Número 17. Enero-Diciembre 2010

La contribución de Sevilla a la Generación del 27

Sevilla's contribution to the Generation ot 27

Miguel Cruz Giráldez

Departamento de Literatura Española.
Universidad de Sevilla (España).
mcruzg[at]us.es

La generación de 1927 tuvo en la capital andaluza su acto constitutivo como tal grupo literario. El Ateneo de Sevilla supo entonces articular una propuesta cultural arriesgada y vanguardista, que logró conectar la ciudad con el panorama más avanzado de la literatura española y europea.


Fecha de recepción: 26/2/2010

Fecha de aceptación: 2/6/2010


Palabras clave: Generación del 27, Ateneo de Sevilla, grupo Mediodía, centenario de Góngora, literatura vanguardista


Para citar este artículo: Cruz Giráldez, Miguel (2010). La contribución de Sevilla a la Generación del 27. Revista de Humanidades [en línea], n. 17, artículo 3, ISSN 2340-8995. Disponible en http://www.revistadehumanidades.com/articulos/1-la-contribucion-de-sevilla-a-la-generacion-del-27 [Consulta: Miércoles, 19 de Diciembre de 2018].


Abstract: The generation of 1927 in the Andalusian capital had its constitutive act as such literary group. The Ateneo de Sevilla knew then articulate a bold, avant-garde cultural proposal, which managed to connect the city with the most advanced panorama Spanish and European literature.


Keywords: The Generation of ‘27, Ateneo de Sevilla, Mediodia group, the centenary of Góngora, avant-garde literature.

Sumario
1. Introducción. 2. ¿Por qué Góngora?. 3. El Ateneo. 4. Sevilla en la generación del 27. 5. Dos poetas mayores. 6. Dos poetas y catedráticos de la Universidad. 7. El grupo Mediodía. 8. Conclusiones. 9. Referencias bibliográficas.
Artículo

1. Introducción

A mediados de diciembre del año 1927, algunos jóvenes escritores, poetas en su mayor parte, se reunieron en Sevilla con el fin de conmemorar el tricentenario de la muerte de Luis de Góngora y Argote, el gran maestro andaluz de la poesía barroca, príncipe de las metáforas fulgurantes y cifradas. Góngora había sido ilustre en su tiempo, pero luego fue relegado al olvido, cuando no denigrado, por aquellos que sólo veían en él un “ángel de las tinieblas”. Y he aquí que ahora ese extraño grupo de fieles –entre los que se contaban Federico García Lorca, Rafael Alberti, Jorge Guillén, Gerardo Diego, José Bergamín, Juan Chabás y Dámaso Alonso– venía a nuestra ciudad a rendirle homenaje, tres siglos más tarde, a través de sus lecturas y sus conferencias en unos encuentros organizados por el Ateneo de Sevilla que fueron a la vez eruditos y placenteros. El acontecimiento, a pesar de su singularidad, no llamó apenas la atención del público. Tampoco la de los escritores entonces consagrados (en primera línea Unamuno, Machado, Jiménez y Ortega), que sólo vieron en aquella iniciativa una razón más, si es que la precisaban, para contemplar con la mayor desconfianza el trabajo y los proyectos poéticos de aquellos muchachos que se extraviaban en tan funestas admiraciones. Pero poco les importaba. Aquella fecha, aquellos actos sevillanos de 1927, iban a convertirse, con razón o sin ella, en una referencia casi emblemática para los futuros historiadores de la literatura española. Y bajo el signo de Góngora aquella pléyade de poetas, los de más aliento y porvenir nacidos en España desde el Siglo de Oro, es ahora magnificada, estudiada, clasificada y universalmente reconocida como generación del 27, sin duda definitivamente.

En este artículo vamos a centrarnos en el papel que Sevilla jugó en la configuración de aquella prodigiosa generación, desde el protagonismo que tuvo el Ateneo en el nacimiento de la misma hasta el tratamiento literario de la ciudad en la obra de estos poetas, sin olvidar la relevancia de las grandes personalidades sevillanas del 27 y la singularidad de los escritores coetáneos locales, reunidos en torno a la revista Mediodía.

2. ¿Por qué Góngora?

Pero antes que nada es necesario abordar una cuestión previa: ¿por qué aquellos jóvenes vanguardistas se fijaron precisamente en Góngora, hasta el punto de que el verdadero aglutinante del grupo sería la poesía del gran autor barroco? Incluso podríamos decir que fue la propia figura del poeta cordobés, ya que la exaltación del culteranismo llevó implícito un cierto desprecio hacia los poetas que mantuvieron polémicas con el autor de las Soledades, principalmente hacia Quevedo, cuyo desgarro existencial no coincidía entonces con la sensibilidad ambiente de la generación.

En la primavera del mismo año 1927 había tenido lugar en Madrid la celebración de unos actos preparados por estos escritores en homenaje a Góngora. En este contexto se situaba el funeral por su eterno descanso en la iglesia de Santa Bárbara, al que sólo asistieron los poetas organizadores y un único representante de la vida académica, el erudito don Luis Astrana Marín. Por cierto, que el sacerdote que celebraba estaba extrañado de la escasa asistencia de fieles a la misa por el alma de un difunto que no era feligrés ni siquiera le sonaba; sólo había un reducido grupo de jóvenes y un señor mayor; y al final de la misma se acercó para dar el pésame al que vio con mayor seriedad de todos, que fue Bergamín.

Pero al lado de esta broma –y de otras, como la meada de protesta en las paredes de la Real Academia de la Lengua que refiere Alberti– aquellos jóvenes (muchos de ellos rigurosos universitarios) demostraron también entonces su afán por rescatar del olvido y del menosprecio crítico en que estaba sumido desde el siglo XVIII al gran poeta culterano. Consecuencias perceptibles de este culto a Góngora serían la publicación de las Soledades realizada por Dámaso Alonso y la Antología poética en honor de Góngora llevada a cabo por Gerardo Diego. Federico García Lorca escribió también entonces una conferencia titulada “La imagen poética de don Luis de Góngora”. Pero no todo fue erudición, crítica y estudio; también el estilo de Góngora orientó entonces la poesía de muchos de ellos. Así, los números 5, 6 y 7 de la revista malagueña Litoral presentaban poemas dedicados a Góngora y escritos por Gerardo Diego, Rafael Alberti, Emilio Prados y Manuel Altolaguirre; Vicente Aleixandre le dedicó un poema en su libro Nacimiento último, y Cernuda otro en La realidad y el deseo, además de que la imitación de la poesía gongorina inspiró también algunas obras, como Cal y canto, de Alberti.

Es obvio que Góngora estuvo presente en el ambiente poético español de la vanguardia en los años veinte. La razón la explica Dámaso Alonso en “Góngora y la literatura contemporánea”; expone cómo la revalorización del poeta cordobés se inició en Francia a través de los simbolistas, y es de éstos de quienes la heredan los modernistas, sobre todo Darío. Por otra parte, es indudable la admiración que sentían por Rubén los poetas del 27 (Aleixandre comenzó a escribir poesía a raíz de la lectura de una antología de Darío que le prestó Dámaso Alonso) y Vicente Huidobro, el introductor del vanguardismo en España, para subrayar la importancia de Rubén Darío, señalaba que “desde Góngora no ha habido otro poeta igual en lengua española”.

En efecto, Góngora era para aquellos jóvenes vanguardistas un signo de vanguardia; su exacerbado afán metafórico, su antirrealismo lo convertían en auténtico guía literario de unos poetas para quienes la huida de la realidad era una característica común, propia de todos los movimientos literarios de vanguardia. Si lo fundamental para la concepción que éstos tienen de la poesía es la metáfora, ¿no se apoya la obra poética toda del cordobés en la metáfora? Precisamente sobre ella escribía Ortega y Gasset en La deshumanización del arte: “Es verdaderamente extraña la existencia en el hombre de esta actividad mental que consiste en suplantar una cosa por otra, no tanto por afán de llegar a ésta como por el empeño de rehuir aquélla. La metáfora escamotea un objeto enmascarándolo con otro y no tendría sentido si no viéramos bajo ella un instinto que conduce al hombre a evitar realidades”. Y señalaba que la poesía de vanguardia se había convertido en “el álgebra superior de las metáforas”.

Por eso, el tema de la conferencia de García Lorca no es, en modo alguno, arbitrario, sino que tangencialmente se convierte en una verdadera proclamación poética. La creación del mundo envolvente de belleza fue razón de existir del propio Góngora, quien, de manera sistemática, elevaba a la dignidad de bello cuanto pudiese haber de miserable en la existencia. Así lo reconocía Cernuda cuando dice en su verso que el cordobés encontró siempre en la poesía “no tan sólo hermosura, sino ánimo”. También Jorge Guillén, en Lenguaje y poesía, al analizar el lenguaje poético de su propia generación, decía: “este cultivo de la imagen es el más común entre los muy diversos caracteres que juntan y separan a los poetas de aquellos años”. No era, pues, Góngora en aquella coyuntura una cuestión de culturalismo o de vuelta a la tradición; Góngora era visto por aquellos jóvenes con los ojos de la vanguardia. Y es que, tres siglos atrás, el autor del Polifemo ya se había propuesto hallar un lenguaje propio: una especie de “subcódigo” específicamente artístico; y seducían especialmente sus deslumbrantes metáforas. Por eso fue entonces para ellos un verdadero guía, ya que –como dice Dámaso Alonso–: “Góngora venía a favorecer el culto por la imagen, la ambición universal de nuestros anhelos de arte y el enorme intervalo que queríamos poner entre poesía y realidad”.

3. El Ateneo

De entre los actos celebrados a lo largo de aquel año en honor de Góngora y el papel reivindicador de su figura que asumieron entonces aquellos jóvenes –que eran la más genuina representación de la nueva literatura en aquel momento– ninguno tendría tanta significación ni tanta capacidad cohesiva para los integrantes del grupo como las dos veladas organizadas por el Ateneo de Sevilla las noches del 16 y 17 de diciembre, que servían de apertura del curso de la Sección de Literatura a la vez que constituían el homenaje sevillano al gran poeta barroco en aquel 1927 de especiales celebraciones gongorinas que entonces terminaba.

La ocasión era importante y así nos lo recuerdan –entre otros– Dámaso Alonso en el capítulo “Una generación poética”, incluido en su libro Poetas españoles contemporáneos, Rafael Alberti en La arboleda perdida y Cernuda, que vivió entre el público aquel acontecimiento, en un artículo publicado en la revista Hora de España y recogido luego en el libro Críticas, ensayos y evocaciones.

Con la iniciativa de José María Romero Martínez, presidente de la Sección de Literatura del Ateneo de Sevilla, y la bajo la presidencia de Manuel Blasco Garzón, se celebraron aquellas jornadas, que tuvieron lugar en el salón de actos de la Real Sociedad Económica de Amigos del País (junto al convento del Santo Ángel, en la calle Rioja), cedido a este efecto por hallarse ocupado el del Ateneo con los juguetes y donativos recibidos para la Cabalgata de los Reyes Magos. Para ello se invitó a los más característicos representantes de la literatura de vanguardia en aquella hora de renovación. Y el Ateneo los agasajó con deferencia y esplendidez, como reflejan las reseñas de la prensa local, en las que por vez primera se les aplicó el calificativo –luego tan repetido– de generación.

La apuesta del Ateneo de Sevilla, especialmente del Presidente de su Sección de Literatura, José María Romero Martínez, al traerlos a nuestra ciudad era, pues, decidida y arriesgada: una opción por la más innovadora modernidad que situaba al propio Ateneo en la órbita de la más avanzada cultura española y europea.

Porque aquellos jóvenes invitados que vinieron entonces a Sevilla estaban todavía iniciando su andadura literaria y aún carecían de la proyección y del reconocimiento que tuvieron posteriormente. Eran en su mayoría madrileños o castellanos (Alonso, Bergamín, Diego, Guillén), un levantino (Chabás) y dos andaluces (García Lorca y Alberti), pero todos residían en la capital de España. Prácticamente eran la plana mayor de la generación del 27. Ausentes estaban Aleixandre y Salinas (este último, aunque seguía siendo formalmente catedrático de Lengua y Literatura Española de nuestra Universidad, desde el año anterior estaba ya en Madrid y se distanció de estos actos). Y Cernuda (que aún vivía en Sevilla) estaba entre el público, como el resto de los jóvenes escritores sevillanos. La famosa fotografía tomada por Serrano al final de la velada del día 16 recoge la mesa presidencial del acto con los participantes en el mismo, “casi militarmente alineados, con apariencia de timidez y fragilidad”, como señala el profesor Rogelio Reyes. Pocos documentos gráficos han tenido la importancia de éste, pues viene a registrar el nacimiento de una generación. Incluida ya de forma casi obligada en todos los manuales de literatura contemporánea, la foto inmortalizaría a los que posaban.

Todos los testimonios coinciden en señalar que la asistencia a las veladas literarias no fue muy numerosa: parece que la sala de la Real Sociedad Económica de Amigos del País estaba semivacía durante la celebración de las mismas. Pero el almuerzo celebrado en honor de los visitantes el domingo día 18 en la Real Venta de Antequera sí fue muy concurrido, como señalaba irónicamente Dámaso Alonso. En él no faltaron los platos típicos sevillanos ni las ocurrencias del humorista y cantaor flamenco Antúnez. En este banquete fue jocosamente coronado con laureles Dámaso Alonso, por haber sido premiado recientemente en un certamen poético de la Real Academia Española. Tras las despedidas, una comisión del Ateneo y un nutrido séquito de amigos y escritores locales del grupo Mediodía acompañó a los invitados hasta la estación de Córdoba, donde tomaron esa misma noche el tren expreso que los devolvería a Madrid.

Así concluía la más histórica expedición poética que haya conocido nuestra ciudad. Fruto de la iniciativa y del desembolso económico de su Ateneo: algo que es necesario aclarar, pues –como ha señalado Rogelio Reyes– se ha venido repitiendo una y otra vez (por parte incluso de algunos de los poetas invitados) que fue el torero y escritor Ignacio Sánchez Mejías quien costeó su desplazamiento y estancia en Sevilla, cuando lo que hizo en realidad fue agasajarlos durante los días –y sobre todo las noches– en que permanecieron en nuestra ciudad, celebrando en su honor incluso una fiesta en su cortijo de Pino Montano. Pero quien pagó fue el Ateneo de Sevilla, como testimonian el libro de actas de las reuniones de su Junta Directiva, el libro de cuentas, donde se especifican las partidas y conceptos de los gastos realizados (viaje y alojamiento en el Gran Hotel de París, almuerzo y atenciones varias: un total de 2.267 pesetas con 60 céntimos), y la memoria de actividades culturales correspondiente al curso 1927/28. Y no consta en ningún documento entrega alguna de Sánchez Mejías al Ateneo para suplir estos gastos. Así que corresponde a nuestro querido Ateneo de Sevilla el mérito y el honor de la organización del acto literario más relevante y de mayor trascendencia que haya tenido lugar en España durante el siglo XX: nada menos que el nacimiento, la revelación a la luz pública, de la más brillante generación poética contemporánea.

Aquellas fechas de diciembre de 1927 en Sevilla iban a convertirse en referencia casi emblemática para los futuros historiadores de la literatura española. Casi todos los que participaron en aquellas decisivas jornadas guardaron un recuerdo imborrable de ellas, porque al calor de la amistad compartida en nuestra ciudad surgió el ambiente generacional que distingue a este grupo. Así lo reconocía Dámaso Alonso. Y Jorge Guillén, al evocar aquel viaje en su poema “Unos amigos”, escrito cincuenta años después, decía que todo pudo haber sido “por contactos casuales”, por “un buen azar que resultó destino” y que posibilitó que cuando “concluyó la excursión”, aquellos jóvenes poetas estuvieran “juntos ya para siempre” en la historia de la literatura española, de la ciudad de Sevilla y de su Ateneo.

4. Sevilla en la generación del 27

Quedaba así unida Sevilla al instante en que la generación, al decir de Dámaso Alonso, “irrumpe llena de vida”. Tal vez convenga recordar que dos de sus más destacados integrantes, Aleixandre y Cernuda, nacieron en Sevilla. Que en Sevilla permanecieron durante años cruciales de sus vidas, como catedráticos de Literatura Española de nuestra Universidad, Salinas y Guillén. Una Sevilla que preparaba entonces con toda ilusión la varias veces aplazada Exposición Iberoamericana, que se celebraría finalmente en 1929 y con la que la ciudad deseaba proyectarse a la modernidad. Y que Sevilla, en fin, frecuentada en otros muchos momentos por algunos de ellos, ha sido fuente de inspiración de muchos de los mejores versos salidos de estos prodigiosos poetas, como los que le dedicaron Gerardo Diego o García Lorca. Veamos, por ejemplo, el espléndido soneto “Giralda” del primero, una magnífica muestra de síntesis de tradición clásica en la forma y de cubismo y creacionismo vanguardista en la concepción del poema:

Giralda en prisma puro de Sevilla
nivelada del plomo y de la estrella,
molde en engaste azul, torre sin mella,
palma de arquitectura sin semilla.

Si su espejo la brisa enfrente brilla,
no te contemples –ay, Narcisa– en ella,
que se mude esa tu piel doncella
toda naranja al sol que se te humilla.

Al contraluz de luna limonera,
tu arista es bisel, hoja barbera
que su más bella vertical depura.

Resbala al tacto su caricia vana.
Yo, mudéjar te quiero y no cristiana.
Volumen nada más: base y altura.

Y de García Lorca, una de las joyas del Poema del Cante Jondo, la “Baladilla de los tres ríos”, preciosa expresión de la poesía neopopularista, una de las más fecundas líneas estéticas de la generación del 27. La poesía de Lorca es rica y variada, reflejo, en ocasiones, de las nuevas tendencias, y otras representa una vuelta a las manifestaciones líricas del pueblo –y en especial al fondo del alma andaluza–, recogiendo su tono misterioso y trágico. En este magnífico poema contrapone el autor de forma paralelística el melancólico intimismo desgarrado de Granada y el carácter abierto de Sevilla, que se manifiesta en el contraste simbólico entre sus ríos:

El río Guadalquivir
va entre naranjos y olivos.
Los dos ríos de Granada
bajan de la nieve al trigo.

¡Ay, amor
que se fue y no vino!
El río Guadalquivir
tiene las barbas granates.
Los dos ríos de Granada
uno llanto y otro sangre.

¡Ay, amor
que se fue por el aire!

Para los barcos de vela,
Sevilla tiene un camino;
por los ríos de Granada
sólo reman los suspiros.

¡Ay, amor
que se fue y no vino!

Guadalquivir, alta torre
y viento en los naranjales.
Darro y Genil, torrecillas
muertas sobre los estanques.
¡Ay, amor
que se fue por el aire!

¡Quién dirá que el agua lleva
un fuego fatuo de gritos!

¡Ay, amor
que se fue y no vino!

Lleva azahar, lleva olivas,
Andalucía, a tus mares.

¡Ay, amor
que se fue por el aire!

5. Dos poetas mayores

Pero centrémonos a continuación en la obra de los dos grandes poetas sevillanos de la generación del 27: Vicente Aleixandre (1898-1984) y Cernuda (1902-1963). En realidad, todo este movimiento poético tiene un marcado acento andaluz: cuatro de los poetas mayores que lo componen nacen en Andalucía y el resto, en mayor o menor grado, se sienten identificados con ella; su estética, en líneas generales, responde a los supuestos básicos de lo que podemos considerar estética andaluza; y fueron dos importantes revistas andaluzas, la sevillana Mediodía y la malagueña Litoral, las que canalizaron las ansias poéticas de los primeros años. En el caso de nuestros dos autores tenemos, además, que el libro que cierra la primera etapa de la producción de Aleixandre, Sombra del paraíso, supone la mirada a su pasado andaluz, lugar en que se sitúa el paraíso perdido de su infancia; igualmente en gran parte de la obra de Cernuda está presente su profundo arraigo andaluz, así su paraíso será la mítica Sansueña, de la que dirá el poeta: “Si alguna vez me pierdo, que vengan a buscarme aquí, a Sansueña”, o la innombrada Sevilla, siempre omnipresente en las evocaciones de Ocnos. Pero, aun siendo importante esto, no es el único hecho que motiva resaltar en este apartado, de manera conjunta, la obra de estos dos potentes creadores sevillanos, sino otros que matizan de manera decisiva su común sentir poético y vital.

En ambos poetas, aparte del tema central de su producción en el que también coinciden en muchos aspectos (el ansia de eternidad en Cernuda, la solidaridad amorosa con todo lo creado en Aleixandre), laten tres temas con planteamiento muy similar: la infancia, el amor y la naturaleza.

En líneas generales, se puede decir que los dos poetas encuentran en la infancia el paraíso perdido y no recobrado. Ambos tienen similar concepto del amor (amor=pasión) y tanto en Cernuda como en Aleixandre el amor salva al hombre de los males que la sociedad le impone. En sus obras, la naturaleza no es un mero marco para desarrollar el mensaje que se nos comunica, sino que es la expresión más pura y auténtica del tema central que cada uno de ellos quiere expresar: la eternidad en Cernuda, la solidaridad en Aleixandre.

Por otra parte, estos dos grandes poetas sevillanos del 27 son los más intensos deudores del surrealismo en la generación (Un río, un amor y Los placeres prohibidos, de Cernuda; Espadas como labios, La destrucción o el amor, de Aleixandre). Y, aunque cada uno de manera diferente, son ellos dos también los poetas del 27 que más huella han dejado en las posteriores promociones poéticas. No se olvide que, dentro de España, Aleixandre ejerció el magisterio poético sobre, al menos, tres generaciones de poetas, y que en su obra podemos encontrar gran parte de los supuestos estéticos de la “poesía social” que dominó nuestro panorama literario en los años 50. Y Cernuda, desde fuera de España, aunque olvidado y maldito durante un tiempo, empezó a recibir en sus últimos años de vida el reconocimiento de los más jóvenes poetas españoles. Y su influencia –creciente en la poesía española contemporánea– es inmensa en las promociones posteriores.

Y ambos poetas –finalmente– pueden entroncarse en el grupo al que declaraba pertenecer Aleixandre. He aquí sus palabras:

Unos poetas son poetas de “minorías”. Son artistas (no importa el tamaño) que se dirigen al hombre atendiendo, cuando se caracteriza, a exquisitos temas estrictos, a refinadas parcialidades; a decantadas esencias, del individuo expresivo de nuestra minuciosa civilización.

Otros poetas (tampoco importa el tamaño) se dirigen a lo permanente del hombre. No a lo que refinadamente diferencia, sino a lo que esencialmente une. Y si le ven en medio de su coetánea civilización, sienten su puro desnudo irradiar inmutable bajo sus vestidos cansados. El amor, la tristeza, el odio o la muerte son invariables. Estos son poetas radicales y hablan a lo primario, a lo elemental humano. No pueden sentirse poetas de “minorías”. Entre ellos me cuento.

Y como razón última, si se quiere anecdótica, pero a la vez importante, dado el carácter de Cernuda, la estrecha amistad entre estos dos grandes poetas sevillanos. El propio Cernuda dice de Aleixandre:

No pocos casos y conflictos de almas y de cuerpos supo aclarar, cuando no olvidar por la misma confesión, entre sus amigos. Testimonio puede dar quien así lo escribe.

Así pues, Aleixandre y Cernuda son los dos poetas mayores que Sevilla aporta a la generación del 27. Y ambos –pero muy especialmente Cernuda– llevarán indeleble la huella de la ciudad en su obra. El exilio, el paso del tiempo, la soledad (y la rememoración de la infancia y la adolescencia como feliz Arcadia) están en la base de Ocnos, el más bello libro sobre Sevilla que se haya escrito en el siglo XX.

6. Dos poetas y catedráticos de la Universidad

Luis Cernuda fue alumno de literatura de Pedro Salinas en el curso preparatorio de Derecho en la Universidad de Sevilla. El maestro dejó en el discípulo una huella imborrable. Salinas había llegado a nuestra ciudad en 1918, tras haber obtenido por oposición la cátedra de Lengua y Literatura Española de nuestra Facultad de Filosofía y Letras; en ella permanecería hasta 1926. Madrileño de nacimiento (1891-1951), la vida de este poeta nos muestra una clara vocación universitaria y cosmopolita, plenamente moderna: Madrid, París, Sevilla, Cambridge, Santander, Estados Unidos, Puerto Rico…, a la vez que nos señala el rumbo que muchos intelectuales españoles comprometidos con la libertad hubieron de seguir tras la guerra civil.

En Sevilla vivió Pedro Salinas en la calle María Auxiliadora (en la casa que fue su morada hay una lápida que conmemora este hecho). Aquí nació su hija Soledad y también puede decirse que nació públicamente el autor a la poesía, pues su primer libro de versos, Presagios (1923), aunque fue publicado en Madrid por Juan Ramón Jiménez en su selecta biblioteca de Índice, fue compuesto en gran parte en nuestra ciudad durante estos años sevillanos.

Aunque Pedro Salinas sea menos conocido que Aleixandre o Cernuda, se trata, sin embargo, de una de las personalidades más interesantes de la poesía española contemporánea. En su obra lírica, Salinas puso en práctica su teoría según la cual la poesía es “una aventura hacia lo absoluto”. Dentro del pensamiento platónico, cree que conocemos las cosas por el accidente de su existencia, que oculta su esencia, su auténtica realidad. Y su aspiración como poeta es descubrir, a través de tales accidentes, lo que no cambia.

En su primer libro poético vemos ya las características de lo que la crítica reconoce como poesía pura de Salinas: el diálogo con las cosas y consigo mismo, poemas en los que el yo lírico dialoga con el tú de las cosas (el “diálogo creador”), fusionando vanguardia y tradición. La originalidad de Salinas reside en la capacidad para vivir los objetos y darles un sentido humano.

Pedro Salinas se implicó durante su estancia en Sevilla en la vida cultural de la ciudad. Alentó vocaciones poéticas y formó parte del Ateneo, cuya Sección de Literatura presidió entre 1921 y 1924. Y aunque la vida y su vocación le marcaran otros derroteros, llevó siempre a Sevilla en su alma, como evidencia el texto que le dedica en Víspera del gozo (1926):

El sol sale huyendo del espejo fugitivo de la propia imagen […] y la ciudad lo era, tan dentro de ella, algo incierto e inaprehensible como una mujer amada, producto de datos reales, pero dispersos y nebulosos, y unificadora, lúcida fantasía que los coordina en superior encanto.

El poeta vallisoletano Jorge Guillén (1893-1984) sucedió a Pedro Salinas como catedrático de la Universidad de Sevilla. Guillén vino a los actos organizado por el Ateneo en 1927 y la ciudad lo cautivó. Tanto, que decide establecerse en ella. Jorge Guillén llega a Sevilla en octubre de 1930 procedente de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Murcia, por permuta con Pedro Salinas, su entrañable amigo. El año antes había marchado a Oxford como profesor de español. Estará en Sevilla hasta 1938 como catedrático de Lengua y Literatura Española de la Universidad Hispalense, aunque en 1934 va de conferenciante a Rumania, viaja a Italia y veranea en Francia, Santander y Valladolid. Guillén venía precedido de su fama literaria, como autor de Cántico y como animador de la vida cultural de Murcia. Sucedía en la cátedra sevillana a otro poeta-profesor y, como él, tampoco Guillén limitó su contacto con los alumnos a un marco estrictamente académico: alentó la poesía y fomentó las relaciones con los escritores locales.

En Sevilla vivió Jorge Guillén con su esposa y sus hijos Teresa y Claudio en “Villa Guadalupe”, el chalé de la familia Romero Martínez en el entonces alejado barrio de Nervión (antigua calle 16, hoy Cardenal Lluch, 68). La paz casi bucólica de este retirado sector, con las vías aún sin pavimentar, que lindaba con las huertas y los campos de labranza en las afueras de la ciudad, fue la razón que inclinó a los Guillén a alquilar una vivienda en la parte alta de “Villa Guadalupe”. Allí fueron vecinos del humanista Miguel Romero Martínez, traductor, entre otros, de Horacio y Leopardi y bibliófilo entusiasta, además de gran latinista y aficionado a la astronomía. Destacan sus versiones de los Epigramas eróticos de Marcial, de Fontenelle –La pluralidad de los mundos– y de Shakespeare –El rey Lear–. Este culto sevillano, hermano del médico y escritor José María Romero Martínez, que fue como él activo ateneísta, estableció entonces unos lazos de profunda amistad con Jorge Guillén.

En Sevilla fructificó intensamente la obra poética guilleniana. Bastantes de los poemas que incorpora a la segunda edición de Cántico (1936) están escritos en esta ciudad, lo que sabemos bien gracias a la excelente labor crítica que hizo José Manuel Blecua al publicar esta obra. Y a pesar de ser Guillén un poeta esencialmente castellano, podemos vislumbrar en esa nueva versión de Cántico el impacto de la luz y los colores, la flora y el aroma de Sevilla convertidos en elementos sustanciales de determinadas composiciones. Lo vemos, por ejemplo, en “Jardín que fue de don Pedro”:

Como es primavera y cabe
Toda aquí…Para que, libre
La majestad del sol, vibre
Celeste pero ya suave,
O para entrever la clave
De una eternidad afín,
El naranjo y el jazmín
Con el agua y con el muro
Funden lo vivo y lo puro;
Las salas de este jardín.

Se trata de un poema inspirado en los bellísimos jardines del Alcázar, que Jorge Guillén frecuentó mucho por entonces, sobre todo a partir de que su amigo Romero Murube fuera nombrado en 1934 conservador de este suntuoso palacio.

7. El grupo Mediodía

Pero no solo los grandes nombres más conocidos forman ese excepcional conjunto poético que llamamos generación del 27. Junto a ellos, a la vez y participando del mismo clima cultural y de idénticos afanes renovadores, surgieron una serie de poetas nacidos en la misma zona de fechas que sin embargo no alcanzaron la dimensión histórico-literaria y la trascendencia posterior de las principales figuras de la generación. Y es que la altura de esas cimas líricas ha ocultado a otros escritores. Como dice Leopoldo de Luis:

Tras los más famosos nombres, merecidamente encumbrados, han quedado un poco retraídos otros cuya calidad poética es menos conocida, menos comentada, pese a su indudable valor.

Luis Jiménez Martos y Joaquín Marco han llamado también la atención sobre ellos y reclaman la incorporación de otros poetas como Valdivieso, Oliver, Hinojosa, Laffón, Adriano del Valle y varios más al grupo del 27, rompiendo esa especie de numerus clausus generacional que ha venido siendo la pauta crítica desde la publicación de la temprana pero decisiva Poesía española. Antología, de Gerardo Diego, en 1932.

Los escritores de esta segunda pero importante fila del 27 contribuyen también decisivamente a configurar “el conjunto de esa gran manifestación de la lírica de la España del segundo Siglo de Oro”, como afirma Francisco J. Díez de Revenga. Y en este “otro 27” tiene un lugar destacado el grupo impulsor de la revista sevillana Mediodía. Esta publicación fue entre 1926 y 1929 el órgano más importante de difusión de la nueva literatura de la ciudad, y el medio más eficaz de comunicación de los afanes creadores de una juventud vanguardista que conectaba así con los aires renovadores de la cultura española del momento. En sus páginas podemos encontrar ese equilibrio entre tradición e innovación que caracteriza al grupo del 27, con el que se relaciona estrechamente, así como un tratamiento universal de los motivos locales, desarrollados en sus dimensiones más profundas y de mayor alcance estético. Su permanencia y su contacto con los grandes escritores de aquella hora hacen de la revista uno de los puntales de la poesía española de esos años. Escritores como Rafael Laffón, Juan Sierra, Joaquín Romero Murube o Rafael Porlán deben ser así considerados como parte integrante de esa generación, a la que pertenecen tanto por cronología como por la intención y procedimientos de sus obras.

En la producción de todos estos autores hallamos unas características comunes. En primer lugar, se trata de escritores afincados en Sevilla, que tienen una sensibilidad especial para captar la estética y la plástica de la ciudad. En sus textos no suele darse el propósito consciente de elaborar una teoría, aunque es posible extraerla de la profundidad de la perspectiva. Superando cualquier estrecho localismo, estos autores nos ofrecen un nuevo tratamiento de los motivos tradicionales, alejándose de los manidos tópicos para incidir en sus aspectos más permanentes y universales. Los poetas y prosistas de Mediodía constituyen, pues, un grupo para quienes Sevilla es una continua fuente de inspiración, y todos ellos contribuyeron con sus producciones a un tratamiento más culto y elevado (más estético y universal) de estos temas, sin que el hecho de observarlos desde dentro suponga nunca distorsiones en el enfoque. Un ejemplo claro de ello es el tratamiento literario que dan a la Semana Santa.

Joaquín Romero Murube (Los Palacios, 1904-Sevilla, 1969) es un fino escritor, de gran hondura y elegancia. Sus versos, de ajustado clasicismo y sutil emoción, tuvieron una temprana manifestación en Sombra apasionada (1929) y una más depurada concisión en Canción del amante andaluz (1941), Kasida del olvido (1947) y Tierra y canción (1948). El sincero y nada folclórico amor por la ciudad de Sevilla aflora tanto en sus versos como en su elegante prosa. Así, Sevilla en los labios (1943), Ya es tarde (1948), Memoriales y divagaciones (1951), Lejos y en la mano (1959) o Los cielos que perdimos (1964). A él correspondió la redacción del manifiesto fundacional de Mediodía.

Alejandro Collantes de Terán (Sevilla, 1901-1933), a pesar de su corta existencia, dejó una profunda huella en sus compañeros y amigos. Ensayista a la manera de Izquierdo, narrador e incluso cultivador de alguna obra teatral, defensor del patrimonio de la ciudad, bibliotecario del Ateneo, consagró su vida y su obra a Sevilla. Iniciado en su andadura poética a la sombra de Bécquer y a los impulsos del modernismo, más externo y formal, pronto advertimos en sus versos un acentuado neopopularismo que lo conectará a una de las líneas más fecundas de la lírica del 27 (García Lorca y Alberti). Pero a diferencia de ellos, el tema central de sus versos es Sevilla, lo que ha llevado a parte de la crítica a acusarle de localismo. Sin embargo, no pueden dejar de conmovernos sus versos intimistas y llenos de gracia.

Rafael Laffón (Sevilla, 1895-1978) también se inicia a los compases del modernismo con Cráter (1921), obra juvenil llena de colorido que da paso a la experiencia vanguardista de Sigo + (1927) e Identidad (1934), libros con los que se adscribe plenamente a la poesía de la generación del 27. Tras la guerra se suma al neoformalismo de la época –pero con marcado carácter sevillano– en Romances y madrigales (1944) y Poesías (1945). Su mejor obra, Vigilia del jazmín (1952) nos ofrece otra dimensión más honda y cordial, pero no exenta de la profunda musicalidad que caracteriza toda su producción. Premio Nacional de Literatura en 1959 por su extensa y cuidada antología La rama ingrata, Laffón cultivó también la prosa de calidades líricas en Discurso de las cofradías de Sevilla (1971) y el relato autobiográfico en Sevilla del buen recuerdo (1970).

Colaborador también de la revista Mediodía y dotado de una prodigiosa capacidad metafórica, Juan Sierra (Sevilla, 1901-1989) se inició en 1934 con María Santísima, un libro en el que el tema religioso –nunca ausente de su producción– adopta cauces expresivos innovadores, entre el ultraísmo y el neopopularismo. Palma y cáliz de Sevilla (1944), dedicado a la Semana Santa, y Claridad sin fecha (1947), volumen en el que recopila su producción profana de los primeros años, completan una escasa –pero muy valiosa– obra lírica que se vería incrementada al final de su vida con Álamo y cedro (1982) y un libro de artículos periodísticos, Sevilla en su cielo (1984).

Gran amigo de Juan Sierra y asiduo colaborador de Mediodía fue igualmente el poeta y prosista Rafael Porlán (Córdoba 1899-Jaén 1945). Escritor de gran inquietud y muy inclinado a los temas actuales, Porlán, fiel a su época, se siente atraído por las novedades que llamaban también la atención de sus compañeros intelectuales, como la literatura y el cine contemporáneos.

Y, por último, mención especial, por lo apasionante de su personalidad, merece el singular poeta Fernando Villalón (Sevilla, 1881-Madrid, 1930), conde de Miraflores de los Ángeles, ganadero, ocultista y hombre de fina sensibilidad y capacidad para la captación de los valores poéticos populares. Condiscípulo de Juan Ramón Jiménez en el colegio de los Jesuitas del Puerto de Santa María, se alinea sin embargo con los más jóvenes poetas del 27, con los que mantuvo una sincera amistad. Poeta tardío, su primera obra, Andalucía la Baja, aparece en 1926. Este libro es una eclosión del sentimiento hondamente experimentado del campo andaluz, transformado ahora en poesía. Sus otros dos libros poéticos, La toríada (1928), de resonancias gongorinas, y Romances del 800 (1929), en el que no faltan imágenes surrealistas, nos sitúan ante un autor que describe en tan solo cuatro años todo un arco generacional de ricas modulaciones estilísticas.

8. Conclusión

En pocos períodos de la literatura española se alcanzó la excepcional calidad, la diversidad integradora y la profundidad de proyección que representó la generación del 27. No es arbitrario por ello que esta época literaria se denomine también la Edad de Plata de la cultura española. Pues bien, muchos de los grandes nombres de esta generación o son sevillanos o tuvieron una especial vinculación con Sevilla. Esta ciudad se configura así como un referente no sólo literario –como cuna que fue de la generación–, sino también geográfico y estético en la obra de estos poetas excepcionales.

9. Referencias bibliográficas

Alonso, Dámaso. (1965). Poetas españoles contemporáneos. Madrid: Gredos.

Cernuda, Luis. (1975). Estudios sobre poesía española contemporánea. Madrid: Guadarrama.

Guillén, Jorge. (1968). Lenguaje y poesía. Madrid: Alianza.

Cruz Giráldez, Miguel. (1984). Vida y poesía de Rafael Laffón. Sevilla: Diputación Provincial.

Díez de Revenga, Fco. Javier (1987). Panorama crítico de la Generación del 27, Madrid: Castalia.

Luis, Leopoldo de. (1975). La poesía aprendida. Valencia: Bello.

Mainer, José Carlo.s (1981). La Edad de Plata. Madrid: Cátedra

Reyes cano, Rogelio. (2008). El Ateneo y la vida literaria. Cuatro momentos singulares. En: AA.VV. Ateneo de Sevilla: 120 años de presencia cultural. Sevilla: Ateneo/Cajasol, p. 89-124.