con Sampeck (2014:47, 2010), en la región de Izalco este proceso de congregación colonial propició la reducción de aquellos asentamientos indígenas otrora dispersos en la zona durante el postclásico tardío (900-1500 d.C.). Es posible que este también sea el caso para otras regiones del país. A esta reducción de asentamientos debieron sumarse las dificultades ocasionadas por la guerra de conquista y las pandemias. Según Amaroli (2009[1992]), las comunidades indígenas resultantes de este proceso de congregación respondían a los conceptos renacentistas que intentaban aplicar los religiosos, así como también facilitaba el adoctrinamiento el cual era mucho más conveniente en pueblos formados que en villas dispersas. De tal modo que se crean nuevas villas o pueblos, transformando el paisaje cultural durante el siglo XVI y los siglos venideros. Con la congregación se adopta un nuevo concepto dentro de la cultura local, el cual divide lo urbano de lo rural. Para Sampeck, esta división conceptual dentro de la cultura local crea a su vez una disyunción entre los usos y significado del paisaje y su forma.

En cuanto al nuevo patrón de asentamiento[32] indígena derivado de las congregaciones y otros factores durante los tiempos coloniales más tempranos en la región de Izalco (fase López : Conquista española A.D. 1500 a 1580), Sampeck (2014:47) destaca la continuación en la preferencia de lugares en donde la población nativa tendría control sobre el agua. A su vez se réplica el patrón de asentamiento tenido durante el postclásico tardío, aunque en áreas más restringidas. Por su lado, Amaroli (1992: 2-3) nota que muchas de las comunidades de origen pipil en El Salvador permanecen aún en sus ubicaciones prehispánicas durante la colonia. Lo mismo puede especularse de establecimientos urbanos localizados en el área lenca y otros sectores de El Salvador. Por consiguiente, puede pensarse que la ubicación actual de algunos asentamientos o poblados salvadoreños han perpetuado la memoria indígena en el mapa.

Durante la transición histórica estudiada por Sampeck, el cambio más importante inducido por la colonia se debe a la conversión de una economía local basada en la libre movilidad sobre el territorio, hacia una economía capitalista fundada en la propiedad privada. El incipiente concepto local de propiedad privada brota con el trazo de los primeros solares coloniales en la zona, saturando el libre acceso a los recursos y limitando la libertad de intercambio comercial tal existía en épocas prehispánicas. De este modo puede decirse que esta modalidad colonial introduce también un nuevo significado en cuanto al uso y explotación de la tierra para el beneficio privado. La libertad sobre el territorio y el paisaje también se vio menguada con el establecimiento de un nuevo régimen colonial basado en un gobierno centralizado, regulador en el uso de suelos, la producción, comercio e impuestos. En términos generales, en El Salvador como en Latinoamérica, los gobiernos centralizados generarían formas jerárquicas en la administración del espacio geográfico bajo diversos niveles organizativos, desde un nivel nacional hasta consolidar los gobiernos locales o municipales, con agentes institucionales reguladores del orden e influyentes en la vida de cada miembro de la comunidad. Durante la colonia, las decisiones sobre el manejo de las comunidades empiezan a ser tomadas en las altas esferas gubernamentales. Las decisiones locales ostentan el progreso económico de un grupo reducido de individuos con poder sobre los recursos de la tierra y la mano de obra, generando así una nueva clase social pudiente, y dando origen a una nueva diversificación social. Estos individuos con mayor poder, en un principio serían dueños de solares y la industria local. Posteriormente, a medida que el régimen colonial se acentúa y el poder político sobre el territorio se establece y adquiere soporte externo, se crearían haciendas. Gradualmente estos nuevos poderes en manos privadas se adueñarían del entorno, relegando las antiguas percepciones indígenas sobre el paisaje y sus formas económicas.

La industria colonial y republicana también influye en la consolidación del entorno rural colonial y republicano, en donde algunas concentraciones de colonos en haciendas históricas, con el paso del tiempo convertirían estos espacios en villas. Las referidas haciendas desaparecerían y la nueva villa se transformaría en pueblo o ciudad, o incluso en cabecera municipal. Con el tiempo, a este paisaje se añadirían nuevos asentamientos. Algunas aldeas actuales pueden derivarse de campamentos de refugiados, o desplazamientos humanos vinculados con los diversos conflictos bélicos durante las guerras ideológicas en el siglo XIX, o conflictos armados recientes y desastres naturales acaecidos en diferentes épocas. Así también, los asentamientos modernos pueden emerger a partir de aquellos asuntos relacionados con el crecimiento económico e industrial. Por ejemplo, la apertura de nuevas fuentes de trabajo estimulando la mudanza, despoblando ciertos lugares y sobre poblando otros, los nuevos poblados para obreros derivadas de las fabricas o maquilas convertidas en verdaderas urbanizaciones en crecimiento son sólo algunos ejemplos.

Los pueblos y ciudades dentro de tiempos modernos se verán impactados con nuevas infraestructura, articulados por carreteras y puentes. Muchos de estos asentamientos se tornan importantes en virtud al crecimiento de la población, posicionándose como centros estratégicos para el desarrollo del comercio y la producción. Crecen los sectores de abastecimiento, en su momento se incluyeron estaciones de tren, luego se edifican puertos, pistas de aterrizaje y se incrementan las terminales del transporte público. Las necesidades de vida en el mundo moderno demandan cada vez más los suministros básicos como el agua y la electricidad. Se construyen así plantas de agua, represas y geotérmicas creando un nuevo paisaje. Hoy día, el crecimiento demográfico favorecido con la infraestructura de carreteras y caminos y el acceso a los servicios básicos ha explotado la demanda habitacional, con proyectos de lotificación y urbanización sin precedente hacia sectores otrora impensables, ya sea en áreas rurales dentro de los valles, montañas y costas salvadoreñas. Los tiempos modernos otorgan un paisaje muy distinto al del pasado distante, lo cual pone serias limitantes a la arqueología tradicional (Blake, 2004).

En cuanto a observaciones arqueológicas en el área rural, la tradición en el uso de productos artesanales, incluyendo las alfarerías de manufactura local en Mesoamérica parecen prolongarse hasta ápocas más recientes (Palka, 2009: 336), logrando conservar muchos elementos de origen prehispánico. De hecho, la cronología cerámica representa un problema para los arqueólogos en el periodo de transición del Posclásico a la Colonia (Palka, 2009: 297-349; Card, 2007)[33]. Incluso ídolos líticos recuperados en sitios supuestamente prehispánicos pueden en realidad tratarse de costumbres indígenas dentro de contextos históricos en el área rural contenido dentro del nuevo régimen republicano a inicios del siglo XIX[34].

En los contextos residenciales urbanos de la República-federal y República-temprana se cree que la alfarería de tradición indígena era utilizada por la servidumbre y las clases populares vinculada con la vida campesina de la época. Así también se agrega la utilización de otros instrumentos para procesar los alimentos como lo es el uso de piedras de moler. De este modo, la alfarería y los instrumentos líticos eran generalmente producidos en el interior del país, luego llevados a los mercados populares en las ciudades. Sin duda la misma clase pudiente los utilizaba como parte de los enseres de cocina para uso cotidiano, aceptando lo popular y la producción local dentro de sus vidas domésticas. Esto también puede indicar la aceptación gradual de dietas y recetas venidas del interior del país y acogidas dentro de los hogares citadinos al paso del tiempo. Puede especularse incluso que dentro de las familias de tradición criolla se habrán adoptado recetas de platillos tradicionales de origen indígena y combinados con recetas familiares. O por el contrario, recetas o alimentos tenidos dentro de estas familias debieron ser llevadas a los hogares campesinos e indígenas[35]. Lo anterior da lugar a considerar la incrementación de nuevas demandas alimenticias dentro de los mercados populares, en donde gradualmente fueron incluyéndose especias y condimentos no tradicionales. Del mismo modo se introducen carnes y otros productos como los lácteos, derivados de la creciente producción ganadera y la diversificación agrícola incrementada durante la fase de República-moderna. De igual modo, el conocimiento y costumbres adquiridas en las ciudades eran introducidos a la vida campesina, como el uso de cubiertos, normas en el aseo, la vestimenta, y el uso de espacios en la construcción habitacional rural, como la cocina y sanitarios. Dentro de esta dinámica también se introducen en los mercados nuevos productos, ornamentos y utensilios, concediendo un nuevo perfil al comercio y a la cultura local. Por su lado, las creencias populares van gradualmente erosionándose, mucho quizás debido a la llegada de nueva tecnología y conocimiento externo introducido por la prensa, la radio y la televisión a finales de la República-temprana y a lo largo de la República-moderna. La herbolaria y medicina nativa es remplazada por el conocimiento medico venido con las clínicas y farmacias locales, a las vez en que se rigen nuevas formas sanitarias, como lo son el uso de letrinas y el sistema de drenajes en las poblaciones rurales[36].

 Por último, la antropología y las referencias históricas en El Salvador han permitido un cierto entendimiento de patrones cultural vigentes que remontan épocas remotas. De hecho, en la alfarería tradicional actual, algunos elementos "neo-indígenas" parecen emular motivos arqueológicos mezclados con temas modernos. Aunque no se tienen temas arqueológicos claros dentro de la producción artesanal actual, algunos investigadores creen que es posible encontrar ciertos detalles de la antigua cosmogonía indígena dentro de la artesanía salvadoreña (Henríquez Chacón, 2011: 46). Por ejemplo, los motivos de plantas y animales podrían conducir hacia las creencias indígenas del pasado. Así se tienen escorpiones, pájaros, murciélagos, formas geométricas y entramados cuyos motivos también parecen emular la cerámica prehispánica.

Por otro lado, algunos trabajos artesanales actuales son para los arqueólogos marcadores de identidad cultural. Por ejemplo, la producción de piedras de moler en El Salvador es una artesanía aun viva la cual se remonta a más de dos mil años, aunque su forma y procedimiento ha variado con los siglos. Así lo es también la elaboración de cerámica en algunos lugares del país. Como ejemplo se tiene la cerámica elaborada en Santo Domingo de Guzmán, Sonsonate en donde se reproducen comales y ollas de manera tradicional, cocidas a fuego abierto y modelados a mano (Bruhns y Amaroli, 2010: 2). Otro caso lo es Guatajiagua, en el departamento de Morazán, en donde los artesanos utilizan métodos tradicionales para la elaboración de la cerámica negra. En este último, entre las herramientas utilizadas en su elaboración se tienen mazorcas de maíz secadas al sol utilizadas luego para raspar o alisar la superficie de barro de las piezas (Silva Matamoros et al, 2010). El resultado deseado requiere también otra serie de procesos manuales y naturales hasta constituir la formación de comales y ollas característicos de esta región. Se suman así otros talleres localizados en Monte San Juan en Cuscatlán, Guacotecti en Cabañas, Paleca y Panchimalco en San Salvador, San Cristóbal, Las Minas y Guarjila en Chalatenango, y San Alejo en La Unión (Idem). Estos lugares deben su producción cerámica a la proximidad con los yacimientos de arcilla y otras materias primas naturales, supliendo demandas locales. Otros lugares, como Quezaltepeque e Ilobasco también pueden remontar su tradición alfarera a tiempos coloniales, abasteciendo a su vez mercados más amplios, incluso dentro de las áreas urbanas.

4. Conclusiones

El involucramiento académico con las comunidades rurales en el caso de El Salvador, depende en gran parte del nivel de institucionalización alcanzado y la madurez política adquirida luego de prolongados períodos de turbulencia social enraizado en el conflicto de clases. No obstante, el entendimiento de la historia rural complementaria al discurso oficial del pasado ha dado pasos importantes en este país en las últimas décadas, logrando un considerable acerbo arqueológico para la interpretación de lo que han sido los sectores más vulnerables de la sociedad.

Aunque los sitios arqueológicos en el área rural son difíciles de localizar, el estudio de estos sectores, tal se ha visto, puede también ser abordado desde la producción artesanal actual, sistemas constructivos tradicionales y costumbres. Así también, la conformación de los actuales poblados sirve como rendijas al pasado rural de este país. Por su lado, los remanentes arqueológicos recuperados en el subsuelo de inmuebles históricos dentro de las urbes de El Salvador permiten reconocer materiales de tradición indígena y sus transformaciones al paso de los siglos, en los cuales pueden también percibirse datos relativos a la producción rural introducida en la vida urbana. Esto es claramente definido a partir de los movimientos sociales y políticos acaecidos durante la República, en donde se hace notorio que ciertos aspectos de la vida urbana, relacionados a la producción de manera industrial, así como también sistemas constructivos, son introducidos en las comunidades rurales a partir de la fase de República-moderna. No obstante, el sector urbano y el sector rural a través de la arqueología parecen siempre ofrecer dos visiones contrastantes de la historia de la sociedad salvadoreña en los dos últimos siglos.

Durante la República-moderna, la transformación cultural a través de la industria y la tecnología parece haber adquirido una forma más dinámica a nivel global, como nunca antes en la historia humana. Este fenómeno ha erosionado gradualmente la producción artesanal local y sus mercados, la tradición y la inventiva nativa dando lugar a nuevas dinámicas económicas. No obstante, las economías locales pueden responder de maneras poco predecibles. La creación local tradicional puede en muchos casos exponer signos de resistencia al cambio. Lo anterior también puede ser visto como una admirable adaptación creativa a las nuevas demandas. En esta adaptación logra distinguirse la persistencia de elementos que denotan tradiciones locales dentro de la creación externa, y en donde "lo indígena" logra en algunos casos conservarse. De esta resistencia pueden derivarse productos híbridos, mediante los cuales se extiende la existencia de lo local en lugar de permitirle ser totalmente reemplazado por lo nuevo.

De hecho, la hibridación ha sido un fenómeno incesante en la producción local. La arqueología histórica en El Salvador ha demostrado desde muy temprano en la colonia la existencia de artefactos híbridos. Este proceso cultural de hibridación se dinamiza durante la República. Recientes hallazgos arqueológicos en inmuebles republicanos demuestran que parte de la producción local se convierte en producción a escala industrial, reemplazando elementos originales por nueva materia prima generalmente sintética introducida por los mercados externos. En muchos casos, la forma original de un objeto se mantiene en permanencia, aunque ahora elaborado con los referidos materiales industriales, como lo es el uso de cántaros, cuencos y contenedores plásticos, metal y vidrio. De este modo, las demandas cambian para el habitante rural. Otros objetos demuestran formas diferentes pero con una misma función tradicional, como el uso de planchas eléctricas en sustitución de comales, y molinos eléctricos sustituyendo las piedras de moler. Por esto, algunas tradiciones pueden perdurar dentro de la globalización pero con formas adecuadas a las demandas actuales y a la nueva tecnología, de tal modo que la tradición también puede esconderse detrás de la forma moderna de un artefacto. En este nuevo escenario histórico, la globalización se asienta dentro de las economías locales, y los productos con estándares globalizadores introducidos primeramente en las urbes son ahora parte de la vida en las comunidades rurales. Lo anterior, permisible en la cultura material, define la fase Republicano-moderno en la cual se tendrán elementos que combinan la producción local con la producción industrial a lo largo del siglo XX, conduciendo hacia nuevas formas de expresión de la cultura. En otras palabras, algunos sectores dentro de una misma sociedad tienden en aceptar el cambio y adoptar una nueva realidad en línea con la globalización, mientras otros productos dentro del contexto arqueológico denotan cierto grado de resistencia al cambio. Así, productos de tradición indígena como las piedras de moler, comales y vasijas de barro siguen siendo producidos de manera artesanal en el área rural, los cuales se encontraran en competencia con productos industriales y la nueva tecnología notoria más que todo en las áreas urbanas de El Salvador.

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[1] Un ejemplo lo es el incremento en el consumo del café en el mundo, siendo en parte influenciado por la creciente industrialización y su demanda por la clase obrera desde finales del siglo XIX. Los estilos de vida en los países desarrollados han tenido una fuerte influencia en la vida campesina de los países dependientes. La política adoptada por estos países dependientes ha llevado a la ruptura de patrones tradicionales en la cultura local, entre los que se tiene la confiscación de tierras indígenas, conduciendo a la sociedad hacia el conflicto interno, tal sucedió en El Salvador a principios del siglo XX.

[2] El censo otorgado por Gutiérrez y Ulloa, intendente de San Salvador entre 1805 y 1811, es quizás el primer documento histórico de valor para el estudio del pasado reciente en El Salvador, permitiendo un bosquejo de lo que fue la vida en los últimos años de la colonia, y el advenimiento de la época republicana.

[3] Según Decreto Ejecutivo de 20 de noviembre de 1894 (Diario Oficial, 1894:1377): “Atendiendo a que es una verdadera necesidad para la enseñanza que haya un texto de Historia Patria en consonancia con los adelantos y descubrimientos modernos, y a que el incipiente Museo Nacional necesita para su cuidado y ensanche una persona que lo dirija, el Supremo Gobierno Provisional ACUERDA: comisionar al señor doctor don Santiago I. Barberena para que escriba la Historia antigua del Salvador y las biografías de los salvadoreños más distinguidos”. En 1914, Barberena publica “Historia de El Salvador, época antigua y de la conquista ˮ siendo ésta su obra más completa.

[4] Gómez Menéndez, en sección Estadística del Departamento de Santa Ana, 1859:64.

[5] Gómez Menéndez; en secciónEstadística del Departamento de Sonsonate 1860: 189.

[6] Gómez Menéndez, en sección Estadística del Departamento de Cuscatlán 1859: 172-173.

[7] Gómez Menéndez, en sección Estadística del Departamento de Sonsonate 1860: 220, 223.

[8] La Gaceta del Salvador del 4 de enero de 1855, en “Excavación en Izalcoˮ. Esta misma referencia es otorgada también por González (1896: 74-75).

[9] En aquel momento el Supremo Gobierno reporta el hallazgo de huesos humanos, ídolos de piedra, ollas, cántaros, y otros objetos de barro. En 1994, excavaciones arqueológicas realizadas en Catedral Metropolitana de San Salvador, dirigidas por Castellón Huerta (1995: 283-295), reportan también el curioso hallazgo de un entierro colonial, probablemente de un eclesiástico del antiguo Monasterio de Santo Domingo ubicado en el solar que hoy ocupa dicho templo. Este rasgo también se acompañaba de ofrendas compuestas de vasijas, cuya decoración y forma presenta motivos nativos, sugiriendo con ello una costumbre indígena en rituales cristianos hacia un personaje anónimo de la época.

[10] Entre los que se incluye Conchagua Vieja y Teca en La Unión, Cofradía, en Morazan, Acajutla, o Puerto Viejo en Sonsonate (Longyear, 1944:11-12, 78 y 80).

[11] Fowler Jr. se ha interesado en la arqueología histórica salvadoreña desde el año de 1975, considerado por muchos como el pionero en este campo para este país (ver Fowler Jr.,1981 y 1983).

[12] Peccorini (1913: 176) fue el primero en reportar la existencia de sitios arqueológicos prehispánicos en San Salvador y contiguo a "La Puerta de La Laguna" en la zona de Antiguo Cuscatlán muy próximo a esta ciudad. Poco después, Lardé (1926a y 1926b) y Lothrop (1927) son los primeros en practicar la arqueología en la periferia de la ciudad de San Salvador, incluyendo el registro de sitios como Acelhuate y Soyapango (en Longyear, 1944: 79). Lardé y Lothrop también reconocen contextos prehispánicos en capas estratigráficas en El Zapote, lugar el cual es conformado por una pequeña loma en el barrio San Jacinto. Luego, en 1944, en ese mismo lugar Boggs (1944) identifica una tumba prehispánica. Sin embargo, el mismo Boggs (1945, y en Longyear, 1944:79) en 1939 ya había dirigido un primer rescate arqueológico en el Club Internacional en el Centro de San Salvador, recuperando material prehispánico. Por lo anterior, puede decirse que Boggs es el primero en practicar la arqueología propiamente urbana en este país. Longyear y Boggs también identifican más sitios en esta región urbana entre los que se incluyen Los Planes de Renderos, Quetzalcoatitan, San Antonio Abad y Valle Mariona (Longyear, 1944:79). Más adelante, Porter (1955) y Haberland (1960) excavan en Barranco Tovar, un sitio localizado al sur de San Salvador, en donde recuperan y analizan una fuerte cantidad de fragmentos cerámicos y figurillas preclásicas ubicadas bajo ceniza volcánica. En 1994, Castellón Huerta (1995:288) también identifica cerámica del tipo Salúa y Rojo Inciso del período Clásico tardío (600-900 d.C.) en el subsuelo ocupado hoy día por Catedral Metropolitana de San Salvador.

Hasta la actualidad se han realizado aproximadamente una treintena de intervenciones y rescates arqueológicos dentro del área urbana de San Salvador y zonas colindantes, incluyendo áreas proyectadas para nuevas urbanizaciones como Madre Selva, Cerro El Portezuelo, Zacamil, El Zapote y Complejo Cultural San Jacinto, Cumbres de Cuscatlán, y boulevard Monseñor Romero (Diego de Holguín), Ciudad Merliot, y otros. En el pasado se han reportado sitios arqueológicos en barrio Santa Anita (Boggs, 1972; Longyear, 1944: 79) y en las colonias San Mateo, Zacamil, Saburo Hirao, y sectores aledaños al Estadio Cuscatlán.                

[13] Las intervenciones en la casa Hacienda La Bermuda, en la segunda mitad de la década de 1970, fue quizás el primer proyecto interdisciplinario importante previo a la formación de la arqueología histórica en El Salvador (La Cofradía, 1977a). Lo anterior significaría un importante avance en el desarrollo de las restauraciones en edificios históricos en el país. Esta casa corresponde con una hacienda localizada muy próxima al sitio Ciudad Vieja, este último considerado la primera villa española de San Salvador fundada en 1528. Por su arquitectura, esta casa y la hacienda fue considerada como uno de los principales centros procesadores de añil durante el apogeo de esta industria. Se cree que la casa pudo alojar a los propietarios de la hacienda y servir como centro de enlace comercial con otros mercados del país (La Cofradía, 1978: 4-5). Aquel proyecto también incluyó intervención de suelos a cargo de la Facultad de Ingeniería y Arquitectura de la Universidad Nacional de El Salvador, e investigaciones ecológicas a cargo del Departamento de Biología de la misma Universidad.

[14] Según Pohl (1977: 6), las casas registradas son de magnitudes relevantes las cuales obedecen a un mismo esquema o patrón de diseño relacionado con zonas donde se procesó el añil.

[15] También en Archivo Departamento de Arqueología, SECULTURA, documentos sin fecha.

[16] Archivo Departamento de Arqueología, SECULTURA, documentos sin fecha.

[17] Ver Banco Central de Reserva (1997), Climent (2010), Ministerio de Economía (2008).

[18] Como resultado se tienen al menos 245 estudios y reportes arqueológicos generados entre 1992 y 2012, y al menos 1,028 inspecciones técnicas entre 1999 y 2012 a nivel nacional.

[19] Se incluyen aquí las intervenciones realizadas en el Coro Nacional, Palacio Nacional, Teatro Nacional y el edificio de la Policía Nacional Civil o Castillo de la Policía (Amador, 2005) y solar del antiguo Palacio Municipal (Erquicia, 2013), y solar ocupado por la desaparecida Casa Blanca (Gallardo, 2013) en San Salvador; así como en el templo Santiago Apóstol en Chalchuapa (Ramírez, 2007) y residencias y edificios históricos de San Tecla incluyendo el colegio Tridentino y la antigua penitenciaría. En otras ciudades se tienen las intervenciones en los cascos históricos de Santa Ana, Sonsonate, Ahuachapán, San Vicente, Ilobasco y Suchitoto.

[20] Este inventario se encuentra en la Dirección de Registro de Bienes Culturales (DRBC), de la Secretaría de Cultura (SECULTURA), El Salvador.

[21] Como el caso de la basílica de El Pilar, en San Vicente, reportado por Amador en 2003.

[22] Como el caso del Palacio Nacional en San Salvador, reportado por Erquicia en 2001, y asistido por el autor.

[23] Este punto es discutido en Valdivieso (2014).

[24] Entre algunos ejemplo, esta capa ha sido identificada en Santiago Apóstol en Chalchuapa y San Juan Bautista de Nahuizalco ambos proyectos dirigidos por la entonces Unidad de Arqueología bajo la dirección del arqueólogo José Vicente Genovés en 1997; San Miguel Arcángel de Ilobasco asistido por el autor en el año 2005; San Pedro Apóstol de Metapán intervenido por el Departamento de Arqueología de CONCULTURA en 2005, Nuestra Señora de la Asunción de Ahuachapán intervenido por Amaroli en 1985 y el autor en 2002 y 2003, y El Pilar en San Vicente, en un proyecto dirigido por el arqueólogo Fabio Amador en el año 2003. Y otros informes más. Incluso el subsuelo de Catedral Metropolitana, en un proyecto dirigido por Román Blas Castellón en 1994, nos enseñó en una ocasión el curioso hallazgo de un entierro colonial, siendo muy probable que éste refiera a un eclesiástico del antiguo Convento de Santo Domingo. Este rasgo se acompañaba de ofrendas compuestas de vasijas, cuya decoración y forma presentan motivos nativos, sugiriendo la práctica de costumbres indígenas en rituales cristianos. Todos estos informes, muchos no publicados, pueden encontrarse en las oficinas del Departamento de Arqueología de SECULTURA en San Salvador.

[25] El relleno es referido en Castellón Huerta (1995: 283-285); Valdivieso (2005); Amador (2005); Ramírez (2007) y Esquicia (2001, 2006, 2013).

[26] Entre los basureros más importantes hasta el momento registrados se tiene uno en el solar ocupado por el antiguo Palacio Municipal de San Salvador (Erquicia, 2013), otro bajo el templo Santiago Apóstol en Chalchuapa, (Ramírez, 2007), y un tercero en el subsuelo del colegio Tridentino de Santa Tecla (Valdivieso, 2002).

[27] En cuanto a la alfarería, tanto en Ahuachapán como en el centro histórico de Santa Tecla y San Salvador se recuperan fragmentos vidriados color café y algunos decorados con bandas verdes o rojas. Al mismo tiempo, en estas tres ciudades se ha logrado recuperar material de tradición indígena, incluyendo asas y bordes los cuales sugieren ollas, comales y cuencos domésticos relacionados a épocas históricas, y algunas cerámicas que bien pueden datar del período Clásico tardío (600-900 d.C.) y Postclásico (900-1521 d.C.). En San Salvador, la alfarería de tradición indígena ha sido identificada por Castellón Huerta en Catedral Metropolitana (1995: 288), Erquicia en el solar del antiguo Palacio Municipal (2013, en Figura 17), y por el autor en el Coro Nacional y en el templo a Nuestra Señora de la Asunción de Ahuachapán.

[28] Generalmente la porcelana recuperada es material fragmentado, siendo muy raro encontrar algún espécimen completo a excepción de una jarra proveniente del subsuelo del edificio de Coro Nacional en San Salvador. Los diseños y formas reconocidas en la porcelana recuperada en Nuestra Señora de la Asunción en Ahuachapán (Valdivieso, 2005), guardan mucha semejanza con materiales recuperados en el centro histórico de San Salvador (Erquicia, 2013) y el centro histórico de Santa Tecla (Valdivieso, 2002). Mucho de la porcelana recuperada tanto en Nuestra Señora de la Asunción de Ahuachapán como en el solar ocupado por el antiguo Palacio Municipal en el centro histórico de San Salvador presenta vajillas con decoración azul y blanco y otras con motivos fitomorfos. También se ha logrado recuperar cerámica de transferencia tanto en Ahuachapán como en Santa Tecla y centro histórico de San Salvador. Algunas imágenes en porcelana encontradas en estas tres ciudades reflejan escenas domésticas y escenarios campestres de una Europa victoriana, cuya manufactura parece corresponder con casas inglesas. No obstante, se sabe bien que las fábricas inglesas en el transcurso de su historia han sido numerosas, con sucesivas innovaciones en sus diseños y formas. Por ello resulta sumamente difícil rastrear el origen de determinada vajilla. (Gámez Martínez, 1996: 29).

Asimismo, en San Salvador (Erquicia, 2013; Castellón Huerta, 1995) y Ahuachapán (Valdivieso, 2005) se tienen también especímenes de porcelana china, y otros que parecen imitar estilos orientales. En Catedral Metropolitana de San Salvador, Castellón Huerta (1995:288) atribuye esta porcelana al tipo Ming. En el solar ocupado por el antiguo Palacio Municipal, Erquicia (2013; Figura 5) atribuye las características de esta porcelana al tipo Kang Shi, producida entre 1661 y 1722. Sin embargo, a finales del XIX algunos países americanos, tal lo hizo Inglaterra a finales del siglo XVIII, dieron también en fabricar porcelanas con motivos orientales. No obstante, se sabe que efectivamente las familias prominentes en Latinoamérica lograban adquirir vajillas venidas del otro lado del globo (Gámez Martínez, 1996). Mucho de la porcelana recuperada tanto en Nuestra Señora de la Asunción de Ahuachapán como en el solar ocupado por el antiguo Palacio Municipal en el centro histórico de San Salvador presenta vajillas con decoración azul y blanca y otras con motivos fitomorfos. También se ha logrado recuperar cerámica de transferencia tanto en Ahuachapán como en Santa Tecla y centro histórico de San Salvador.

[29] Las botellas recuperadas en contextos de la fase Republicana-temprano en Nuestra Señora de la Asunción de Ahuachapán, Santiago Apóstol en Chalchuapa, centro histórico de San Salvador y centro histórico de Santa Tecla sugieren en su mayoría corresponder a licores. Se tienen botellas de vidrio verde y color ámbar o negro. Estos contextos también demuestran la existencia de botellas de Gres importadas y utilizadas como contenedores de cerveza u otros líquidos, las cuales son similares a los ejemplares producidos y distribuidos por Holanda e Inglaterra en el siglo XIX (Takada, 2002). Ya algunos viajeros del siglo XIX y principios del XX, así como las referencias periodísticas de eventos suscitados en aquella época dejan en claro que la bebida del pueblo era la chicha y el agua ardiente, mientras que la gente de sociedad, no solo en El Salvador sino en todo Latinoamérica, bebían ginebra, whisky, brandy, vino y champaña. No obstante, es posible que las botellas fuesen también reutilizadas para verter en las mismas otros líquidos no alcohólicos. A su vez, también se tienen frascos de otras substancias. El último proyecto arqueológico realizado en el solar ocupado por el antiguo Palacio Municipal en San Salvador dirigido por Erquicia (2013) logra recuperar una botella de Agua Florida de la marca Murray y Lanman, y un frasco de Crema de Miel de la marca Hinds. En el centro histórico de Santa Tecla (Valdivieso, 2002) y en Santiago Apóstol de Chalchuapa (Ramírez, 2007) se recuperan frascos miniaturas presuntamente utilizados como tinteros, mientras que en Nuestra Señora de la Asunción de Ahuachapán (Valdivieso, 2005) se han logrado recuperar botellines miniatura posiblemente para medicamentos. Así también en excavaciones arqueológicas realizadas en Santa Tecla (Valdivieso, 2002), Chalchuapa (Ramírez, 2007) y San Salvador (Erquicia, 2013) ha sido posible recuperar muestras de frascos y botellas para condimentos, incluyendo un espécimen de salsa inglesa del siglo XIX.

[30] Esto incluye clavos, latas, monedas, y en ocasiones se han encontrado restos de candelabros entre otros.

[31] Esto es percibido desde muy temprano en la colonia, tal lo ha demostrado Fowler Jr (2011) en Ciudad Vieja en donde las instituciones de control, la élite social, el comercio y la industria se alojaba en el casco urbano aunque no necesariamente contiguo a la plaza mayor. De acuerdo con Fowler Jr. (2011:209): “Hay que recordar que los planos ideales para las ciudades hispanoamericanas de la Conquista y la época colonial temprana siguen sus normas generales pero también manifiestan             bastante variación en las ubicaciones relativas de las estructuras más importantes, como es la iglesia. La hipótesis con que trabajamos actualmente es que la iglesia está a una cuadra al este de esta plataforma (Estructura 4E2) y la plaza, en la esquina sureste del cuadrante 4F del mapa del sitio”. Los barrios en donde residían los indios amigos de los españoles es posible que correspondan con los márgenes de la ciudad. Sin embargo es muy poco lo que se sabe de estos grupos. Tal se ha mencionado, San Salvador fue movida a su asiento actual en 1545. En este nuevo asiento, la referencia documental histórica, arqueológica y arquitectónica señala un patrón similar, en donde el clero y gobierno, el comercio y la residencia élite se ubica en la zona del casco urbano. De este modo, podrían ser casi más de 400 años siguiendo un patrón de asentamiento y de segregación urbana el cual parece cambiar ya en tiempos de la República-moderna, aunque el cuadro central permanece. Lo anterior pudo darse a consecuencia de la diversificación de la ciudad en su traza y las nuevas tendencias urbanísticas venidas con el siglo XX. Sin duda, existe más información resguardada en los márgenes citadinos la cual aun es posible recuperar y reconstruir así la historia de estos grupos marginados.

[32] Patrón de asentamiento es un término ampliamente utilizado en arqueología para distinguir modelos y estándares de establecimientos humanos a través de la construcción, tamaño y distribución de espacios domésticos, áreas cívicas y religiosas, plazas y otros, y su localización dentro del paisaje. Este término fue introducido por Willey (1953) con el objeto de reconocer jerarquías y aspectos culturales y sociales en asentamientos prehispánicos en el valle de Virú, Perú.

[33]Al menos durante la colonia, Card (2007) describe la cerámica indígena con las primeras formas hibridas. No obstante, la cerámica de tradición prehispánica temprano en la colonia en El Salvador es previamente discutida por Haberland (1978), Sharer (1978), Beaudry (1983), Amaroli (1992), Fowler Jr. (1981), y Sampeck (2007).

[34]Hartman (2001: 183) otorga un ejemplo para El Salvador. En su visita a la región occidental de El Salvador en 1897, Hartman describe la adoración de ídolos de piedra de la siguiente manera: “Aún hoy, cuando llega la época de la siembra, los pipiles cuelgan guirnaldas de hojas multicolores de Tradenscantiaversicolor -una planta comúnmente cultivada por nosotros- alrededor de sus dioses del maíz -ídolos de piedra pequeños y toscos- y por las noches encienden velas y les ofrecen incienso. Vi ídolos de piedra similares en los campos de maíz, a poca distancia de la iglesia católica construida en el siglo XVI en el altar de la propia ciudad de Nahuizalco, así como escondidos en grutas de los valles fluviales. Tan pronto como llueve y los dioses han cumplido con su misión, los hunden profundamente en los pantanos del río y los dejan descansar allí hasta la próxima siembra, cuando los vuelven a buscar. En el altar de las iglesias católicas de la región de los pipiles se pone, durante la siembra, una vasija de arcilla con un brote de maíz verde”. Más adelante agrega: “Algunos de esos ídolos de piedra todavía existen y son adorados por los indígenas. Se les ofrenda flores, incienso y velas. Para acabar con esta competencia molesta, los sacerdotes han destruido, cuando han podido, dichos ídolos de piedra. En un lugar no muy lejano de Nahuizalco, el alcalde me mostró un ídolo gigantesco al lado de una antigua piedra de sacrificio que un sacerdote había hecho dinamitar pocos años antes. Al lado del camino que conduce a Nahuizalco hay, desde tiempos inmemoriales, una figura de piedra del tamaño de un hombre, al que se conoce como el guardián o señor del camino. Poco antes de mi llegada, y por encargo del sacerdote, lo habían hecho rodar hasta el mar. Sin embargo, los indígenas lo buscaron y lo pusieron de nuevo en su antiguo lugar. El sacerdote ordenó entonces que lo tiraran a un precipicio donde, con toda seguridad, acabó por romperse”. Hace pocos años, se tuvo el reporte de un ídolo de piedra encontrado en Nahuizalco, en el departamento de Sonsonate (ver Alvarado, 2008). Aunque este ídolo carece de mayores referencias en cuanto a su contexto, ya que no existen reportes de ejemplares similares provenientes de sitios arqueológicos prehispánicos en El Salvador. Años atrás, la alcaldía de Juayúa, en Sonsonate, reportó el hallazgo de dos esculturas cuya forma se asemejaban al ejemplar de Nahuizalco, observadas por el autor. Estos últimos ejemplares desaparecieron. Es posible que estos ídolos correspondan con tradiciones indígenas en épocas históricas. En El Salvador, muchas de estas costumbres debieron darse hasta poco después de la abolición definitiva de las tierras comunales o ejidos a principios del siglo XX.

[35] Un caso puede serlo el queso, introducido por Europa en América, utilizado en las pupusas de tradición indígena. Aunque poco se sabe sobre el origen de este platillo tradicional salvadoreño, es muy probable que en su origen utilizó elementos netamente indígenas, como los frijoles, obteniéndose así las pupusas de frijoles. El queso debió ser una añadidura posterior.

[36] Por ejemplo, el caso de la introducción de las letrinas en las comunidades campesinas de El Salvador en la década de 1950, cuya experiencia es compartida por Foster (2002). En este caso, el investigador otorga un vistazo a la vida en estos sectores marginales y el rechazo inicial a la introducción de nuevas condiciones para la realización de ciertas necesidades biológicas. Foster agrega que luego de un terremoto en 1950, el gobierno construyó campamentos temporales para los damnificados, los cuales incluyeron letrinas modernas. No obstante, de acuerdo con Foster, la aceptación de estas letrinas fue limitada. Finalmente el investigador llegó a la realización que estas personas estaban acostumbradas a defecar entre los arbustos y bajo los árboles. De este modo, cuando las letrinas fueron trasladadas de lugares abiertos a lugares bajo los árboles, con techo, los requerimientos psicológicos para defecar se cumplían para todos. Veinte años antes, los médicos de la Fundación Rockefeller en Java descubrieron exactamente lo mismo.