Número 17. Enero-Diciembre 2010

El III Duque de Feria, gobernador de Milán (1618-1626 y 1631-1633)

The III Duke of Feria, Governor of Milan (1618-1626 and 1631-1633)

Juan Manuel Valencia Rodríguez

IES. Salvador Távora, Sevilla (España).
juanmanuelvalenciarodriguez@gmail.com

Don Gómez Suárez de Figueroa, III duque de Feria, instruido desde la juventud por su padre para servir a la Monarquía, protagonizó sus días más brillantes durante dos mandatos al frente del gobierno de Milán, en los que consiguió reforzar la influencia española en el Norte de Italia, y en sus empresas en Alsacia. Ejerció también los cargos de Virrey de Valencia y del Principado de Cataluña, y fue miembro del Consejo de Estado. Su posición en política exterior era más belicista y agresiva que la del conde duque de Olivares. Está considerado uno de los últimos dirigentes militares capacitados del Imperio español; su intervención en La Valtelina a favor de los católicos y contra los grisones, protestantes, durante su primer mandato como Gobernador y Capitán General de Milán, y los éxitos al frente del Ejército de Alsacia en la liberación de las plazas de Breisach, Constanza y Rheinfelden, ya en vísperas de su muerte, así lo atestiguan.


Fecha de recepción: 18/8/2010

Fecha de aceptación: 26/8/2010


Palabras clave: III duque de Feria, gobierno de Milán, valle de LaValtelina, Tratado de Cherasco, Ejército de Alsacia.


Para citar este artículo: Valencia Rodríguez, Juan Manuel (2010). El III Duque de Feria, gobernador de Milán (1618-1626 y 1631-1633). Revista de Humanidades [en línea], n. 17, artículo 1, ISSN 2340-8995. Disponible en http://www.revistadehumanidades.com/articulos/12-el-iii-duque-de-feria-gobernador-de-milan-1618-1626-y-1631-1633 [Consulta: Martes, 10 de Diciembre de 2019].


Abstract: Don Gomez Suárez de Figueroa, III Duke of Feria, instructed from his youth by his father to serve the monarchy, lived his most glorious days during two mandates heading the government of Milan, during which he managed to strengthen the Spanish influence in Northern Italy, and in its operations in Alsace. He also held office as viceroy of Valencia and the Principality of Cataluña and was member of the State Council. His position in foreign politics was more aggressive and warmongering than the Count-Duke of Olivares. He is considered to be one of the last skilled military rulers of the Spanish Empire; his intervention in La Valtelina in favor of the Catholics and against the protestant Grisons, during his first mandate as Governor and Captain General of Milan, and the successful operations leading the Army of Alsace in the liberation of the fortifications of Breisach, Constance and Rheinfelden, shortly before his death, give evidence of this.


Keywords: III Duke of Feria, Government of Milan, La Valtelina Valley, Treaty of Cherasco, Army of Alsace.

Sumario
1. Una personalidad sobresaliente. 2. Primer gobierno de Milán (1618-1626). 3. Consejero de Estado en Madrid (1626-1629). 4. Segundo mandato en Milán (1631-1633). 5. Al frente del Ejército de Alsacia (1633). 6. Munich, estación final (1634). 7. Archivos. Abreviaturas utilizadas. 8. Referencias bibliográficas.
Artículo

Un año antes de morir, Lorenzo Suárez de Figueroa, II duque de Feria, dirigía al valido Real, el duque de Lerma, estas consideraciones sobre su hijo don Gómez, que estaba con él en esos últimos meses de su virreinato en Sicilia: “... en esto quiero decirle que se pareze mucho con mi Padre, que del tiempo que le conoció, aunque no fue mucho, y de la criança de los suyos, estoy bien cierto de lo que estima esto.”

Y en efecto, el III duque de Feria, don Gómez Suárez de Figueroa era (en eso recordaba a su abuela inglesa, la enérgica Jane Dormer) todo un temperamento, capaz de plantar cara en ciertos momentos a las orientaciones en política exterior del todopoderoso conde-duque de Olivares. Con dotes probablemente superiores a las de su padre, era digno sucesor de su abuelo, el I duque de Feria, que tan próximo estuvo a Felipe II. Fue un destacado hombre de Estado que ejerció desde la juventud y casi sin interrupciones puestos políticos, militares y diplomáticos importantes: con solo veinte años sustituyó en 1607 a su difunto padre como embajador de obediencia ante la Santa Sede. En 1610 es designado por Felipe III para una embajada extraordinaria en Francia. De 1615 a 1618 es Virrey y Capitán General del Reino de Valencia. A continuación ejerce como Gobernador del Estado de Milán, desde 1618 a 1626. De regreso a la Corte, participa intensamente como consejero de Estado en la dirección central de la política exterior, y en 1628 se le comisiona para tratar con Francia la sucesión al ducado de Mantua. Entre junio de 1629 y noviembre de 1630 desempeña el cargo de Virrey del Principado de Cataluña, Rosellón y Cerdaña. Desde allí marcha a un segundo mandato como Gobernador de Milán hasta que en 1633 parte para dirigir el llamado “ejército de Alsacia”, con el que protagoniza algunos éxitos militares antes de enfermar de gravedad y morir en Munich a comienzos de 1634.

Nació don Gómez el 31 de diciembre de 1587 en Guadalajara, en la casa de su abuelo materno, el duque del Infantado, y fue bautizado en la parroquia de Santiago de aquella ciudad .

1. Una personalidad sobresaliente

El III duque de Feria es descrito como hombre de gran corpulencia, impresión que ratifican los diversos retratos que de él conocemos. Estaba imbuido de un intenso orgullo de linaje, algo usual en un gran noble español. Vaucelas, embajador francés en Madrid, escribía en 1610: “me habló a la manera española, elevándome su casa hasta el cielo, y menospreciando a todo el resto de España, incluso al gobierno y los que lo manejan.”

Instruido desde la juventud por su padre para servir a la Monarquía, don Gómez protagonizó sus días más brillantes durante dos mandatos al frente del gobierno de Milán, en los que consiguió reforzar la influencia española en el Norte de Italia, y en sus empresas en Alsacia. Está considerado uno de los últimos dirigentes militares capacitados del Imperio español; su intervención en La Valtelina a favor de los católicos y contra los grisones, protestantes, durante su primer mandato como Gobernador y Capitán General de Milán, y los éxitos al frente del Ejército de Alsacia en la liberación de las plazas de Breisach, Constanza y Rheinfelden, ya en vísperas de su muerte, así lo atestiguan.

La fuerte personalidad del personaje ha quedado registrada por múltiples fuentes. Cánovas lo considera un “hábil capitán, no menos que buen político” (Canovas del Castillo, 1910: 192). Aunque su padre se había cuidado de que recibiera una esmerada formación, eso no impedía el brío y testarudez de que hacía gala, que el cronista Céspedes describe así: “Era el de Feria belicoso, de ingenio y ánimo constante, de no vulgar erudición, ornamento de letras, en que hallaua premio el valor y la virtud, si bien difícil de apear de lo emprendido alguna vez.” (Céspedes y Meneses, 1631: 500). También el conde Galeazzo destaca sus amplios conocimientos y despierta inteligencia (Galleazzo, 1641: 146).

Fue una de las escasas personas con criterio propio y atrevimiento bastante para contradecir los puntos de vista de Olivares (primero a propósito de La Valtelina y más tarde reclamando una jefatura militar única) y de enfrentarse a él, incluso con mordacidad, según Elliott, por lo que el Conde-Duque procuró sacudirse cuanto antes su molesta oposición en el Consejo de Estado enviándolo como Virrey a Cataluña (Elliott, 1990: 383-384; Elliott y Peña, 1978-1981: 308). Según la opinión popular que se fue difundiendo cada vez con más fuerza contra don Gaspar, el duque de Feria era uno de los principales damnificados por la prepotencia del valido de Felipe IV . Don Gómez era un decidido belicista. Lo demostrará en una acción netamente ofensiva, la ocupación en 1620 del valle de la Valtelina, audacia que, junto a la brillante ocupación del Palatinado por Ambrosio Spínola, dio alas al renacido hegemonismo español (Elliott, 1996: 385). Se opuso primero a Lerma y más tarde a Olivares, cuya política consideraba demasiado prudente, sin advertir que ya no corrían para España los tiempos pujantes de su abuelo, cuando el Emperador y Felipe II eran los grandes dominadores de Occidente.

Este “partido de los halcones”, en expresión de Stradling, había tenido su figura más implacable en Zúñiga, tío de Olivares y muñidor de la caída de Lerma; con él se alineaban don Pedro de Toledo, Spínola, el duque de Feria, Oñate y el duque de Osuna (Rott, 1887: 35). Esta corriente había sido también decidida partidaria de la estrecha colaboración entre las dos ramas de los Habsburgo y del final de la Tregua de los Doce Años con los rebeldes holandeses (Stradling , 1992: 99). Un informe de junio de 1620 sobre la situación en Alemania es buen exponente de la resuelta y beligerante posición de Feria:

"V. Md. tiene en su poder lo mejor de Europa y más soldados que ningún Prínçipe del Mundo, y no falta sino que V. Md. haga experiençia de sus Armas y de su fortuna. Y V. Md. puede ver con la experiençia de los subçesos pasados que siempre que sus exérçitos han llegado a ver sus enemigos los han vençido, y la floxedad y falta de resoluçión ha sido causa que no se logren los buenos subçesos. La tregua de Flandes se acaua dentro de diez meses, y mantener dos guerras en vn mismo tiempo es imposible hazerlo con la falta de hazienda que tiene V. Magd. por mayor monarca que sea. V. Md. está a tiempo y tiene gente, dinero, para poder este año acabar la guerra de Bohemia sin desguarneçer a Italia, pues podrá mandar hazer algunas lebas gruesas en Spaña con que asegurarla, y todos los bassallos de V. Md. se dispondrán con mucho gusto a yrle a seruir en tan justa empresa, pues demás de ser de religión es propia de la Cassa de V. Md., a quien guarde Nuestro Señor.
[Anotación del Rey a este informe:] Lléuese al señor don Agustín Messía para que lo tenga visto.
[Anotación del Consejo:] El Real Consejo, que se ha visto con atención lo que dize y se agradeçe su buen zelo, y se queda mirando en ello con el cuydado que pide la materia".

Sus actuaciones, especialmente como gobernador de Milán, le dan la consideración de político con capacidad de iniciativa independiente, de actuar en ocasiones por su propia cuenta y riesgo en función de las necesidades coyunturales sobre el terreno, sin esperar unas órdenes de Madrid que podían tardar en llegar, como ocurrió con la ocupación en 1620 del estratégico paso alpino de la Valtelina , que tal vez supuso el paso de una estrategia defensiva a otra netamente agresiva. “El gran promotor de esta táctica, el duque de Feria –dice Stradling-, no tenía paciencia para las sutilezas jurídicas: ‘abandonar estos pasos es facilitar los planes de nuestros enemigos, conservarlos es reducirlos a la inutilidad... ¿Vamos a consentir que este pequeño trozo de tierra paralice a la monarquía?” (Stradling, 1992: 116).

La fama del III duque de Feria se vio engrandecida por las victorias con el ejército de Alsacia durante el último año de su vida, de manera que todavía en 1641 Vélez de Guevara se refería a él en su Diablo Cojuelo como “aquel gran portento de Italia, que malogró la Fortuna, de envidia” (Rubio Masa, 2001: 108). En fin, parece opinión generalizada que fue una de las últimas personalidades brillantes del Imperio español, cuya potencia decaía a ojos vista en cuanto a brillantez de sus dirigentes, fuerza militar y capacidad económica. Eso es lo que parece reflejar este elogio póstumo de un jesuita, impulsado sin duda a la exageración por el declive evidente del poderío español:

"El buen duque de Feria puso fin á sus glorias con una santa muerte, de una enfermedad que le dio en Baviera que le duró veinte días. Ha sido el extremo con que se ha sentido sobremanera grande, por su mucho valor, prudencia y raras prendas, y ser el primer hombre que tenía esta monarquía. Su Encomienda la dieron luego a su hijo, y se trata de enviar sucesor. Llegará cuando no haya en qué suceder. Déle de mi parte el pésame al P. Visitador, que yo no he tenido ánimo para escribírselo".

2. Primer gobierno de Milán (1618-1626)

Aunque ya conocía su nuevo destino en Milán, en mayo de 1618 se encontraba todavía en Valencia, en donde a finales de marzo había obtenido de los banqueros genoveses Farnesio, a través de su agente en Valencia Horacio Paravicino, un oneroso préstamo a corto plazo de 22.000 ducados, adelantados para financiar el viaje desde Valencia y establecimiento en Milán conforme a la calidad de su persona . El marqués de Tavara, Antonio Pimentel y Toledo, sustituyó a don Gómez en el virreinato de Valencia, que había ocupado hasta entonces el prócer extremeño.

El ducado de Milán era uno de los territorios más ricos de la monarquía y de enorme peso geopolítico para los Austrias españoles debido a su situación geográfica. Al mismo tiempo estaba rodeado de peligrosos enemigos, como Venecia y Saboya, que podían contar a menudo con la ayuda de Francia y de los rebeldes holandeses, por lo que era una posesión muy costosa de mantener para la Corona española . Tras la caída del “camino español” bajo control francés, consagrada en el Tratado de Lyon de enero de 1601, Milán había gozado a comienzos de siglo de mandatarios del calibre del conde de Fuentes, que había consolidado por vía diplomática la relación de España con la liga de los terratenientes protestantes, los Grisones, que dominaba el sureste de la actual Suiza (Fuentes, 1908; (Parker, 2000: 105-108) . Después el ducado lombardo estuvo bajo la dirección del marqués de Villafranca, Pedro Álvarez de Toledo y Osorio, hasta que en 1617 solicitó se le diera licencia para dejar el puesto y se nombrase un sustituto para el mismo. Felipe III encargó entonces al Consejo de Estado que debatiese sobre cuál sería el sucesor más idóneo.

Durante las deliberaciones todos los consejeros, atendiendo a las graves tensiones que se acumulaban en Lombardía, se inclinaban por el nombramiento de un militar, siendo el más votado el marqués de la Hinojosa, a quien muchos consideraban injustamente desposeído de ese cargo en el pasado. También se proponía, entre los de la milicia, al virrey de Navarra, don Alonso de Idiáquez, a don Agustín Messía, al marqués de Gelves, al duque de Alburquerque, a don Luis de Velasco, y a otros. No recayendo la elección en un soldado, la opinión unánime tenía al duque de Feria por el más a propósito para el cargo. Felipe III se mostró cauto y en una salomónica decisión que deseaba aprovechar las capacidades respectivas, políticas y militares, resolvió a finales de octubre de 1617 nombrar a don Gómez para el Gobierno de Milán y a don Alonso de Idiáquez, duque de Ciudad Real y entonces virrey de Navarra, para Maestro de Campo General .

Unos días antes de final de año Feria daba las gracias al Rey mediante correo por su nombramiento para Milán , aunque es posible que esperase y deseara un destino distinto, pues le escribió a su predecesor, el marqués de Villafranca:

“Su Majestad, Dios le guarde, ha sido tenido de ocuparme en el gouierno del Estado de Milán, y aunque otras conueniençias me pudieran inclinar a que le sirviese en otra parte, la confiança que en esta ocasión haze de mi persona, enviándome a ese gouierno, me haze yr con gran gusto y desseo de acertar a él”. Espera además los consejos del Marqués para “mantener la reputación del Rey en Italia.”

Don Pedro Álvarez de Toledo recibió con alborozo la noticia de su relevo en el puesto y la elección de Feria, “que tam bien le açertará ha seruir”. Como las cosas en esa época se desenvolvían con exasperante parsimonia, pasaron varios meses hasta que, el 11 de julio de 1618, el duque de Feria escribió que ese día salía por mar de Valencia rumbo a Barcelona, en donde tenía previsto recoger al duque de Ciudad Real y desde allí partir en las galeras hacia Milán . El 28 de ese mes informaba el marqués de Villafranca de la llegada de don Gómez, que se produjo seguramente el 5 de agosto .

Según Ripamonte, a pesar de su bisoñez Feria no desmerecía por su formación y cualidades del viejo Pedro de Toledo, marqués de Villafranca. Era “amigo de leer historia y de leer. Aunque fuese joven, no era inferior en cuanto a inteligencia y experiencias al Toledo... y ciertamente lo superaba en la gentileza de modales y en el arte de engañar”, y Matías de Novoa coincide en que era “persona de suma prudencia y maravilloso consejo”. No era seguramente lo que se dice un soldado, pero lo que entonces necesitaba la Lombardía era sobre todo un político con personalidad y competencia (Marrades, 1943: 40).

Villafranca describió a Feria un panorama tranquilizador de la situación en Milán. Creía que el territorio iba “encaminado a quietud por algunos años, pues los de la guerra an dejado a los vecinos gastados y cansados, y aunque esto nos ayudara para continuar las armas, quando todos quieren paz es forzoso que los soldados tengan paciencia. V. E., que la ha tenido en Valencia, en lo de aquí se allará muy bien porque cordialísimos son, felicísimos y vonísimos vasallos todos, y an sufrido lo que ellos solos pudieran tolerar, con la notable falta que he tenido de dineros. Si V. E. los trae todo se restaurará breuemente” .

Pero esos dineros seguirán faltando: Feria se encontrará una población saqueada por los impuestos y un ejército con efectivos escasos y mal equipados. Feria informó al Rey:

“hallé las cossas del exército en muy diferente estado del que V. Md. pensaua y yo creýa, pues el número de jente que se ha embiado a Nápoles es muy pequeño, y la cauallería y ynfantería que queda en pié es tanta como V. Magd. verá por las relaciones de los officiales del sueldo, y las compañías de tan pequeño número de soldados que es fuerça tratar luego de la reformación, y para hazerla es menester mucho dinero. V.Magd. me escriuió en Valencia que el dinero que me remitía era sólo para los Tercios de Ynfantería española que hauía quedado aquí. Ahora es menester tratar de reformar con este dinero todo el exército, pues en esto no puede hauer dilación, estando el Estado tan cargado, que aun por pequeño espacio de tiempo no puede sustentar tan gran peso. Es cierto, Señor, que si viese V. Magd. el trabajoso estado en que están estos pobres súbditos, causaría gran compassión y lástima, y ansí, supplico a V. Magd. encarecidamente mande embiar con mucha breuedad alguna buena cantidad de dinero para remediar tantos trabajos, y quitar a los vezinos el reçelo que tienen destas armas, que mientras estuuieren en pie, su mala conciencia y ruyn intención no los a de dejar quietos”.

Cuando llega a Milán el nuevo virrey la hacienda lombarda adolece de tal penuria que el Consejo de Italia solicita en 1618 la venta de feudos y títulos nobiliarios para paliar el déficit (Signorotto, 2006: 40). Los agobios financieros se recrudecerán por las nuevas exigencias de gasto militar surgidas durante el largo primer gobierno de Feria, al configurarse en Europa una nueva coyuntura geopolítica, marcada por diversos acontecimientos que conducían todos ellos a la confrontación: el final de la Tregua de los Doce Años en Flandes y la reversión del territorio a la Corona a la muerte del archiduque Alberto (1621), el subsiguiente comienzo de las hostilidades entre los príncipes protestantes y los Habsburgo austriacos tras la Segunda defenestración de Praga y la rebelión en Bohemia, que supondrían el inicio de la Guerra de los Treinta Años. Estas nuevas coordenadas políticas harán de Milán la llave de Italia y el eje central de la política europea de Felipe IV. En un informe sobre la situación en Alemania que envió Feria en diciembre de 1618 previó la reanudación de los conflictos que darán lugar a la citada Guerra, y se quejaba de la tibieza mostrada por el Papa a la hora de ayudar a la causa católica .

Los enfrentamientos tendrán como objeto principal de disputa el control del valle de La Valtelina, que desde 1610 había adquirido una importancia decisiva como ruta alternativa entre Italia y los Países Bajos, a causa del cambio de posición del duque de Saboya, tradicional aliado de España y ahora alineado con Francia. Se trataba de un pequeño valle en el curso alto del río Alda, habitado por una mayoría de población católica, por el que se podían atravesar con facilidad los Alpes para ir de Lombardía al Tirol. La penetración de la Reforma calvinista en el vecino cantón suizo de los Grisones redobló la importancia estratégica del valle, tanto para el mantenimiento del “camino español” en Europa (es decir, la vía de comunicación entre las posesiones españolas en el Norte de Italia –el ducado de Milán- y Flandes) como para los Habsburgo de Viena, que asumían el control militar del Tirol. Cerrado ahora el corredor de los valles saboyanos, a través de la Valtelina se podía llegar al paso alpino del Splügen, y de ahí a los cursos altos de los ríos Rin e Inn, que afluye a su vez al Danubio.

Existían en principio dos rutas posibles, pero utilizar una de ellas, la que iba del Lago Mayor al Sempione y paso de Furka hacia Alsacia y Lorena, se hizo difícil a partir de 1613, cuando la Confederación Suiza que controlaba esta vía cedió a los halagos y al dinero francés. Quedaba entonces la vía que desde el Lago Como y la Valtelina llevaba, por el Stelvio, al Tirol y, continuando hacia el Oeste, siguiendo el límite de Suiza, a la Alsacia. Acarreaba un desvío largo y tortuoso y presuponía contar con la amistad o al menos la neutralidad de los Grisones. España no tenía más remedio que garantizar la viabilidad de esta ruta si quería mantenerse en comunicación con los Habsburgo austríacos y el trayecto entre el Milanesado y Flandes, de ahí que el conde de Fuentes hubiese erigido el fuerte que llevaba su nombre. La importancia del lugar fue advertida de inmediato por el duque de Feria, que remitió al Consejo un plano y una descripción detallada de la zona:

“Hame pareçido embiar a Su Md. la planta de La Valtolina, que me ha costado mucho de hazer, pues ha sido menester buscar muchos papeles y tratarlo después con las personas pláticas [prácticas] de aquel país. Por ella verá v. m. lo mucho que importará estar en nuestro poder, pues veníamos con ella a asegurar los pasos de Alemania y cerraríamos a los veneçianos, de manera que no les podrá venir vn hombre de socorro de Francia ni de Alemania”.

Feria era todavía un hombre joven (30 años) cuando fue designado para el gobierno de Milán, y carecía entonces de experiencia en la jefatura militar. Propuso en junio de 1620 reunir todos los ejércitos de los Habsburgo para acabar de una vez la guerra en Bohemia, antes de que terminase la Tregua de los Doce Años (tal conjunción de efectivos suponía la imposibilidad de atender dos guerras al mismo tiempo), y planteaba ya la ocupación de la Valtelina . El 19 de julio de 1620 los habitantes católicos de la Valtelina se alzaron contra sus dominadores (Céspedes y Meneses, 1631: 62), los Grisones o Ligas Grises calvinistas, aliados de Francia, que habían ocupado el valle. Se produjo una matanza de reformados (Sacro Macello) y, con el pretexto de evitar una represalia de los Grisones, el gobernador de Milán, solicitado por los católicos, no esperó lo más mínimo para enviar sus tropas al valle, pese a que la mayoría del Consejo de Estado en España se inclinaba por una actitud de prudencia . El duque de Feria derrotó a los Grisones, se hizo con el control del valle y para consolidar su dominio estableció una cadena de fortalezas que permitía a España disponer de un nuevo corredor militar (Céspedes y Meneses, 1631: 62-67; Parker, 2000: 109) . Además, hizo saber a Venecia que una injerencia suya en el valle sería considerada casus belli (Marrades, 1943: 46) . La Signoría recogió el mensaje y retiró a sus tropas de holandeses.

Don Gómez, que había actuado con gran independencia en todo momento, presionó todo lo posible a Madrid para conservar las posiciones conseguidas y mantener una actitud firme hacia Francia, pero el Rey le comunicaba que “se estimará mejor servido, si acomodasse aquellos tumultos, que si le hiciese señor absoluto de la Valtelina”. Apoyaban la política agresiva de Feria el conde de Benavente, Presidente del Consejo de Italia, y su pariente el duque del Infantado. Sin embargo Zúñiga, que al menos desde 1617 era quien llevaba la voz cantante en política exterior, quería evitar nuevos frentes de lucha por el momento delicado que los ejércitos españoles vivían en Alemania, y con la Tregua de los Doce Años con Holanda a punto de expirar, y quería la paz con Francia aun a costa de abandonar los fuertes de la Valtelina, por lo que desaprobaba que don Gómez por propia iniciativa mantuviese una actitud belicosa. Felipe III presidió personalmente el Consejo de Estado y lo encontró muy dividido sobre el asunto (Elliott, 1990: 92-93). El Rey se inclinó por la negociación con Francia , pero el Tratado de Madrid firmado el 25 de abril de 1621, que devolvía la Valtelina a los Grisones, quedó como papel mojado al negarse los cantones católicos a ratificarlo, para alegría del duque de Feria, que, vigilante, no estaba dispuesto a dejarse arrebatar los frutos de su intervención (Marrades, 1943: 59-60) . Fue un inesperado triunfo para los Habsburgo, que no halló contestación inmediata por parte de sus enemigos en la zona -Francia, Venecia y Saboya-, unidos en la Liga de Avignon .

Sin embargo, las nuevas incursiones francesas en el valle obligaron a Feria a ponerse en acción otra vez. En el verano de 1621 preparó dos Tercios de italianos y declaraba que si no le dejaban el paso tan libre como estaba, él lo conseguiría por la fuerza. Y así lo hizo, sostenido por las peticiones del archiduque Leopoldo: envió los tercios lombardos al mando de don Juan de Córdoba y don Juan Bravo y él mismo se personó en La Valtelina, de donde se desalojó al enemigo rápidamente, aunque con notables pérdidas. Tras la toma por Feria de la plaza de Chavena las tres Ligas enemigas solicitaron la paz . Aunque después se mantuvo a don Gómez apartado de las negociaciones , y a pesar de que en el otoño de 1621 los Habsburgo habían perdido Alsacia, lo que suponía un duro golpe para la seguridad de las comunicaciones españolas entre Italia y Flandes, la paz firmada (Tratado de Aranjuez, 3 de mayo de 1622), que dejaba los fuertes de la Valtelina en manos del Papa, si bien no satisfizo a Feria , ratificaba parcialmente sus conquistas y garantizaba la viabilidad del nuevo camino español que de Italia llevaba al Tirol y de ahí a Flandes (Marrades, 1943: cap. 7) .

La situación, empero, estaba lejos de estabilizarse. En noviembre de 1624, sin previa declaración de guerra, Francia, Venecia y Saboya, aliados contra Génova, amiga tradicional de España, invaden la Valtelina con un ejército franco-suizo de 9.000 hombres y expulsan a los soldados del Papa a cuya custodia habían quedado las fortalezas en aplicación de los tratados anteriores. Feria, desesperado, comunicaba por esos días al conde de los Arcos:

“El mal estado en que quedan los negocios de la Valtelina sabrá V. S. del Gran Chanciller [se refiere a Antonio Ferrer]... Asiguro a V. S. que siento amargamente de que se pierda aquel Valle por culpa de Su Santidad y de sus ministros, en no auer querido admitir el socorro que yo les ofrecí con tiempo.”

De nuevo se planteó el debate en el Consejo de Estado ante la renacida combatividad de Francia en la zona. Mientras Olivares se inclinaba otra vez por la prudencia y la negociación, conocedor de los apuros de la Hacienda Real, y quería presentar el asunto como una cuestión entre Francia y Roma, el duque de Feria y el marqués de Mirabel, embajador en París, con el apoyo del marqués de Montesclaros y de don Pedro de Toledo, le instaban a contestar al reto francés con un gran despliegue de tropas en el Norte de Italia (Elliott, 1990: 235).

Mientras fuerzas navales francesas bloqueaban Génova, lo que suponía un serio peligro para las comunicaciones entre Barcelona y Milán, Carlos Manuel de Saboya invadió el Monferrato, ayudado por un ejército francés. España se alía con Parma, Módena, Toscana, Génova y Luca, y nombra jefe de las tropas aliadas al duque de Feria. En abril de 1625, siguiendo instrucciones del Consejo de Estado, Feria marcha por tierra en ayuda de Génova, derrota y expulsa del Monferrato al duque de Saboya, y avanza hacia Turín, en tanto que la armada del marqués de Santa Cruz (General de las galeras de Sicilia y Nápoles) conseguía levantar el bloqueo de Génova (Lynch, 2003: 497-498). La inexpugnable fortaleza de Verrua, a la que su subordinado Gonzalo Fernández de Córdoba tuvo sitiada durante tres meses, y la llegada del invierno detuvieron el avance de Feria , pero el revés de franceses y saboyanos fue muy duro y tuvieron que aceptar las estipulaciones, muy desfavorables para ellos, del Tratado de Monzón (1626), que aseguraba la libertad de La Valtelina, si bien sus habitantes se obligaban a pagar un tributo a los Grisones en reconocimiento de su soberanía .

Llega la hora del relevo. A comienzos de 1626 se discutió en el Consejo de Estado la sustitución del duque de Feria en Milán. Algunos eran de la opinión de buscar un gobernador inclinado a la paz, pero que pudiera formar y dirigir un gran ejército para enfrentarse a Francia. El marqués de Montesclaros decía que “en cosa que importa tanto deue decir lo que siente aun contra sí mismo. Que el de Feria es gran Cauallero, cuydadodísimo y zeloso, pero tiene poca experiencia y ha entrado con mala fortuna”, por lo que proponía reemplazarlo por “persona de experiencia, prudencia y blandura”, que podrían ser don Fernando Girón (propuesto también por el duque de Alburquerque), don Diego Messía o don Gonzalo de Córdoba. Su punto de vista parece indicar que lo rechazable de don Gómez era su belicosidad. El Duque no debía encontrarse muy bien, porque otro consejero, don Juan de Ibarra, pensaba que si persistía su mala salud el Rey tenía allí a grandes soldados, como don Gonzalo de Córdoba (traído de Flandes para Maestre de Campo General en Milán ), don Carlos Coloma, don Tomás de Padilla, don Juan de Cárdenas, gobernador de Alexandría, o don Luis de Córdoba. De igual parecer era Monterrey, que habla de la desgracia que ha tenido don Gómez, “no sólo en el gouierno de las Armas, pero en lo político, y que assí convendría sacarle y embiar allí persona templada, de experiencia y menos sospechosa y más auiéndose de continuar la guerra”, por todo lo cual proponía en primer lugar a Girón y en segundo a Messía. El Confesor Real terciaba que había que velar por la reputación de quien como Feria acude siempre con tanto celo al servicio de Su Majestad; por una parte contempla la desgracia del Duque y que no es querido, sino “aborrecido”, pero por otra con sus primeras actuaciones se granjeó fama de buen gobernador. El Inquisidor General era partidario de no cambiar al Gobernador hasta ver en qué paraban las negociaciones con Francia .

En esos mismos días Feria avisaba por correo de la retirada sin pérdidas del sitio de Berna, “sin desayre ninguno”. Pensando que el enemigo iba a la vuelta de Gattinara con 6.000 hombres para invadir el Estado de Milán, el Duque atravesó el Po para contrarrestar esos planes. El marqués de Aytona pidió en el Consejo que se aprobara esta retirada y se le enviara gente y dinero; apoyó su parecer Juan de Ibarra, en tanto que Montesclaros opinaba que el tiempo de Feria en Milán se había acabado y era momento de nombrar al sustituto en el cargo . Y en efecto, el 25 de enero de 1626 el Rey decidía el cese de Feria en el gobierno de Milán, atendiendo a que “ha de concluir agora su casamiento” (sus segundas nupcias, con doña Ana de Córdoba) y a su falta de salud, por lo que ordenaba se le comunicara el final de su mandato y que lo reemplazase don Gonzalo Fernández de Córdoba, príncipe de Maratra . Sin embargo, en aquellos tiempos nombramientos y ceses tardaban bastante en realizarse, y tres meses después aún no había regresado a España, pues en una consulta del Consejo de Estado a finales de abril se dio la noticia de que asomaban por Levante unas galeras, en las que se decía podría venir el duque de Feria. Ciertos miembros del Consejo expresaron que no era posible que hubiese llegado a sus oídos la noticia de su cese, y por tanto vendría sin permiso; Montesclaros, siempre dispuesto al parecer a menoscabar a don Gómez, propuso que, de ser esto cierto, habría que castigarle y no se le debería dejar desembarcar . En cualquier caso su sucesor, Gonzalo Fernández de Córdoba, nombrado con carácter interino el 31 de marzo de 1626, no tomaría posesión del cargo hasta el 22 de mayo de ese año (Signorotto, 2006: 91).

Durante su gobierno en Milán murió, el 25 de enero de 1623, la primera esposa de don Gómez, doña Francisca de Cardona y Córdoba, sin haberle dado descendencia . Pasado el tiempo razonable que dictaba la costumbre, el 18 de mayo de 1625 suscribe matrimonio por poderes con su sobrina Ana Fernández de Córdoba. También desde Milán escribió a finales de 1624 a su pariente el conde de los Arcos, Pedro Lasso de la Vega Niño y Guzmán, Primer Mayordomo del Rey y Gentilhombre de su Cámara, suplicándole que se hiciera cargo del gobierno de su Estado de Feria, pues ya no podía contar con gente de su confianza, como la abuela Jane Dormer, muerta hacía años, o el doctor Tomás Ollés, último Gobernador, de cuyo óbito le habían informado.

3. Consejero de Estado en Madrid (1626-1629)

Para el verano de 1626 don Gómez estaba de vuelta en España. Aprovecha este paréntesis en su carrera política para contraer un segundo matrimonio, el 9 de diciembre de 1626, con su sobrina segunda doña Ana Fernández de Córdoba, hija del V marqués de Priego .

En estos años el Duque reside en la Corte y asiste regularmente a las sesiones del Consejo de Estado, en donde ha de entrar en contacto con asuntos de índole muy variada . En este órgano directivo de la política exterior Gómez Suárez se posiciona de forma clara frente a la política prudente de Olivares. Su temperamento enérgico y belicismo exacerbado no le permitían advertir la asfixia financiera de la Corona, el escaso entusiasmo de los territorios periféricos por la política de hegemonismo europeo ni los síntomas de agotamiento que se hacían notar en una Castilla cansada ya de guerras y aventuras externas.

Olivares tenía frente a sí una nutrida oposición de altos nobles, entre los que se contaban, además de Feria, los duques de Lerma, Híjar, Maqueda y Alcalá, el marqués de Castel Rodrigo y don Pedro de Toledo . Cuando en esos años Felipe IV sufrió una enfermedad que parecía seria, el valido, también enfermo, impidió a los grandes el paso a los aposentos reales, lo que constituía un hecho insólito. “El duque de Feria –cuenta Elliott-, hombre al que no era fácil hacer callar, fue rotundo en sus quejas. Pero el conde-duque no se inmutó.” (Elliott, 1990: 317).

Don Gómez fue comisionado en 1628 para tratar con Francia el tema de la sucesión de Mantua, sobre lo que ya venía debatiéndose en el Consejo desde el año anterior . Ese mismo año se planteó el dilema acerca de qué política seguir respecto a Holanda. La mayoría de los consejeros defendía la paz, pero en este caso tanto Olivares como Feria aguardaban que los rebeldes, siquiera fuera bajo la amenaza militar, suavizaran su intransigencia; no deseaban una tregua tan favorable a los adversarios como la de 1609, y tenían la esperanza de que el Emperador ayudase a presionar sobre las Provincias Unidas.

Olivares se quejaba de la falta de ministros para regir los destinos del imperio, pero a la vez ésa fue la excusa para zafarse de sus opositores alejándolos de la Corte. Algunas de las figuras más destacadas del Consejo de Estado fallecieron por esos años, otros como don Fernando Girón habían sido retirados honrosamente, Spínola estaba en el gobierno de Milán y Feria fue enviado a finales de mayo de 1629 para asumir el virreinato de Cataluña . En el Consejo quedaban miembros de poca energía, como el conde de Lemos o el anciano marqués de Gelves, sin criterio propio ni personalidad bastante para oponerse al conde-duque, así que el tono político del Consejo languideció palpablemente .

El 20 de septiembre de 1630 el Rey comunicó a Feria que, a la vista del grave estado de salud de Spínola, gobernador de Milán, le destinaría a uno de los dos cargos siguientes: Maestre de Campo General del Ejército de Flandes, o Gobernador de Milán; de momento, se decide a nombrarlo para mandar el ejército del Piamonte, y el marqués de Santa Cruz, anterior jefe militar de Milán, quedaba como gobernador de aquel Estado italiano . El único duque que había en Cataluña, el de Cardona, fue nombrado como sucesor de Feria en el Principado el 7 de noviembre de 1630. Con la designación de un gran aristócrata autóctono Olivares y el monarca pretendían posiblemente involucrar en mayor grado y sin tensiones a Cataluña en las empresas exteriores de la monarquía (Pérez Bustamante, 2000: 96-97).

Ambrosio Spínola, marqués de los Balbases, que había muerto el 25 de septiembre, fue reemplazado durante un breve plazo por el marqués de Santa Cruz, Álvaro de Bazán, que al cabo de unos meses era consignado para el ejército de Flandes, mientras el noble extremeño era elegido en abril de 1631 para gobernar, por segunda vez, el Estado de Milán. “Feria era un hombre de cierta valía –opina Elliott-, pero había escasez de buenos generales y, en lo tocante a las dotes de general, Spínola era irremplazable” (Elliott, 1990: 399).

4. Segundo mandato en Milán (1631-1633)

En diciembre de 1630 Feria se encuentra ya en Génova , dispuesto a hacerse cargo del virreinato de Milán que ejercía interinamente el marqués de Santa Cruz, destinado ahora al mando militar en Flandes . Es muy posible que don Gómez no fuera muy ilusionado a este nuevo destino. Al menos, sabemos que sufría de melancolía, según decía su amigo el conde de la Roca, que le acompañaba en el viaje. Las relaciones entre éste y el Duque se van a enfriar poco después, por motivos que ignoramos. Lo cierto es que Roca se quejaba de haber escrito a Feria numerosas cartas sin haber recibido respuesta:

"Hasta Italia acompañé a V. E., alentando sus melancolías a pesar de su mismo crédito. Dejé a V. E. en Génoua satisfecho de mis deseos de seruirle; V. E. me los acarició con sus fauores, hasta que desde Sartirana passé al Piamonte. Desde aquí he escrito a V. E. 30 cartas que el sr. D. Juan Serrano me auisa que a dado a V. E., y díchole varias vezes que avrá correo para traer las respuestas, y V. E. no auía querido escreuir, de que infiero legítimamente que, pues V. E. no rresponde, no deue de gustar que le escriua, y así lo e dejado de haçer vn mes. Ahora me auisa el sr. Marqués de Santa Cruz la merced que a V. E. y a él a hecho Su Magd., de que me alegro infinito. V. E. venga muy en buena ora a Milán si biene con mucho gusto. Allí escreuiré a V. E. sobre lo que me obligare el seruicio del Rey, porque no siendo bueno para nada del de V. E. estas intercadençias, a mi rreputaçión está muy mal andar exprimentando con V. E. estas altas y bajas, que ya son quatro bezes con ésta las que, si yo no vuiera antepuesto lo estremeño a lo político, e tenido bastante causa de seruir a V. E."

El 15 de abril de 1631 se envía al duque de Feria la Instrucción para el Gobierno de Milán. Entre las recomendaciones del Rey destacan que buscase la amistad con el duque de Saboya y con el Papa, poco adicto hasta entonces a la política española en Italia, y la necesidad de controlar la fortaleza de Casale. De otra parte, el Emperador Fernando II, que como mandatario del Sacro Imperio era señor feudal del Norte de Italia (Milán, Mantua y Monferrato incluidos), nombró Comisario Imperial para sus feudos italianos a Felipe IV de España, que a su vez subdelegó en el duque de Feria como su Gobernador en Milán, con el objeto de recuperar la paz en Italia en unos momentos en que estaba planteado el contencioso de la sucesión en los ducados de Mantua y Monferrato .

Cuando en 1631 inicia Feria su segundo período de gobierno en Milán la política europea de España se veía condicionada por la gran debilidad de la rama imperial y austriaca de la familia Habsburgo a causa del permanente esfuerzo bélico al que se veía abocada. De otro lado estaba la presión constante sobre Italia de la Francia de Richelieu, que proseguía con su ayuda a los grisones protestantes y había aprovechado el caso de Mantua (Gonzalo de Córdoba y Spínola –que murió allí- habían fracasado en el sitio de Casale, principal fortaleza de Mantua) como una oportunidad de intervención en Italia. Feria advertía que “los franceses están tan insolentes que es fuerça perder a Italia o romper con ellos”, y volvía a proponer lo que ya escribió desde Génova, efectuar una maniobra de distracción mediante la toma de plazas costeras en Francia, y poner un militar al mando en Cataluña para prevenir la posibilidad de un ataque desde el país vecino.

Se negociaba la paz en Querasco, y los franceses insistían en que los españoles abandonasen La Valtelina, justo lo contrario de lo que deseaba Feria, que presiona a Galazzo para que no se apartase de lo firmado en el Tratado de Monzón y en la Paz de Ratisbona. El Conde de la Roca, presente también en Querasco, veía con fundado pesimismo la marcha de las negociaciones y, en efecto, con Venecia y el Vaticano a favor de la razón legal de Francia, Olivares tuvo que avenirse al arbitraje papal y firmar el Primer Tratado de Cherasco (abril de 1631), primer gran triunfo europeo de Richelieu. Lo firmado era muy perjudicial para España y motivó una crítica a Feria en la sesión del Consejo de Estado del 6 de mayo de 1631. Sin embargo, Feria se había declarado contrario en todo momento a modificar lo pactado en Ratisbona, y protestó al Emperador contra lo convenido por Galazzo en Querasco.

El duque de Feria informaba más por extenso al Rey del significado que tenía este convenio tan perjudicial , evitable desde su punto de vista por los graves problemas internos que padecía Francia, con el enfrentamiento entre el Rey y el duque de Orleáns, que había tenido que refugiarse en Borgoña. Al Conde-Duque le insistía en que “si franceses quedan con una almena en Italia con guarnición suya (o de esguízaros) tendremos perpetuamente la guerra en ella y a todos los Príncipes della contra Su Md., lo que no sucederá teniendo en su poder a Mantua.” Acto seguido, Gómez Suárez se entrevistó en Pavía con Mazarino y con el Nuncio Panzirolo. Los representantes del Papa prometieron una rectificación.

El conde de la Roca, partícipe de las negociaciones, no era empero tan contrario a lo firmado, si no fuera por las plazas fuertes que quedaban en poder de los esguízaros:

“Señor, si la escritura segunda de dexar en poder de esguízaros los castillos de Susa y Auillana no se huuiera hecho, verdaderamente que lo prinçipal auía pagado la diligençia de mi desuelo. La paz en Italia, señor, la tengo por tan del seruiçio de V. Md. que, supuesto que con esto se executa, y que el Emperador (que la ha ajustado) no se da por menoscauado de reputaçión con este partido, y S. A. [el duque de Saboya], a quien V. Md. trata de restituyr en su Estado, no sólo se da por satisfecho con él, sino que lo suplica; y que para el interés de V. Md. no tiene incombeniente prático porque no queda franzés desta parte de Saboya”.

La conclusión del mandato de Suárez de Figueroa en Milán estaba próxima. Poco antes Virgilio Malvezzi dedicaba su Tarquinio superbo al duque de Feria, llevado sin duda de su admiración por el temperamento impulsivo del personaje, a quien el historiador italiano Signorotto tiene por “uno de los representantes más enérgicos enviados a la Lombardía” (Signorotto, 2006: 175).

5. Al frente del Ejército de Alsacia (1633)

A la altura de 1632 los miembros más influyentes del Consejo de Estado, Olivares, Oñate y Feria, coincidían en que Alemania debía constituir el centro neurálgico de los esfuerzos militares de las dos ramas Habsburgo, porque en ella estaba también la clave para resolver la situación de Flandes y de Italia (Stradling, 1992: 127). De ahí nació el proyecto, ideado por el duque de Feria , de formar un ejército de Alemania o del Palatinado que pudiese defender el Franco-Condado, conservar el Tirol, ayudar al Emperador para, junto a las fuerzas del duque de Baviera, liberar Renania de enemigos y, en caso necesario, acudir con rapidez en socorro bien de Flandes, bien de Italia. Mientras se iba reclutando, esta fuerza empezó a ser denominada el Ejército de Alsacia.

Para ayudar al Emperador en la Guerra de los Treinta Años y sostener la lucha contra los rebeldes holandeses era crucial mantener abierta la ruta de Milán a Flandes, el “camino del Tercio”. Ferviente partidario siempre de la unidad de acción entre los tronos de la Casa de Austria, Feria procuró perpetuar el acuerdo con los Grisones por el que éstos dejaban paso libre a las tropas españolas.

Cuando Francia ocupó el ducado de Lorena y el Emperador Fernando II se vio en apurado trance a causa de los avances de Gustavo Adolfo de Suecia, Olivares decidió, en octubre de 1632, reunir una fuerza poderosa. En el mes siguiente la Infanta se dirigió a Feria para saber si podía socorrer al Franco-Condado, porque ella no estaba en condiciones de defenderlo desde Flandes. También Feria consideraba que el momento era crítico, si bien mejoró algo con la muerte del Rey de Suecia a finales de 1632, y propuso en febrero de 1633 crear un ejército de Alemania que facilitase luego el camino del Cardenal-Infante (hermano menor del Rey, nacido en 1609, al que se le encomendó la gobernación de los Países Bajos tras el fallecimiento en 1633 de la Infanta Isabel Clara Eugenia ) hacia Flandes. Mientras Feria enviaba al Regente del Consejo Supremo de Italia, Octavio Vilani, a negociar con Toscana, Módena y Parma su aportación en tropas a este ejército , el Consejo de Estado resolvió enviar al Palatinado al duque de Feria encabezando un contingente de 12.000 hombres, el llamado “ejército de Alsacia”, aumentado por orden del 8 de abril de 1633 a 24.000 hombres, si bien algunos del Consejo consideraban que la falta de Feria en Milán podía acarrear grave peligro en Italia . Se designaba generalísimo de la tropa al Cardenal-Infante, y a Feria, que se adelantaría con una parte de la fuerza, se le nombraba su lugarteniente y Maestro de Campo General. El Infante recibió por fin la orden de salir para Italia camino de Flandes, de manera que zarpó de Barcelona el día 11 de abril y llegó a Génova el 5 de mayo. El 25 informaba Feria a Olivares de la llegada de don Fernando a Milán, acaecida el día anterior.

La situación en Flandes, agravada tras la muerte de la Infanta gobernadora en 1633, exigía que llegara allí cuanto antes el ejército de Alsacia, porque de lo contrario se corría el peligro de que las provincias del Sur cedieran a las propuestas de los holandeses, y la actitud de Wallenstein, cada día más incierta, comprometía una posible ayuda desde Alemania. De hecho don Gómez informaba en julio, con el ejército ya casi a punto, que el Emperador, ante las presiones de Wallenstein, no se mostraba dispuesto a permitirle la entrada en Alsacia . Pero con Constanza y Breisach en peligro de caer en manos del general sueco Horn, el emperador Fernando tuvo que rectificar y permitir la entrada en Alsacia del ejército de Feria. A estas complicaciones surgidas durante los preparativos se añadían la dificultad de reclutamiento de las tropas y las resistencias de Feria a aceptar la misión, ya comentadas más arriba, todo lo cual dilató la partida de las tropas durante varios meses, de manera que hasta el 22 de agosto de 1633 no salió el Duque de Milán.

Feria fue nombrado en febrero de 1633 para reemplazar en el mando de los ejércitos de Flandes al marqués de Santa Cruz, que regresaba a la Corte como Mayordomo de la Reina. La Instrucción reservada que el Rey le envía contiene elementos interesantes, en especial en lo que se refiere a la relación entre Feria y el Cardenal-Infante, y evidencia una gran confianza de Felipe IV y, posiblemente y a pesar de sus diferencias, de Olivares, en la capacidad de Gómez Suárez de Figueroa. Después de reconocer sus méritos y dedicación al Trono , le informa que envía a su hermano el Cardenal-Infante don Fernando a Flandes para descargar a su tía “del peso de tan graues negocios”; el Infante tendrá la última palabra, siempre de acuerdo a las órdenes del Rey, y encarga al Duque que le ayude a realizar esas decisiones,

“y que en público y en secreto os favorezca, de modo que entre vos y él no medie otro ninguno... Avnque estoy cierto que no era necesario aduertíroslo, os encargo mucho asistáis a mi hermano con el amor y cuidado que es justo... y haréis grande ostentación de que le estáis muy subordinado, porque justamente sentiría mi hermano que se entendiese en lo público que obrábades por vos mesmo y no le estáis dependiente, y los negocios no caminarían con crédito ny tendrían buenos sucesos”.

El soberano se comporta con una insólita llaneza hacia el Duque, pues le indica que si su hermano no siguiera sus instrucciones, en todo o en parte, de modo que ponga en peligro la conservación de aquellos Estados,

“me daréis punctualmente quenta hauiendo tiempo para ello, y si no diere lugar la ocasión aduertiréis a mi hermano lo que conuiene a mi seruicio [que] se execute lo que le representáredes y que no lo impida, y si no bastaren raçones a disuadirle, en tal caso y no de otra manera abriréis la carta que se os embía con esta instrucción y usaréis della con el ualor y prudencia que fío de vos, y aquí os obliga el pleito omenage que hauéis de prestar sobre todo lo que os encargo”.

En la misma carta del 4 de marzo reitera que, en caso crítico de desobediencia del Infante, el Duque tiene la última palabra:

“Y si huuiere caso en que se aparte mi hermano de nuestro parezer con riesgo dessos Estados o de alguna parte o plaza dellos y no huuiere bastado a redezirle lo que le representaréis en conformidad desta carta, es mi uoluntad que sin embargo de lo que mi hermano resoluiere, se execute lo que os pareziere que conuiene más a mi seruicio, que en virtud desta os doy poder para ello y mando a los maestres de campo, castellanos de castillos y demás cabos y ministros del exército que os obedezcan y cumplan vuestras órdenes”.

Además, se le encargaba actuar en colaboración con el marqués de Aytona, jefe de la Armada, y se le señalaban como maestres de campo a don Francisco Zapata, Alonso Ladrón de Guevara y al marqués de Celada. Antes de partir para su misión y pensando en el peligro que suponía “por lo incierto de las guerras”, el Duque de Feria otorga testamento en Milán:

“y hallándose las cosas de el Sacro Romano Imperio con los enemigos, que con la venida de el Rey de Suecia y confederación de otros muchos que vnidamente an hecho y ban continuando cada día guerra contra la religión católica y nuestra santa fee y contra el Imperio, oprimiéndole por todos los medios y vías para destruirle y aniquilarle... mouido el Rey mi señor con su celo cristianísimo y piadoso y deseando defender nuestra sancta fee y todo lo que le pertenece a la religión católica y conseruaçión de la Augustísima Casa de Austria y de el Romano Imperio, a resuelto socorrer aquellas provincias.”

Durante el denominado “período sueco” de la Guerra de los Treinta Años se sucederán a finales de 1633 las victorias del duque don Gómez. Mientras el Cardenal-Infante quedaba por el momento en Milán, Feria partió de allí el 22 de agosto y el 5 de septiembre cruzó los Alpes y la Valtelina por el paso del Stelvio, con 8.000 infantes y 1.300 caballeros . Con la ayuda de algunos regimientos bávaros que se le habían unido en Ravensburg (Kamen, 2003: 443-444) al mando de Aldringen, lugarteniente de Wallenstein, pues también el duque Maximiliano de Baviera se vio amenazado por el avance sueco, en una intervención rápida y victoriosa Feria socorrió y liberó Constanza, que estaba sitiada , y el 20 de octubre tomó la estratégica ciudad de Breisach, una plaza vital para el camino francés y el dominio de Alsacia porque dominaba el único puente sobre el Rin entre Estrasburgo y Basilea (Parker, 2000: 111). El Duque limpió de enemigos toda la zona.

Las conquistas de Feria tuvieron un gran eco en España y en Alemania, pero resultaron efímeras (Brisach se perdió definitivamente cinco años más tarde). Más tarde, muerto ya el duque extremeño, que era uno de los pocos generales de prestigio que le quedaban a España (Elliott, 1998: 272), la victoria del Cardenal-Infante en la batalla de Nördlingen, en su marcha desde Italia a Flandes, alejó momentáneamente el peligro.

La ciudad de Constanza acuñó monedas de un real de a ocho con la efigie del duque de Feria, y tres pinturas conmemorativas encargadas para el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro perpetúan hoy en el Museo del Prado la memoria de aquellas victorias de Gómez Suárez de Figueroa: dos de ellas, La expugnación de Rheinfelden y Socorro de la plaza de Constanza son obra de Carducci; La toma de Brisach (1635) se debe a Jusepe Leonardo . La atención de las tres obras se centra en la figura del Duque, que porta siempre el bastón de mando de general y aparece en actitud de dar órdenes a sus subordinados. En la pintura de Leonardo, como en las otras, se ha querido ver la influencia de Velázquez, pero la fecha de realización del cuadro, que pudo ser anterior al retrato ecuestre de Olivares obra del pintor sevillano, suscita muchas dudas y abre paso a la hipótesis de que ambos artistas pudieron guiarse por terceros modelos precedentes (Gallego, Domínguez Ortiz y Pérez Sánchez, 1990: 254-63; Marañón, 2006: 97-98).

6. Munich, estación final (1634)

El avance de las tropas de Gómez Suárez de Figueroa hacia Baviera, en lo más crudo del invierno y con falta de provisiones, quedó frenado definitivamente por una grave epidemia de tifus que diezmó su ejército. El Duque estaba en el castillo de Starnberg y allí le ataca el 24 de diciembre de 1633 esa enfermedad, fiebres malignas en la documentación.

Unos días después, sintiéndose mejor, ordenó que se le trasladase a Munich (Monaco en las fuentes españolas), sede de la Corte del Gran Duque de Baviera, en donde a consecuencia de la enfermedad falleció el día 11 de enero de 1634, según informan la mayoría de las fuentes (Marrades, 1943: 163) . No faltaron voces culpando de la muerte a Wallenstein e incluso a Olivares . Diego Duque de Estrada, que adelanta unos días el fallecimiento de Feria y critica en especial la actitud de Wallestein, dice en sus Memorias: “... y fue tanto el sentimiento del Duque, tan malos sucesos en las armas imperiales y regias, y que los oficiales no acudían a servir como debían, que le sobrevino una recia calentura y con grandes ansias y disgustos acabó su vida a los 2 de enero de este año 1634” . Por su parte Aedo cuenta así sus impresiones:

"El Duque, de puro afligido de verse tan lexos de donde era menester, y que assí como se apartó de la Alsacia, boluieron algunas tropas del enemigo, gouernadas por el Rhijinsgraue, a apoderarse de algunas de las plaças que tan gloriosamente auía ganado, juntándose a esto el pesar de la pérdida de Ratisbona, que sucedió en aquellos días, y el sentimiento de la muerte de la Infanta, viéndose tan lexos para acudir al pasaje de su Alteza, por la nueua y mayor necesidad que auía dél, y molido con el largo, y grande trabajo, enfermó en Starenberg a veinte y quatro de Deziembre, de vna calentura malina, de que murió en onze de Enero en Monaco." (Aedo, 1637: 61).

El cadáver del Duque fue trasladado a Milán. La desaparición de Feria causó un gran impacto en España y Europa. Matías de Novoa, dolido, exclama: “Rindió la vida a las necesidades y trabajos de la guerra antes que a las balas de los enemigos” (Marrades, 1943: 163). Galeazzo (1641: 205-206).-que dedica un extenso panegírico al personaje, tomándolo como ejemplo de la falsedad de los negativos juicios sobre los españoles difundidos en el continente por la envidia de algunos- cuenta que la muerte del Duque produjo

“un agudísimo dolor en su Majestad Cesárea, en el Rey Católico, en todos los Austriacos, en Italia y en España, habiendo perdido aquella Corona uno de los más dignos ministros que tenía y había tenido desde hacía mucho ... se gloriaba Italia de no haber disfrutado de un gobierno más floreciente que bajo los felicísimos auspicios de este ministro. Fue el Duque de Feria perfecto en el conocimiento de todas las cosas, en cada ocasión en su comprensión se demostró digno del ministerio que desempeñaba... La diligencia en las decisiones, la sinceridad de sus sentimientos, el orden y sensatez en su trato hicieron ver que, si bien España no era estéril en producir hombres de esta sabiduría, tenía sin embargo pocos que lo superasen en haber servido al Rey con ánimo más vigoroso, con mayor rapidez en las decisiones, con criterio más preciso. Gobernó Milán muchos años, amado del pueblo, estimado por los soldados, admirado y temido por los extranjeros. Formó con facilidad para la estrechez de los tiempos el ejército, lo guió con prudencia, socorrió con mucho éxito la Alsacia y soportó con tan admirable perseverancia las inclemencias del clima y la pobreza de los países, que su buena disposición lo hizo grato a la soldadesca, soportable a los súbditos, alabado por los enemigos... Fue verdaderamente este sujeto de suma habilidad, lleno de afabilidad, de extremada cortesía, y completísimo en todas aquellas virtudes que se requerían en un generoso, prudente, gentil y estimadísimo gran ministro de un Gran Rey”.

La muerte de aquel hombre –opina Elliott-, más un gran procónsul que un gran general, dejó un hueco imposible de rellenar... Una vez desaparecidos de escena Spínola y el duque de Feria, no había ningún general destacado al servicio del rey de España”. La falta de hombres adecuados para los puestos militares y diplomáticos más vitales empezó a sentirse de manera general: en 1633, de todos los jefes militares importantes el único español era el duque de Feria (Kamen, 2003: 452). En el gobierno de Milán y al frente del ejército de Alsacia sucedió momentáneamente a Feria el marqués de Leganés, aunque el Rey y Olivares pensaban en el duque de Lorena como recambio más duradero . En todo caso, las perspectivas que se habían generado en torno al ejército de Alsacia quedaron truncadas. En el Consejo de Estado, Olivares valoraba así la nueva situación y la falta del duque de Feria:

"La muerte del Duque de Feria oy por la sazón y circunstancias es pérdida grandísima y más que difícil de remediar a tiempo... si bien el Señor Infante ha de terner título de Generalísimo de aquel exército es fuerza que en pudiendo abrir el camino pase a Flandes, y importa tanto que aquel exército no se deshaga que aunque el Conde de Oñate le aya abrigado, si no es que aya venido en persona a él, se puede temer que se aya deshecho del todo, porque la autoridad de Cerbellón no basta a suplir la falta del Duque de Feria."

La desaparición del III duque de Feria coincidió en un breve período de tiempo con la de otros grandes personajes, sin que hubiera otros de similar valía que los reemplazasen. Saavedra Fajardo vio en ello un síntoma de la decadencia de España y, amplificando los méritos de los fallecidos, escribía en tono elegíaco:

"En pocos años hemos visto rendidas a sus filos las vidas de don Pedro de Toledo, de don Luis Fajardo, del marqués Spínola, de don Gonzalo de Córdoba, del duque de Feria, del marqués de Aytona, del duque de Lerma, de don Juan Fajardo, de don Fadrique de Toledo, del marqués de Celada, del conde de la Fera y del marqués de Fuentes: tan heroicos varones, que no menos son gloriosos por lo que obraron que por lo que esperaba dellos el mundo. ¡Oh profunda Providencia de aquel eterno Ser! ¿Quién no inferirá desto la declinación de la monarquía de España...?... Un siglo levanta en una provincia grandes varones, cultiva las artes y ilustra las armas; y otro lo borra y confunde todo, sin dejar señales de virtud o valor que acrediten las memorias pasadas."

El Capitán Pedro Ramírez de Prado, su gentilhombre de Cámara, llevó el cadáver del difunto don Gómez a Zafra, capital del estado de Feria , en la que a lo largo de tres días se celebraron sus funerales con gran solemnidad. Fue enterrado el primero de agosto de 1634 en la bóveda funeraria del Convento de Santa Clara.

7. Archivos. Abreviaturas utilizadas

ADM: Archivo Ducal de Medinaceli. Sevilla y Toledo.
ADMS: Archivo Ducal de Medina Sidonia
AGS: Archivo General de Simancas.
AHMZ, PN: Archivo Histórico Municipal de Zafra. Protocolos Notariales.
AHN: Archivo Histórico Nacional. Madrid.
AHN. Archivo de la Nobleza. Toledo.
BNM: Biblioteca Nacional. Madrid.
BPRM: Biblioteca del Palacio Real. Madrid.
RAH: Real Academia de la Historia. Madrid.

8. Referencias bibliográficas

Aedo y Gallart, Diego de. (1637). Viage, sucesos y Guerras del Infante Cardenal don Fernando de Austria. Madrid: Imp. Del Reyno.

Aldea Vaquero, Quintín. (1994). Iglesia y Estado en la época barroca. En: La España de Felipe IV. El gobierno de la Monarquía, la crisis de 1640 y el fracaso de la hegemonía europea, t. XXV de la Historia de España Menéndez Pidal, 3ª ed. Madrid: Espasa Calpe. ISBN: 84-239-4833-1.

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